Es probable que en alguna ocasión hayamos usado ese sexto sentido, que nos alerta o previene de algo que se considera no es correcto y nos impulsa a detenernos y a buscar lo que consideremos sea lo mejor.

Ese aviso es conocido como sentido común, que dicho sea cada vez menos se utiliza y se actúa bajo impulsos. Y realmente es una verdadera lástima que suceda porque mucho ayuda en la toma de decisiones.

El sexto sentido o sentido común está basado en la observación o la experiencia de acontecimiento pasados.

Ahí es cuando se empieza a distinguir lo bueno de lo malo.

Definitivamente Dios no se equivoca y nos regala una cualidad natural para poder hacer frente a la vida. Aprender a distinguir lo que es bueno de lo que no lo es. Lo que puede ser un beneficio de lo que no lo será.

“Hijo mío, no pierdas de vista el sentido común ni el discernimiento. Aférrate a ellos, porque refrescarán tu alma; son como las joyas de un collar. Te mantienen seguro en tu camino y tus pies no tropezarán”. Proverbios 3:21-35.

El sentido común reúne todos los sentidos para ofrecer el equilibrio y permanecer recto al momento de actuar.

Una persona que actúa de forma correcta es considerada prudente, un ser que razona, analiza y evalúa.

Pone en una balanza imaginaria lo bueno y lo malo; lo correcto y lo que no lo es.

Es la cualidad natural que Dios nos ha dado para conducirnos en el día a día y ser capaces de distinguir lo verdadero de lo falso.

No se nace con sentido común, pero en el diario acontecer vamos reuniendo experiencias que nos permitirán hacer una evaluación de ellas. El sentido común se desarrolla.

¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo le hacían nuestras abuelas para educar a sus hijos?

Si tomamos en consideración que en un pasado ya lejano las familias solían ser numerosas; la pareja, al casarse, espera con ansias el nacimiento de los hijos que Dios les enviara.

Así, iban llegando al hogar de los padres en el que pronto había risas, juegos que compartían los hermanos.

La educación iniciaba ahí, con los padres; aunque la atención y con ello la responsabilidad recaía en la mujer, en la madre.

Sin importar el número de hijos que un matrimonio tuviera, la mujer los iba guiando en su vida. Les enseñaba a orar, a respetar a los demás, a comportarse en la mesa.

En fin, una serie de enseñanzas que perdurarían para siempre.

Eso es lo que considero hacían las personas, sobre todo las mujeres; mujeres grandiosas que guiaron a sus hijos con innata sabiduría; así se formaron excelentes familias.

¿Qué ha sucedido en nuestro México? ¿Dónde quedaron nuestros valores, lo aprendido y heredado en el hogar de nuestros padres?

La agresividad ha crecido de manera peligrosa en la sociedad, en los hogares, en todas partes.

El mal ejemplo cunde rápidamente a través de las redes, donde se da más importancia a la vanidad de no poca gente que se exhibe sin que medie la sensatez.

No es solo la presunción, sino que para obtener el poder han sido capaces de vender su alma al demonio.

La ambición los ha llevado por caminos peligrosos que ojalá solo los recorrieran ellos.

Desafortunadamente no es así, han llevado a México al endeudamiento y eso sí, nos pega a todos.

Políticos que pregonan la austeridad, pero no la practican.

Pronto se convierten en lo que tanto criticaron, en “nuevos ricos” cuya posición les permite derrochar de manera insultante en lujos —a los que no están acostumbrados— pero han alcanzado con fraudes, negocios turbios y muchos aliándose con quienes mantienen ciudades, comunidades, estados, secuestrados.

Son hipócritas, porque critican a otros cuando ellos hacen cosas peores.

Nuestro sentido común nos dice que no es cosa de colores partidistas, sino de cada persona.

Quien practica la sencillez de siempre no requiere lujos para ser “alguien”. Se requiere de inteligencia para gobernar, de mucho amor por México para poner orden en el caos al que han llevado a nuestro hermoso país.

Quien tiene un mínimo de sentido común, se da cuenta de que no estamos bien.

México no puede estarlo si desde el poder, ese que tanto anhelaban, pero no han demostrado merecerlo, están destruyendo las instituciones para que solo se escuche y se obedezca una sola voz, la del autoritarismo.

Solo los que voltean para otro lado por conveniencia o fingen ignorar la realidad son los que aplauden y están a favor de un gobierno que ha pactado con los criminales.

cholyngarza@yahoo.com

Periodista

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