Marisol Cen Caamal 2025

Pemex, una institución que durante décadas fue el símbolo más poderoso de la soberanía nacional. Representó orgullo, identidad y la esperanza de un México capaz de forjar su propio destino. Financió escuelas, hospitales e infraestructura, y nos hizo soñar con la posibilidad de construir un país desarrollado. Pero, aunque cueste aceptarlo, hoy Pemex ya no encarna lo que fue ni aquello que alguna vez soñamos que sería. Atrapada en la deuda, la corrupción y la ineficiencia, hoy solo es una parodia costosa de lo que fue, sostenida únicamente por la nostalgia.

En un comunicado del 22 de julio de 2025, la SHCP, anunció una operación financiera destinada a mejorar la liquidez de Pemex y garantizar el cumplimiento de sus obligaciones de corto plazo. La estrategia contempla la emisión de instrumentos denominados Notas Pre-Capitalizadas, diseñados para proporcionar recursos inmediatos sin que ello implique una garantía directa del gobierno.

Aunque el comunicado no precisa el monto a recaudar, según Bloomberg podría oscilar entre 7,000 y 10,000 millones de dólares. Si bien esta inyección de recursos podría aliviar temporalmente la presión financiera de Pemex, está muy lejos de resolver los problemas estructurales que enfrenta la empresa, como su elevado endeudamiento, la caída constante en la producción, y su dependencia crónica del respaldo gubernamental.

Este comunicado, lejos de ser una noticia más, debería provocar una reflexión profunda, racional y, sobre todo, valiente, con la honestidad intelectual necesaria para escuchar lo que los números nos gritan: una verdad incómoda e ineludible. Rescatar a Pemex con más deuda una y otra vez, no solo es financieramente insostenible, sino también moralmente cuestionable y económicamente irresponsable.

Los estados financieros de 2024 dejan claro que Pemex no es viable bajo su estructura operativa actual, ni con su modelo de negocio. Aunque generó ventas de más de 1.67 billones de pesos, el costo de ventas ascendió a 1.43 billones, lo que dejó un rendimiento bruto de apenas 184 mil millones. Esa utilidad fue consumida por los gastos administrativos y operativos, y rematada por un costo financiero que superó los 158 mil millones de pesos. A ello se suman otras partidas negativas, dando como resultado una pérdida neta de 780 mil millones de pesos en 2024, que se añade a pérdidas acumuladas de más de 2.9 billones de pesos en ejercicios anteriores.

Además, su balance refleja activos por 2.2 billones de pesos, pasivos que ya suman 4.19 billones y un déficit patrimonial de 1.98 billones. En términos sencillos, los activos representan todo lo que una empresa posee, mientras que los pasivos son todas sus obligaciones financieras. En el caso de Pemex, ni siquiera vendiendo la totalidad de sus activos podría cubrir sus deudas. ¿Cómo puede sostenerse una empresa en estas condiciones? La respuesta es simple: no se sostiene. Pemex está quebrada.

De los 4.19 billones de pesos en pasivos que registra Pemex, destacan tres grandes rubros: 1.9 billones corresponden a deuda financiera, principalmente derivada de emisiones de bonos y créditos; 1.23 billones se deben a beneficios a empleados, y alrededor de 500 mil millones corresponden a pagos pendientes con proveedores. Los beneficios a empleados, en términos contables, representan todas las obligaciones que la empresa ha adquirido con su personal, tanto en activo como jubilado. Esto incluye pensiones, primas de antigüedad, seguros médicos y otras prestaciones laborales acumuladas.

La realidad es que el modelo operativo de Pemex está atrapado entre dos tiempos históricos. Por un lado, mantiene una pesada estructura vertical que depende de subsidios estatales, costos laborales altos y una ineficiencia crónica. Por otro, enfrenta un entorno global que empuja hacia la transición energética, la competencia de energías renovables y la demanda de mayor sostenibilidad y eficiencia por parte de los mercados.

Pero en vez de rediseñar su modelo o aceptar una transición ordenada hacia su desmantelamiento parcial o reconversión, la apuesta sigue siendo más deuda.

Lo que como ciudadanos debemos saber es que el rescate a través de la emisión de más deuda es, en el fondo, una transferencia de riesgos y costos desde una empresa estatal ineficiente a toda la sociedad mexicana. Emitir deuda para Pemex es comprometer ingresos futuros del Estado mexicano —y por ende de todos los ciudadanos— para sostener una empresa que ni genera utilidades ni puede competir eficientemente. Este rescate no es un acto de solidaridad nacional ni una estrategia de largo plazo, es una imposición ideológica que ignora la realidad fiscal del país y que condena a futuras generaciones a pagar los excesos de una narrativa petrolera ya agotada.

Lamentablemente, es indispensable seguir inyectando recursos a Pemex. De no hacerlo, la empresa caería en incumplimiento con sus inversionistas nacionales y extranjeros, lo que no solo afectaría a la institución, sino que generaría una crisis de confianza con consecuencias graves para el riesgo país y la estabilidad financiera nacional.

Sin embargo, no basta con rescatar a Pemex una vez más. La evidencia, contenida en los propios estados financieros de la empresa, nos dice que estamos ante una organización que pierde dinero, destruye valor y compromete el futuro. Pemex ya no puede ser rescatada: debe ser redimensionada. El país necesita una nueva estrategia energética que no se base en mitos, sino en datos. Que no se guíe por emociones, sino por evidencia. Es urgente eliminar las áreas de negocio que no son rentables. Si las refinerías no generan valor, deben cerrarse. Y si los privilegios laborales asfixian a la empresa, deben eliminarse. Pemex no puede seguir siendo un barril sin fondo.

Porque convertir el endeudamiento en una estrategia permanente es confundir patriotismo con la negación de la realidad. Es disfrazar de orgullo lo que en el fondo es incapacidad para tomar decisiones difíciles. Hay que recordar que la deuda no se evapora, se acumula, se hereda y, tarde o temprano, se paga. Y quienes terminarán pagando el costo de esta obstinación no serán los funcionarios de hoy, sino nosotros, nuestros hijos… y los hijos de sus hijos.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora Universitaria y consultora Financiera

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