Marisol Cen Caamal 2025

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y uno de los pensadores más influyentes de nuestro tiempo, participó a finales de julio de este año como invitado en el Festival Gabo de periodismo en Bogotá y lanzó una advertencia: la desigualdad, amplificada por la falta de regulación de las plataformas digitales, está alimentando la polarización social y generando una sociedad cada vez más dividida.

Esta advertencia debería llevarnos a reflexionar sobre lo que quizá sea una de las crisis más silenciosas pero profundas de nuestra época. Durante años, el discurso dominante en torno a la tecnología se ha centrado en celebrar su capacidad para democratizar el acceso a la información y al conocimiento, así como en empoderar al consumidor. Sin embargo, esa narrativa omite un hecho cada vez más evidente: el poder económico que hoy concentran las grandes plataformas digitales está configurando un nuevo orden mundial en el que la información se manipula, la competencia se simula y la libertad del consumidor no es más que una ilusión.

Las redes sociales, al no estar sujetas a controles ni contrapesos reales, han creado un ecosistema donde las emociones intensas generan más atención que los razonamientos complejos. Los algoritmos no premian la verdad, premian la interacción. En este entorno, la vida política, social y económica está siendo moldeada por una narrativa digital que rara vez responde a la realidad y mucho menos al bien común.

En el ámbito político, las redes sociales han pasado de ser herramientas de democratización a convertirse en armas de manipulación masiva. Campañas de desinformación y bots programados para amplificar discursos de odio forman ya parte del escenario habitual de nuestra democracia contemporánea. Hoy, un candidato no necesita un plan de gobierno coherente, necesita un equipo de estrategas digitales capaces de viralizar un meme o publicar una noticia falsa para destruir al adversario político. Las propuestas reales y viables han sido sustituidas por frases llamativas sin sustancia. El pensamiento ha sido desplazado por la percepción. Y la voluntad popular, cada vez más volátil, se convierte en una masa moldeable al ritmo de las tendencias digitales del momento.

Socialmente, esta polarización tiene efectos devastadores. Familias que ya no pueden hablar de política sin enfrentarse. Amistades que se fracturan por diferencias ideológicas. Personas que se aíslan por miedo a ser marginadas o etiquetadas por sus opiniones. La red, que alguna vez prometió acercarnos, ha terminado por dividirnos.

Cuando Stiglitz afirma que Google, Apple, Facebook, X y otras plataformas actúan como monopolios que ejercen su poder de manera abusiva, no está exagerando. Estos gigantes digitales no solo median nuestras comunicaciones y nuestro consumo; ahora también moldean nuestras percepciones, creencias y deseos, ejerciendo un enorme poder para reconfigurar en tiempo real las decisiones económicas de millones de personas. Lo que compramos, lo que vendemos, lo que anhelamos tener y lo que creemos necesitar, todo pasa por ese filtro invisible que prioriza la rentabilidad de las plataformas tecnológicas por encima del bienestar de sus usuarios.

Esto representa un golpe devastador para el funcionamiento de los mercados. El ideal del consumidor racional, que toma decisiones basadas en información completa y veraz, ya no existe en el contexto actual. En su lugar, tenemos un consumidor manipulado, hiperestimulado y condicionado a responder emocionalmente a estímulos diseñados para maximizar su permanencia frente a la pantalla, no para optimizar su toma de decisiones. No es casual que las finanzas personales de millones estén al borde del colapso. Vivimos inmersos en un ecosistema donde se incentiva el gasto impulsivo, el endeudamiento constante y la ilusión de abundancia financiada con crédito fácil.

La frustración social es una consecuencia directa de esta dinámica. Alguien que ve constantemente en su pantalla la vida aparentemente perfecta de otros, los lujos inalcanzables, los viajes y los éxitos prefabricados, difícilmente puede sentirse satisfecho con su realidad. La comparación constante desgasta el alma y el acceso a tanta información sin contexto agota la mente. La imposibilidad de incidir en ese mundo digital genera una sensación de impotencia que se convierte en rabia. Y esa rabia, al no tener canales reales de expresión se transforma en resentimiento. Un resentimiento que encuentra en las redes sociales su válvula de escape.

La economía también sufre cuando el resentimiento social se convierte en motor de decisiones económicas. La narrativa de “ricos contra pobres”, amplificada muchas veces por las redes, genera climas de confrontación que apagan el impulso de avanzar, erosionan la cultura del esfuerzo y fracturan la confianza en los mercados. Además, el resentimiento social debilita la estructura democrática, desprecia las instituciones y legitima liderazgos populistas que profundizan la división social. Un país dividido no puede aspirar a un crecimiento económico sostenible ni a una estabilidad financiera duradera. Sin cohesión social, sin confianza y sin unidad, cualquier intento de progreso económico está condenado al fracaso.

Lo más alarmante es que muchos no son conscientes del papel que juegan en esta maquinaria. Se creen libres, cuando en realidad están siendo dirigidos. Se creen informados, cuando en realidad han sido alimentados con fragmentos diseñados para provocar una reacción, no para construir una comprensión. En este contexto, la falta de criterio propio es una de las crisis más graves de nuestra época. No basta con tener acceso a la información, hay que tener la capacidad de discernir, de contrastar, de cuestionarse.

Por eso, el criterio propio es hoy un acto de resistencia. En un mundo donde la emoción se impone sobre la razón, donde el “like” vale más que el argumento, pensar por cuenta propia es una forma de rebeldía. Sin esa capacidad crítica, estamos condenados a convertirnos en peones de la manipulación y cómplices de la polarización que amenaza el futuro de nuestra sociedad.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

*Profesora Universitaria y consultora financiera

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