Armando Fuentes Aguirre "Catón"
Armando Fuentes Aguirre "Catón"

La joven esposa recibió a su maridito cubierta sólo con inconsútil negligé que dejaba a la vista todos sus encantos y prometía inéditos goces de erotismo. Es que había chocado el coche.

De la mano llevó al muchacho a la alcoba conyugal. Ahí le entregó una cuerda, tras de lo cual dejó caer el negligé, se tendió en el lecho, voluptuosa y lúbrica, y le dijo con sinuosa voz al sorprendido desposado: “Átame a la cama, y luego haz lo que quieras”.

El marido, feliz, la ató de pies y manos y luego se fue a jugar dominó con sus amigos.

No falto a las buenas maneras ni a la caridad cristiana si digo que Uglicio era soberanamente feo. Cierto día fue al zoológico y le preguntó al guardia: “¿Dónde está la jaula de los orangutanes?”. Con otra pregunta le contestó el sujeto: “¿Si no sabes regresar pa’ qué te sales?”.

El hijo de don Epaminondas iba a contraer matrimonio. (Eso de “contraer” suena a enfermedad).

Le dijo, solemne, el vejancón: “Hijo mío: ésta será la noche más feliz de tu vida”. “Papá —acotó el muchacho—. No me caso hoy: me caso hasta mañana”.

“Precisamente —confirmó don Epaminondas—. Ésta será la noche más feliz de tu vida”.

La justicia se desvirtúa y corrompe al mezclarse con la política. Tal es el caso de lo sucedido con Florence Cassez e Israel Vallarta.

Tanto su prisión como su libertad estuvieron contaminadas por cuestiones que nada tenían que ver con la recta impartición de la justicia, y sí con motivaciones de mero orden político.

Ni en una ni en otra coyuntura se entró al fondo del asunto —la inocencia o culpabilidad de los procesados—, y tanto su encarcelamiento como su liberación se debieron a meros formulismos legaloides.

Nunca se sabrá si la mujer y el hombre fueron en verdad secuestradores o si se les hizo víctimas de un montaje mediático que indebidamente los llevó a prisión.

Tampoco sabremos si su libertad obedeció a un acto de justicia o a un manejo de politiquería.

Mi madre y sus hermanas se reían de una cuñada que a todas las preguntas que le hacían contestaba: “Pos sabe”. La misma expresión usaré yo cuando alguien me pregunte si Cassez y Vallarta son culpables o inocentes. Pondré cara de zonzo, y con la boca abierta y los ojos redondos como plato contestaré: “Pos sabe”.

Conocemos a Jactancio Elátez, sujeto presuntuoso, narcisista, ególatra, pagado de sí mismo.

Además de todo eso, es majadero y lépero. En círculo de amigos relató: “Cuando nací fui un bebé tan hermoso que la nodriza, en vez de darme el pecho, me dio aquellito”.

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, le comentó a su amiga Gules: “Mi marido no se lleva bien con la muchacha de servicio. Tendré que pedirle que se vaya de la casa”. Comentó la amiga: “Tendrás que indemnizarla”. “No —aclaro doña Panoplia—. Tendré que pedirle a mi marido que se vaya de la casa”.

El oficial de tránsito detuvo al individuo que iba manejando a 100 kilómetros por hora en la calle principal del pueblo.

“Déjeme explicarle, oficial —dijo el detenido—. Sucede que…”. “Nada —lo interrumpió el agente—. Voy a hacer un escarmiento con usted. No sólo le quitaré la licencia de conducir: además lo llevaré a la cárcel”.

Balbuceó el otro: “Pero es que…”. “Cállese y suba a la patrulla” —le ordenó el oficial.

Obedeció el tipo. El agente lo llevó a la cárcel municipal y lo encerró en una celda.

Una hora después, suavizado ya su enojo y atemperado su rigor, fue a ver al detenido. Le dijo: “Está usted de suerte. Cuando venga el jefe será clemente con usted, pues a esta hora se está casando su hija, y de seguro vendrá de buen humor”.

“Lo dudo —replicó el preso, mohíno—. Yo soy el novio”.— Saltillo, Coahuila.

La justicia se desvirtúa y corrompe al mezclarse con la política. Tal es el caso de lo sucedido con Florence Cassez e Israel Vallarta. Tanto su prisión como su libertad estuvieron contaminadas…

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