Desde el primer día, López Obrador quiso controlarlo todo. El gobierno, el partido, la narrativa, el poder. No le bastaba con ser Presidente: también quería ser patriarca. Jefe máximo de una transformación que no admitiera disidencias ni desviaciones. Por eso nombró a Claudia Sheinbaum como sucesora dócil. Por eso formó a su hijo Andrés López Beltrán como delfín silencioso. Claudia para cuidar el legado. Andy para heredarlo. Le dio poder tras bambalinas. Lo convirtió en operador político, en confidente, en emisario personal. Le abrió paso en Morena, hasta hacerlo secretario de Organización. Lo preparó para sucederlo. Pero ahora, con las derrotas, los escándalos y las bolsas de Prada, el heredero se derrite. Y el sueño dinástico de AMLO también.
Andy falló en su primera gran prueba política: la elección reciente en Durango. Ahí se involucró directamente en la operación electoral: desde estrategia hasta logística. El resultado fue un fracaso estrepitoso. Morena no solo perdió, sino que exhibió falta de equipo, improvisación y escasa conexión con el electorado. Ese era el primer examen del heredero designado, y lo reprobó.
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