Zainab Abu Halib, la niña de cinco meses cuyo cuerpo pesaba menos que al nacer, según información del Diario, es el rostro que no quieren mostrarnos. Murió en una tienda de campaña, en brazos de su madre desnutrida.
“Su pequeño cuerpo estaba cubierto con una camiseta de Mickey Mouse que le quedaba grande, como si la muerte no tuviera talla. La llevaron sin vida al hospital. Vacío. No había algo para ella. Solo ojos quebrados. Un trabajador de la morgue levantó su ropita, mostró las rodillas huesudas, el pecho que se contaba por costillas. Un médico dijo las palabras exactas: “inanición severa, severa”.
En Gaza, los niños ya no lloran. Se apagan en silencio, sin fuerza para el llanto, sin lágrimas que broten de unos ojos secos, enormes y hundidos. Mueren con los labios agrietados, el estómago vacío y la mirada quieta, como si ya no esperaran nada del mundo. Porque nada llega. Ni comida, ni medicina, ni justicia. Solo la muerte. Y muerte constante.
La inanición se ha vuelto un método sistemático. Una estrategia calculada. Una condena lenta que mata sin hacer ruido. Es la forma moderna del exterminio. Es el nuevo y cruel holocausto del siglo XXI. Zainab, con sus cinco meses de vida y menos de dos kilos de peso al morir, es su emblema.
Su cuerpecito se doblaba como un trapo. Su piel era papel. Su madre, demacrada por la misma desnutrición, no pudo salvarla. El hospital no tenía fórmula especial. Ni máquinas ni suero. El bloqueo no dejó pasar nada. La ayuda se detuvo en la frontera de la indiferencia.
Allí, en esa estrecha franja de tierra cercada por el miedo, demolida por las bombas y condenada por el olvido, se está consumando un crimen. No un accidente, no una desgracia inevitable, sino un crimen deliberado.
Gaza está siendo asesinada lentamente. Israel ha convertido el hambre en un arma, la sed en castigo, la infancia en blanco de guerra. Y casi el mundo entero lo permite. Otros protestan. Hasta ahí. El poder para detener el crimen lo tienen otros.
Era imposible que la bebé viviera. Murió porque el cerco israelí lo impidió. Murió porque alguien, en algún escritorio, firmó una orden.
Alguien decidió que su vida no importaba. Alguien apagó la luz antes de tiempo. Murió porque se le dejó morir. Y no fue la única. Ha habido y seguirá habiendo muchas más.
Van 85 niños muertos por desnutrición. 127 personas en total. Muertes lentas, silenciosas, inhumanas. Muertes que no tienen explosión, ni sangre que manche el suelo, pero que son igual de crueles, tal vez más.
Porque se puede sobrevivir a un misil, pero no se sobrevive al hambre si no hay compasión. Y Gaza ha sido privada incluso de eso.
Estamos ante un nuevo y cruel holocausto. No tiene cámaras de gas, pero sí tiene bloqueos impenetrables. No tiene hornos, pero sí morgues llenas de niños.
No tiene campos de concentración con alambradas, pero sí tiendas de campaña hacinadas y sucias, carentes de lo mas elemental, donde cada noche puede ser la última.
Es un exterminio moderno, transmitido en tiempo real, negado por los mismos que lo financian, y lo promueven entre las sombras pero que se convierte en crimen en vivo y a todo color cuando finalmente se comete…
Y es aceptado por una comunidad internacional que hace de la doble moral una doctrina de Estado.
No sólo se están cometiendo crímenes de guerra, sino de lesa majestad. Porque cuando se mata de hambre a un niño, se ofende directamente a Dios, al dios en quien cada persona crea, y a todos los niños del mundo.
Cuando se deja morir a un bebé por falta de leche y medicamentos, por hambruna provocada, se destruye el rostro mismo de lo que es ser humanos.
“Lo que le hagan al más pequeño de mis hermanos, me lo hacen a mí”, Gaza es hoy el rostro crucificado de todos los niños del mundo, llorados por todas las madres vivientes en el mundo, con rostros empapados y empolvados de arena. Impotentes ante la muerte inevitable.
¿Cómo llamamos a esto, si no genocidio? ¿Qué nombre le damos a la política que impide la entrada de harina pero permite la entrada de misiles? ¿Cómo pueden dormir los líderes del mundo sabiendo que cada noche mueren niños por una diarrea que se podría curar con un sobre de suero?
La banalidad del mal, esa que Hannah Arendt describió tras el horror nazi, está viva y vigente. Hoy lleva traje diplomático, lenguaje técnico y sonrisa hipócrita.
Pero mata igual. O peor. Porque es sabida. Es aceptada. Desde esta tierra nuestra, tan lejos de Gaza y tan cerca del dolor, no podemos callar. Cada niño muerto por hambre es una acusación contra todos.
Cada madre que entierra a su bebé es una profecía contra nuestra indiferencia. No es sólo Palestina la que se muere: es la humanidad.
Es el alma del mundo la que se pudre cada vez que se le niega pan a un niño por razones geopolíticas. Gaza no es el problema de otros. Es el juicio moral de nuestra generación.
Porque la historia no solo juzga a los que matan. También juzga a los que miran y no dicen nada.
Desde esta orilla, desde esta península que sabe lo que es la pobreza y la migración, no podemos callar. El silencio es cómplice. La neutralidad es indecente. La omisión es crimen.
Descansa en paz Zainab, junto a todos los demás niños, adultos y ancianos que ya se han ido junto contigo. Han pasado a mejor vida. Este mundo no les merecía.— Mérida, Yucatán.
Abogada y escritora
