Rodrigo Llanes Salazar - Mirada antropológica

A partir de las rocas calizas que caracterizan los territorios kársticos de Yucatán, los antiguos mayas pudieron construir sus ciudades, esculturas, entre otros elementos de su cultura, uno de ellos fundamental: con la quema de la piedra caliza, los mayas elaboraron una solución alcalina para el proceso de nixtamalización de los granos del maíz. “La piedra caliza proporcionó un recurso que contribuyó a que la sociedad maya se convirtiera en una civilización”, escriben en un artículo reciente Barbara Voorhies y George Michaels.

Como relata el doctor Jesús Amaro, las técnicas de los mayas para romper la piedra para construir sus templos y palacios consistía en taladrar la piedra caliza, retacarla de cal viva, humedecerla y tapar el barreno “con un tapón de madera firmemente insertado a martillazos (…) después, humedecida la cal viva –‘la piedra que llora cuando se moja’- se produce un gas, el anhídrico carbónico, cuya fuerza expansiva es suficiente para agrietar y desgajar la roca”. En su libro “Yucatán, sueño sin fin”, publicado en 1972, el doctor Amaro se pregunta por qué no, en lugar del uso de dinamita, se “adiestra a nuestros hombres y mujeres en las técnicas de los antiguos mayas”.

Desde entonces, son conocidos los impactos ambientales y, en menor medida, sociales, que tienen los bancos de materiales pétreos, también llamados localmente “sascaberas”, que se dedican a extraer y triturar piedras para producir grava, cal, cemento, polvo de piedra y otros materiales de construcción.

Por ejemplo, en un artículo de 2010, el antropólogo Juan Góngora Castillo escribió que “la explotación de bancos de material pétreo en Yucatán está identificada como una actividad causante de un gran impacto ambiental: altera, afecta y modifica severamente el medio natural, pues requiere arrasar con el sustrato edáfico (esto es, el suelo y todos sus componentes), la vegetación y toda materia orgánica, para luego aprovechar los estratos calizos (recurso no renovable) formados en su mayor parte por carbonato de calcio (calcita)”, provocando así un gran impacto permanente y dejando el subsuelo expuesto a la acción corrosiva de la meteorización. Para comprender la dimensión de estos daños, se estima que, en condiciones naturales, para formar un centímetro de suelo se requieren entre 100 y 400 años.

Héctor Estrada, especialista en el karst de Yucatán, y sus colegas, apuntan que “el problema con las sascaberas es que eliminan toda la vegetación y el sustrato rocoso”, hasta casi llegar al nivel freático (o aguas subterráneas), “lo que permite una entrada de contaminantes de una manera más directa al acuífero”.

Debido al crecimiento urbano sin control y la construcción de numerosos megaproyectos, ha aumentado la demanda de extracción de material pétreo y, con ella, la explotación de un mayor número de bancos de materiales.

Ya en 2010, el antropólogo Juan Góngora Castillo advertía que “en Mérida y sus alrededores y en la mayoría de los municipios del estado, se han formado numerosas oquedades que hoy presentan una apariencia desolada y estéril, expuestas a la erosión de los elementos naturales o utilizadas como tiraderos (a cielo abierto, impactando) el subsuelo y el acuífero subterráneo”.

Así, en 2015 estaban registrados aproximadamente 150 bancos de materiales en Yucatán, de acuerdo con la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Según el maestro en antropología Charles Gaillard, quien investiga el tema, entre 2018 y 2024 se han autorizado 53 bancos de materiales (Katia Rejón, “Entre la dinamita y el desmonte”). En 2025, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes registra 6 bancos más.

Además de los problemas ambientales ya mencionados, la conversión de sascaberas abandonadas en basureros y en lagunas artificiales ha provocado graves problemas a la salud y vida misma de la población. En los últimos años se ha informado en medios de comunicación y redes sociales numerosos casos de personas que se han ahogado en sascaberas. Tan sólo en los últimos tres años, tres hombres, todos de 35 años, perdieron la vida en sascaberas en Tetiz, El Roble Alborada, en el sur de Mérida, y en la comisaría de Kochol, en Maxcanú.

Asimismo, en febrero de 2023, “una persona perdió la vida en un banco de materiales luego de caerle encima una roca de grandes proporciones”, según informó Diario de Yucatán, en un banco ubicado en la carretera Mérida-Tixkokob. Y, en junio del mismo año, se registró un incendio “de grandes dimensiones” en banco de materiales en Kanasín, como reportó el Diario.

Y, por lo menos desde 2020, en diversas comunidades han manifestado quejas por las recurrentes explosiones —o “voladuras”— en los bancos de materiales, las cuales, además de los impactos ambientales, están afectando directamente las viviendas y constituyen una grave amenaza a la salud física y mental de las familias. De acuerdo con una nota del Diario del 14 de noviembre de 2020, Protección Civil del Ayuntamiento de Umán puso sellos de suspensión de labores en un banco de materiales de la empresa Proser en la comisaría de Xcucul Sur. Según el director de Protección Civil, “hemos recibido muchas quejas de la gente que vive en Xcucul Sur por el funcionamiento del banco de materiales, debido a que las piedras y las explosiones llegan hasta sus viviendas, lo que pone en riesgo la seguridad de las personas que viven cerca de ese banco”.

Además, señaló el funcionario, el banco incumplía normas de protección civil, como “la falta de equipos de protección a los empleados, la falta de señalética y de extintores, entre otros”. Es justamente por este tipo de incumplimientos que se generan accidentes como el fallecimiento de un trabajador o el incendio de 2023.

Desde hace años, familias enteras de Xcucul Sur han denunciado que las explosiones en un banco de materiales, originalmente propiedad de Proser, luego de Banco Zamudio (y, temporalmente, concedido a Adobe Constructora y Consultoría), han afectado sus viviendas, provocando cuarteaduras, grietas y filtraciones, las cuales representan un riesgo para la integridad y la salud física de las familias. Las explosiones también tienen un impacto en la salud mental de los habitantes, especialmente de los niños y adultos mayores, quienes viven con el estrés y angustia por las detonaciones. En este banco de materiales, ubicado a tan sólo unos metros de las viviendas, el nivel freático ya se encuentra expuesto, lo que significa que aumenta la vulnerabilidad de las aguas subterráneas, no solo a la contaminación sino también a la pérdida de agua por evaporación y, por consecuencia, a modificaciones en su disponibilidad.

En febrero de este año, vecinos de Xmatkuil denunciaron el mismo problema: que fuertes detonaciones de los bancos de materiales afectan sus viviendas.

Debido a los problemas antes señalados, el 25 de septiembre de 2024 se publicó en el Diario Oficial del Gobierno del Estado de Yucatán la Norma técnica ambiental NTA-002-SDS-24 “que establece las especificaciones y parámetros que deben observarse en los bancos de materiales pétreos en fase seca, para su localización, diseño, explotación y restauración”.

En este documento se reconoce “la existencia de los impactos ambientales y sociales relacionados con la actividad de aprovechamiento de material pétreo en los bancos de material” y la necesidad de abordar esta actividad “con un enfoque de sustentabilidad atendiendo las condiciones de vulnerabilidad de los ecosistemas en el estado”. La norma establece que los bancos deben ubicarse “a una distancia mínima de 5 kilómetros del límite de cualquier asentamiento humano”; exige la presentación de un conjunto de estudios, como Manifestación de Impacto Ambiental, Programa de Restauración y Reforestación, de Riesgo, Mecánica de Suelos, Gehidrológico y Topográfico. También se dispone que “las excavaciones y extracciones en la explotación de materiales pétreos en estrato seco, no deben provocar el afloramiento del manto acuífero”. Estas disposiciones no se cumplen en el caso de Xcucul Sur y de muchas otras comunidades del estado.

Desde luego, también debería considerar la vulnerabilidad de las poblaciones —en su mayoría, comunidades mayas— que habitan alrededor de dichos centros de población, las cuales suelen estar en condiciones de pobreza, con falta de acceso a servicios de salud y seguridad social, así como de agua, saneamiento e higiene.

Sin embargo, como ha sucedido con otras industrias que han operado por décadas en el estado, comunidades afectadas por los bancos de materiales, como Chocholá y Xcucul Sur, están manifestándose, reivindicando sus derechos y exigiendo justicia.

El aumento de la minería a cielo abierto, en este caso, las sascaberas para la sobreexplotación del subsuelo, es un tema preocupante ya que hace más vulnerable al de por sí vulnerable sistema kárstico yucateco, pues generan cientos de grandes depresiones artificiales que exponen a los acuíferos a la contaminación, a la evaporación del agua y de la humedad, a los posibles cambios en los flujos hidrogeológicos que, con la suma de otros impactos de industrias que extraen millones de litros del agua al año, pueden provocar inestabilidad de los terrenos, colapsos o socavones en las áreas próximas a estos entornos, lo cual nos afecta a todas las personas (y otros seres vivos) de la región.— Mérida, Yucatán

Investigador del Cephcis UNAM(*) Investigadora del INIFAP y presidenta de la Asociación Mexicana de Estudios sobre el Karst

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