Ahora que el 28 de agosto se conmemoró el Día de los Abuelos, he pensado que no sé si algún día seré abuela, pero confieso que me gustaría serlo. La idea de tener nietos me llena de ternura y de cierta responsabilidad anticipada. Me imagino compartiendo historias, enseñando con paciencia lo que la vida me ha mostrado y viendo a alguien más crecer con la curiosidad, la inocencia y la alegría con que descubren el mundo por primera vez.
Pero junto con la ilusión, llega una pregunta inevitable. ¿Con qué recursos y en qué condiciones enfrentaré la vejez?
La vejez es, ante todo, un asunto financiero. En México, la pensión mínima garantizada bajo la Ley 73 del IMSS asciende a 9,407 pesos mensuales a septiembre de 2025, una cifra insuficiente para cubrir las necesidades básicas de alimentación y salud de los adultos mayores.
La situación se agrava para quienes trabajaron en la informalidad. Millones de abuelos que aportaron con esfuerzo a la economía, pero que no cotizaron en el sistema de seguridad social, llegan a la vejez sin pensión, dependiendo de apoyos asistenciales mínimos, como los 6,200 pesos bimestrales de la Pensión del Bienestar. Si bien estos apoyos son valiosos, resultan claramente insuficientes frente al costo real de envejecer. No es exagerado decir que envejecer en México se ha convertido en un lujo que pocos pueden pagar.
El problema es estructural. Si lo vemos desde la perspectiva financiera, la vejez combina cuatro variables críticas: ingresos, gastos en salud, inflación y esperanza de vida. Y en todas ellas, los abuelos mexicanos están en desventaja. Los ingresos se reducen de manera drástica al retirarse, los gastos médicos crecen exponencialmente, la inflación erosiona el poder adquisitivo de las pensiones y la esperanza de vida se alarga. Esto significa que los ahorros y apoyos deben alcanzar para más años, en condiciones más caras, con menos ingresos y más enfermedades.
Hablemos de salud, el gasto más devastador para los abuelos y en general para los adultos mayores. En México no existe una política fiscal que reconozca la importancia de este gasto en la vejez. No hay deducciones fiscales para medicinas, descuentos suficientes en servicios médicos, ni acceso garantizado a tratamientos especializados. Los seguros privados se presentan como una alternativa, pero surge la segunda gran injusticia: el costo de una póliza de gastos médicos mayores para alguien de más de 60 años es prácticamente inalcanzable para la mayoría.
Si pasamos a la otra cara de la moneda, el sistema de salud pública, encontramos largas filas, medicamentos agotados y carencias estructurales. Los abuelos enfrentan doble condena: si no pagan un seguro, dependen de un sistema insuficiente; si quieren pagar un seguro, los costos son impagables.
Así, cada enfermedad se convierte en una catástrofe financiera. Y lo más cruel es que muchos abuelos deben decidir entre comer o medicarse, entre pagar la luz o comprar las pastillas que requieren.
La vejez no es igual para todos. Algunos abuelos viven solos, enfrentando la soledad, el abandono y la incertidumbre económica, dependiendo en muchos casos del apoyo limitado de sus hijos o de ingresos mínimos que apenas alcanzan para cubrir alimentación, servicios y gastos médicos. La falta de redes de apoyo y programas sociales sólidos los obliga a buscar alternativas improvisadas, como vender en las calles o asumir empleos precarios, transformando lo que debería ser un tiempo de descanso y disfrute en una lucha constante por subsistir.
Por otro lado, existen los abuelos que vuelven a asumir responsabilidades parentales, cuidando de sus nietos mientras sus hijos trabajan o atraviesan dificultades económicas. En estos casos, la carga financiera y emocional se multiplica. No solo deben sostenerse a sí mismos, sino también garantizar la alimentación, educación, salud y bienestar de una nueva generación. Además de los gastos cotidianos, enfrentan la presión de cumplir roles que implican vigilancia, acompañamiento escolar, organización del hogar y apoyo afectivo, tareas que, si se cuantificaran en términos económicos, representarían miles de pesos al mes. Este doble rol, esencial para muchas familias y para la economía informal del cuidado, permanece invisibilizado y no remunerado; no existen apoyos fiscales, programas de subsidio ni reconocimiento social que alivien esta responsabilidad.
En ambos casos, la realidad es clara. Los abuelos, ya sea solos o como cuidadores activos de sus familias, enfrentan una vejez marcada por la precariedad y la injusticia. Y aquí es donde la crítica debe ser más fuerte: no se trata de caridad, se trata de justicia. Quienes hoy son abuelos ya trabajaron, ya aportaron impuestos, ya criaron hijos, ya sostuvieron economías familiares. No están pidiendo limosna; están exigiendo el derecho a vivir los últimos años de su vida con dignidad. La pregunta que deberíamos hacernos como sociedad es simple: ¿cómo pretendemos construir un país si permitimos que quienes lo levantaron vivan sus últimos días en el abandono y la injusticia?
No es justo que las deducciones fiscales premien a las empresas y olviden a los abuelos y en general a los adultos mayores que gastan cada mes en medicinas. No es justo que los seguros médicos se construyan como negocio excluyente, inaccesible para quienes más los necesitan. No es justo que los servicios financieros y los créditos se nieguen o se vuelvan inalcanzables para los adultos mayores, dejando fuera a quienes aún podrían beneficiarse de instrumentos para su bienestar y seguridad. No es justo que los abuelos que criaron hijos y que hoy vuelven a criar nietos lo hagan sin apoyo económico, sin redes sociales, sin políticas que reconozcan su doble carga. No es justo que quienes construyeron este país estén condenados a sobrevivir con precariedad y vulnerabilidad en sus últimos años.
Todos deberíamos llegar a la vejez con la certeza de que nuestro país nos respalda, de que los años de trabajo y esfuerzo valieron, de que nadie tenga que elegir entre medicinas o comida, ni ser invisible ante un sistema financiero que margina a los más vulnerables. Esto no es un privilegio, es justicia que nos pertenece por derecho.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
@kookayfinanzas
Profesora universitaria y consultora financiera
