El extremismo en cualquiera de sus expresiones es un peligro para la paz, la estabilidad social y la democracia. La historia nos demuestra una y otra vez que el fanatismo político, religioso o de posiciones económicas y sociales se traduce en regresión más que en progreso.
Sin embargo, en sociedades que tienden a la polarización es frecuente que las posiciones ideológicas se radicalicen, creando una importante brecha entre la izquierda y la derecha del espectro político. Este fenómeno está ocurriendo en varios países de Europa y América.
Como resultado observamos a actores políticos y grupos de la población que les siguen, con ideas y agendas crecientemente orientadas hacia extremos de intolerancia, intransigencia e incluso violencia.
Siendo que la democracia necesita de diálogo y consenso para prevalecer, la grieta que se abre producto de la polarización exacerbada pone en grave peligro el sistema de fundamentos y equilibrios de las sociedades de derechos y libertades.
En otras palabras, ahí donde no es posible encontrar terreno común e ideales compartidos que defender, el andamiaje democrático simplemente pierde su brújula para caer en una espiral de decadencia.
La identidad que une a los ciudadanos de una nación se cimienta en determinados valores, ideas y principios. Dichas coincidencias permiten el trabajo colaborativo entre pares y el respeto hacia las instituciones y las leyes. Tales son las bases de la civilización y el desarrollo.
En cambio, donde las posiciones extremas adquieren fuerza, la división se hace presente pervirtiendo los pilares de la convivencia pacífica y la visión de Estado. El desenlace, además del estancamiento económico y social, suele ser un debilitamiento de las instituciones democráticas, e inevitablemente manifestaciones de violencia.
El problema de las posturas radicales fanáticas es que obligan a quienes las adoptan a ver como enemigo a todo aquel que piense diferente. Ello es contrario a la democracia, que entiende la pluralidad como un activo y no como un lastre. En una sociedad polarizada se libra una batalla política y cultural en la que se torna válida la meta de erradicar a la contraparte.
Cuando el gobierno de un país comete abusos contra su gente, lo natural sería que la comunidad internacional condenara tales prácticas. Empero, se ha normalizado que dictaduras rojas de izquierda marxista sean solapadas mediante silencio o respaldo velado de naciones supuestamente democráticas.
¿Por qué ser indiferentes ante el abuso de poder de regímenes tiránicos comunistas mientras se acusa a gobiernos de derecha de ser dictatoriales (muchas veces con razón)?
Ya sea por cobardía, ignorancia, incompetencia o ingenuidad, es inaceptable que el presidente o primer ministro de una nación sea omiso al repudiar la vigencia de dictaduras como las de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Dicho sea de paso, los organismos internacionales también se han quedado cortos a este respecto.
Aunque no son descartables trasfondos más perversos, las posiciones extremistas ideológicas juegan un papel, al menos en ciertos niveles. La radicalización fanática lleva a querer justificar hasta los actos más deplorables siempre y cuando no los cometa alguien del bando político opuesto.
Por ello, la ausencia de un centro político sólido es alarmante; en una sociedad tan polarizada cualquier abuso se vuelve defendible si su objetivo es combatir al de enfrente. Es aquí donde los valores y principios de la civilidad y la decencia democrática se desdibujan y brotan las pulsiones de destrucción violenta.
Entonces, ya no es la ética la que orienta el actuar de gobernantes y sociedad, sino la mera ideología política radicalizada. El registro histórico es testigo de los terribles crímenes que se han cometido en diversos lugares ahí donde esta lógica se asienta. Véanse los casos de Alemania e Italia con el nazismo y el fascismo; o el exterminio civil en Ruanda.
No solamente es deseable sino urgente volver al centro político que rescate la decencia, la búsqueda de entendimiento y la dignidad en el quehacer público. El concepto del bien común es incompatible con la creciente polarización extremista, porque esta última es excluyente por definición.
La defensa de la democracia exige de perfiles preparados, comprometidos y capaces de tender puentes de comprensión en entornos de apertura y pluralidad. La tarea no es sencilla, pues en una realidad de polarización fanática, la posición de centro político es mirada con desprecio por uno y otro extremo.
Paradójicamente, ante el fenómeno de la radicalización ideológica de la política, lo valiente y audaz es ubicarse en el centro del espectro, con el propósito de convocar a la sensatez y llamar a la unidad, en lugar de apostar por la división y la estridencia.
El humanismo será la guía para lograr tal objetivo, con gobiernos y políticos que consigan superar la tentación del populismo clientelar y la indiferencia de un modelo hipercapitalista que genera desigualdad e injusticia.
La tercera vía del centro democrático humanista es factible, pero requiere de adeptos decididos a ser parte de ella, como salida ante una crisis de representación política extendida.
A pesar de todo, vale la pena ser optimistas, porque el futuro no es lo que va a pasar sino lo que vamos a hacer.— Mérida, Yucatán
*Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno
