Lo que ha ocurrido en Estados Unidos con Jimmy Kimmel, Disney y el presidente Trump es un recordatorio poderoso de lo que está en juego cuando se atenta contra la libertad de expresión en nuestro vecino país del norte.

Tras comentarios incómodos para el presidente Trump sobre el terrible asesinato del activista Charlie Kirk, Kimmel fue suspendido por Disney, presionada por aliados políticos de Trump. El intento era claro: castigar la crítica. Pero la reacción social fue inmediata. Actores, comediantes, periodistas, sindicatos, e incluso ciudadanos que no simpatizan con Kimmel, salieron a defender un principio más grande: el derecho de hablar, de disentir, de cuestionar.

En pocos días, las protestas, los llamados a boicot y la presión ciudadana obligaron a rectificar. La voz colectiva fue más fuerte que la amenaza del poder. Este episodio muestra dos realidades: por un lado, la fragilidad de las corporaciones mediáticas que ceden ante presiones políticas o económicas; y por otro, la enorme fuerza que tiene la sociedad civil cuando se organiza para defender derechos consagrados en su Constitución.

El resultado fue el regreso de Kimmel, pero sobre todo, el recordatorio de que la libertad de expresión es un límite que ni la política ni el dinero pueden traspasar sin enfrentar consecuencias.

Ahora bien, veamos cómo funcionan las cosas en circunstancias similares en México. Aquí, los intentos de censura son más sutiles pero constantes. No siempre se ordena “callar” directamente, pero se castiga con recortes publicitarios, se presiona a medios con auditorías, se descalifica a periodistas en conferencias oficiales, se desacredita a críticos llamándolos “enemigos del pueblo” o “voceros de intereses ocultos”.

El resultado es un ambiente en que muchos prefieren callar antes que arriesgarse a perder su trabajo o enfrentar persecuciones legales. El asesinato sistemático de periodistas en México comenzó hace dos décadas como resultado del auge del crimen organizado. Desde entonces, el país se ha visto inmerso en una espiral de violencia contra periodistas que ha atravesado momentos trágicos, con más de 150 periodistas asesinados desde el año 2000.

Estos son los periodistas que perdieron un espacio en el sexenio de AMLO, para no hacerla demasiado larga mencionare a los mas importantes, en total fueron 25, (estoy citando de memoria, pueden haber sido mas).

Azucena Uresti. Ricardo Alemán. Carlos Loret de Mola. Víctor Trujillo (Brozo). Carlos Alazraki. León Krauze. Ricardo Rocha. Fernanda De la Torre. Ana Paula Ordorica. Adela Micha. Federico Berrueto. Carlos Regidor. Jorge Ramos, y los restantes que ya no pondré.

En redes sociales comenzó a viralizarse la campaña #NoSeMataLaVerdadCallandoPeriodistas, aplicada a los críticos del régimen para reprobar las acciones de acosar, intimidar, difamar y atacar periodistas y ciudadanos. Los ataques del gobierno podrían ser directos o velados tanto para ellos como para los dueños de los medios para los que trabajaban.

Todo esto se hacia a pesar de las protestas en contra del los que manejaban las riendas del país, que afirmaban que en México se respetaba sin censura a periodistas y comentaristas de televisión.

Que bien poder decir algo bueno de los ciudadanos americanos en quienes el veneno constante que su presidente destila contra todo y contra todos ha causado indignantes acciones dictadas por el susodicho en contra de tirios y troyanos pero en especial de los inmigrantes.

En México, rara vez vemos una reacción ciudadana tan contundente como la de los estadounidenses frente a Kimmel. Aquí, la indignación suele apagarse en las redes sociales y pocas veces se traduce en protestas masivas que obliguen a los poderosos a rectificar. Nos falta esa unidad que convierte un caso individual en una causa colectiva.

Lo que pasó en EE. UU. no es perfecto ni definitivo: los riesgos de censura siguen allí. Pero sí es una lección: la libertad de expresión solo se sostiene si la sociedad entera la defiende con fuerza. En nuestra patria, necesitamos entenderlo y practicarlo. De lo contrario, cada silencio impuesto hoy se convierte en un precedente para callarnos mañana.

La pregunta es: ¿tendremos el valor de hablar más fuerte cuando intenten callarnos?

Abogada y escritora

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