El incremento de divorcios en Yucatán no es un fenómeno aislado, sino parte de una transformación social más amplia. La pregunta de fondo es cómo acompañar estos cambios para que no se traduzcan en rupturas traumáticas, sino en oportunidades para construir vínculos más sanos.
Mi generación de “baby boomers”, creció y fue educada en un tiempo donde, a pesar de las dificultades, las familias buscaban permanecer unidas. Y aunque había separaciones y algunos divorcios con harta justificación, las mujeres en especial, decidían mantener su hogar en pie. No porque fuera fácil, sino porque los valores y las prioridades eran distintos.
Hoy las cifras me preocupan profundamente: en 2024 se registraron en Yucatán 2,825 divorcios, una cifra que no deja de crecer. A nivel nacional, hubo alrededor de 162 mil divorcios en ese mismo año, y ya se habla de más de 33 rupturas por cada 100 matrimonios. Son números que no podemos ignorar: detrás de ellos hay jóvenes, hijos, familias que se fragmentan demasiado pronto.
Hoy tenemos divorcios en la madurez y en la vejez. Esto era impensable. ¿Divorciarse después de cincuenta o sesenta años de casados? Hay un cambio definitivo en la manera de pensar. Ya no se aguanta todo por la familia.
A veces las mujeres solo casan al último de sus hijos y ellas salen con sus maletas al mismo tiempo que los novios… la religión ya no les pone freno, los cambios culturales son aliciente… y hay tantas que se van por recuperar la dignidad perdida en algunas decenas de años… y no importa la edad, el impacto sigue siendo fuerte en los hijos.
Las redes sociales, la presión económica, el estrés urbano y la falta de herramientas emocionales hacen que muchos jóvenes perciban el divorcio no como última opción, sino como una salida rápida. El matrimonio ya no es visto como un proyecto de vida inquebrantable, sino como una etapa más, a veces breve, en la vida de las personas.
¿Por qué ocurre esto? En distintas ocasiones se han señalado factores que son dolorosamente conocidos: alcoholismo, violencia, intolerancia, falta de compromiso. Me duele ver que muchos jóvenes “ya no aguantan nada”, como suele decirse, pero también es cierto que enfrentan contextos muy distintos: trabajos inestables, expectativas poco realistas sobre la vida en pareja, y un acceso más rápido a la vía legal del divorcio.
No se trata de juzgar. Se trata de comprender y actuar. El alcoholismo, por ejemplo, está estrechamente relacionado con la violencia intrafamiliar. Esa combinación destruye hogares y deja huellas profundas en los hijos. A veces, es imposible pedir a una mujer o un hombre que permanezca en un matrimonio donde lo que reina es el miedo, los golpes, el mínimo de dinero para sostener a la familia porque todo se malgasta en parrandas, y muchos etcéteras mas.
Sin embargo, también es verdad que hoy vivimos un cambio cultural: el estigma del divorcio se ha reducido. Para muchos, separarse es preferible a vivir infelices. Eso, en sí mismo, no es malo. Lo preocupante es que no estamos dando a los jóvenes herramientas para construir relaciones sólidas: educación emocional, prevención de adicciones, acompañamiento familiar y comunitario.
El aumento de divorcios es una señal de alerta. No es nostalgia por el pasado: es un llamado a reconstruir lo que sostiene a la sociedad. Una familia rota duele; pero más duele una familia donde hay silencio, golpes o abandono.
Las consecuencias de esta tendencia se reflejan en distintos planos: fragmentación de redes familiares, impacto emocional en los hijos y presión sobre los sistemas de atención social. Especialistas coinciden en que, si bien el divorcio puede ser la salida más sana en casos de violencia, es urgente trabajar en la prevención.
Estamos viviendo un fenómeno social claro: la dificultad de los jóvenes para sostener compromisos a la rgo plazo, especialmente en un contexto donde la tolerancia, la paciencia y la capacidad de diálogo parecen estar debilitándose.
Necesitamos rescatar valores que no pasan de moda: respeto, compromiso, amor y solidaridad. Yucatecos, hagamos de esto un tema público, porque lo que está en juego no son solo estadísticas, sino el futuro de nuestros hijos.
Es urgente replantear desde la sociedad civil, las iglesias, las escuelas y los medios de comunicación, programas de educación en valores, en resolución pacífica de conflictos, en manejo de emociones y adicciones. Si no, las cifras de divorcio seguirán aumentando, con consecuencias no solo para las parejas, sino para los hijos y la estabilidad social de Yucatán.— Mérida, Yucatán
Abogada y escritora
