Claudia Sheinbaum decidió hacer lo que Andrés Manuel López Obrador nunca se atrevió: ir a las zonas de desastre, mirar a los damnificados a los ojos, caminar entre el lodo y escuchar de viva voz los reclamos. No puso el pretexto de cuidar la investidura ni se escondió en la base militar más cercana para evitar el contacto con el pueblo al que tanto presumía representar.
En el libreto político, la imagen de la presidenta en contacto con los afectados por la emergencia de las lluvias fue sencillamente perfecta. El gesto humano, empático, el sello de mujer de la presidenta con A. Hasta ahí, todo bien. Pero en la era de las redes sociales, los triunfos pueden ser tan efímeros como lo que tarda un celular en captar una escena bochornosa. Y en Veracruz, la narrativa dio un giro incómodo.
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