Sí, pocas personas lo saben, muchos lo niegan, o incluso se burlan del hecho, pero una mujer maya gobernó el actual territorio de Quintana Roo y estaba al frente del centro religioso y de poder maya en Tulum.
Desde su altar colocado en uno de los templos prehispánicos que miran el mar, oraba y consultaba al Santísimo, representado por tres cruces verdes, las órdenes que transmitía después a su pueblo.
De acuerdo con las cartas, informes civiles y militares, fuentes hemerográficas y la tradición oral, sus órdenes eran obedecidas por tatiches y macehuales de la nación autónoma maya cruzo’ob.
Esa valiente mujer, llamada María Uicab, se convirtió en 1863 en la Santa Patrona de los mayas rebeldes que dominaban ese territorio, y los dirigió para enfrentar las invasiones del ejército yucateco y mantuvo unido a su pueblo a través de una religión sincrética con elementos cristianos y prehispánicos.
Que no se nos olvide, un día de 1847 los mayas se levantaron en armas cansados de tanta explotación y abusos por parte de la clase poderosa de Yucatán, de la esclavitud que sufrían en las haciendas, de los impuestos y obvenciones eclesiásticas, pero sobre todo para frenar la invasión de su territorio que gradualmente vieron reducido y con ello su autonomía y libertad.
Recordemos que esta guerra costó muchas vidas y que, en aquel entonces, como ahora, el llamado “progreso” y “desarrollo” significó despojo, daños a los ecosistemas y el enriquecimiento de muy pocos.
No olvidemos tampoco que, durante el gobierno maya autónomo de más de medio siglo, las mujeres recuperaron el importante papel que tenían antes de la llegada de los invasores. De esclavas sexuales, servidumbre explotada y discriminadas en las grandes haciendas, pasaron a ocupar altos cargos como el de Santas Patronas, incluso llamadas reinas según informes militares y notas periodísticas de la época.
Sin embargo, lo registra la historiografía, un ejército de waches (militares mexicanos) invadieron ese territorio en 1901 y cometieron un feroz genocidio, asesinando mayas, incendiando sus casas con familias enteras en su interior, todo ello con la intención de ocupar su territorio y saquear sus riquezas naturales. Un genocidio no muy diferente al que sufre hoy el pueblo palestino. Este fue un hecho traumático para los mayas y los que sobrevivieron transmitieron por generaciones esa información y sentimientos que aún se conserva en la memoria colectiva, resguardada en las actuales iglesias y comunidades mayas tradicionales. Este es el origen y génesis del estado de Quintana Roo, territorio que legítimamente pertenece a los mayas, porque primeros en tiempo, primeros en derecho.
Y ahora resulta que la Cámara de diputados anuncia con bombos y platillo que aprobó reformas para el acceso libre y gratuito de todas las playas del país; “por lo menos un día a la semana”. Cuando la ley era clara, de acuerdo al artículo 27 de nuestra Constitución las playas son bienes de la nación y no pueden ser vendidas ni privatizadas. La ley también protegía el acceso libre y gratuito de la población a las playas, que debían tener una franja de acceso de al menos veinte metros, prohibía cualquier obra que restringiera su paso, aunque las implementaciones de estas medidas quedaban bajo la regulación de los municipios y estados. Entonces que alguien me explique si lo aprobado es un avance o un retroceso en nuestros derechos. Cuando lo que urgía era medidas concretas para garantizar se cumpliera esta ley, comúnmente violada por particulares, autoridades e incluso por el ejército.
Como es el caso indignante de las playas públicas de Tulum donde los waches o sea el ejército, exterminadores de mayas en el pasado, controlan las entradas, cobrando para tener acceso a las mismas; 255 pesos a los mexicanos y 105 a los residentes, por persona, por lo tanto, resulta que para una familia de varios integrantes y de bajos ingresos esa cantidad es impagable. Es decir, los mayas, legítimos propietarios de ese territorio, tienen que pagarles a los waches para acceder a sus propias playas. O quizás “gracias” a la nueva ley se les permita la entrada gratuita únicamente los domingos.
Resulta indignante saber que, gracias a las enérgicas protestas de los pobladores de Tulum porque el ejército se niega a cumplir el acuerdo inicial de que los locales (habitantes de Tulum) estarían exentos del pago, el INAH accedió permitirles el paso a las playas cualquier día de la semana a través de un camino angosto denominado “servidumbre”. La otra alternativa es que accedan a través de los grandes hoteles y restaurantes de lujo para cumplir su trabajo como meseros, lavaplatos o camareras o bien, de acuerdo con declaraciones de las autoridades del municipio, que uno de sus propietarios, de manera benevolente, permita que a través de una vereda tengan acceso quienes no son sus empleados en esos lugares.
Y es cuando me hago dos preguntas: ¿qué pensará María Uicab desde el Xilbabá (que no es un infierno cristiano) sobre lo que está ocurriendo en el territorio sagrado que gobernó? Que su pueblo, legítimo dueño de ese territorio, tenga que pagarle a los waches para acceder a las playas. Y la segunda, ¿en dónde está la izquierda que antes, por menos de lo que está pasando protestaba de manera enérgica ante una violación de derechos? Sobre esta última interrogante sí tengo respuesta inmediata: está postrada, esperando las migajas que los antiguos priistas corruptos que hoy controlan el partido en el poder les conceden, al menos por un tiempo más.
Pero María, ¿dónde te encuentras María?, tu pueblo te necesita, ¿dónde están aquellos que junto a ti luchaban? Ya sé, a muchos los masacraron, otros esperan se cumpla la profecía para reanudar la lucha, otros más perdieron la esperanza y decidieron tratar de sobrevivir, ¿quién no lo haría en sus circunstancias?
“Estos podrían ser tiempos de prueba”, me dice un maya descendiente de aquellos que ofrendaron su vida por la libertad, “tiempos en los que la dignidad maya rebelde debe resurgir, pues aun estas no son las peores circunstancias para nuestro pueblo, lo peor llegará antes de que se cumpla la profecía”. Es decir, si no se atienden estas y otras problemáticas estaríamos permitiendo el regreso de las circunstancias graves que se dieron en el pasado: invasión del territorio maya, destrucción de los montes, cenotes y del hábitat natural de infinidad de especies. O tal vez otras más sutiles, pero con el mismo resultado e intención: acabar con los cruzo’ob de una vez por todas, con todo lo que se enfrente y resista al neoliberalismo voraz que solo ha cambiado de colores.— Mérida, Yucatán
*Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social
