“Esta es la idea central a la que deberíamos agarrarnos, que la democracia ha demostrado a lo largo del tiempo una extraordinaria capacidad de autocorrección”.— Mark Plattner.

En México la historia de la política ha vivido grandes transformaciones en su intento por llegar a ser democrática, así como también ha sufrido enormes abusos de los legisladores en su afán de hacernos pensar su ideología como elemento esencial e insustituible por alcanzarla.

Las propuestas que los gobiernos del siglo pasado nos ofrecían como directriz para conseguir la prosperidad y estabilidad de nuestros pueblos fueron, indudablemente, falsas democracias, ya que nos permitían emitir nuestro sufragio a costa de imposiciones o veladas coacciones ejercidas por las instituciones a fines al partido oficial.

La práctica del “acarreo” a los actos de proselitismo es tan antigua como las mismas dictaduras disfrazadas de libertad. Sin embargo, hay acontecimientos que se van gestando en el devenir interno político que pueden ser imprevisibles, tal es el caso del populismo, porque analizando el auge que actualmente tiene en México y Latinoamérica, hubiera parecido poco probable o impensable hace algunos años.

La estabilidad simulada que los gobiernos en turno ofrecían a la nación aparentaba ser la garantía de durabilidad en el ejercicio del poder, al grado de que nadie vislumbraba el hartazgo de la sociedad como germen de un nuevo sistema político concebido desde el pueblo. Y es que el poder en sí mismo y para servició del bien común no representa peligro alguno, pero cuando la autoridad lo desvirtúa y corrompe, se cometen grandes atropellos contra la ciudadanía e individuos.

Y esto es lo que, tristemente, ha acontecido en varios países como Venezuela y actualmente México, donde los presidentes elegidos por el “pueblo sabio” han buscado eliminar toda acción o pensamiento que promueva el ejercicio libre de expresión diverso a lo impuesto o presentado desde el mando.

Basta un poco de sentido común para darse cuenta de la molestia que experimenta la presidenta Claudia Sheinbaum siempre que es interrogada en temas de salud pública, la inseguridad creciente o la despreocupación de su gobierno ante la impunidad de legisladores corruptos pertenecientes a su partido e ideología. Pareciera preferir la evasión a entrar en diálogo con todos aquellos que objetivamente dan pruebas tangibles de los desaciertos de su actual administración.

Es más, se olvida que una democracia real no se consigue censurando o imponiendo el discurso, sino abriéndolo al diálogo a todos sin distinción. Por eso, la premiación del Nobel de la Paz 2025 a la líder opositora venezolana María Corina Machado es, indudablemente, un acierto y luz de esperanza para todos los hombres y naciones que luchan por mejores condiciones de vida y políticas más justas.

Como bien expresó el Comité Nobel noruego al informar sobre la premiación y otorgarlo a María Corina es: “por su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”.

Ciertamente el reto es enorme y no es fácil mantenerse firme en la convicción de despertar la conciencia de los ciudadanos a fin de luchar pacíficamente contra el populismo absolutista, que actualmente impera en nuestro gobierno. Ya que argumentar “primero los pobres” ayuda a encender la disputa entre quienes necesitan de lo básico en contra de los que poseen más, promueve la división y la cerrazón entre la sociedad, dejando así la manipulación de la información y economía en manos de quien se autoproclama único redentor democrático.

Por lo tanto, la entrega del Nobel de la Paz a una mujer insistente en la transición de un estado dictatorial a uno que desea instaurar la participación de todos es ejemplo actual de que la democracia siempre será el sistema político que mejor nos considera y conduce a la estabilidad de una nación esperanzada e incluyente.

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Sacerdote católico

La entrega del Nobel de la Paz a una mujer insistente en la transición de un estado dictatorial… es ejemplo de que la democracia siempre será el sistema que mejor nos considera…

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