Nací en X-Calakoop, una pequeña comunidad indígena del oriente de Yucatán, un pueblo en el que, como en muchos en aquella época, la educación estaba restringida para las mujeres. En mi familia no había antecedentes universitarios. Terminar la preparatoria fue un logro, pero cuando llegó el momento de decidir mi futuro, me enfrenté a una realidad que comparten muchas jóvenes del interior del estado: no tenía un lugar donde vivir en Mérida.
Afortunadamente, un día el párroco del pueblo le habló a mi familia sobre una casa en Mérida que acogía a jóvenes estudiantes, y así conocí la Casa de la Protección de la Joven María Suárez Molina, un sitio que desde hace 75 años ha abierto sus puertas a jóvenes del interior del estado que llegan a Mérida buscando más que un título profesional, una oportunidad para mejorar su vida.
Era una casa modesta y antigua, donde me asignaron un espacio para colgar mi hamaca y un ropero para guardar mis pertenencias. Éramos más de setenta jóvenes, cada una con su historia y sus sueños. En ese lugar aprendí algo que ninguna universidad enseña: la dignidad de empezar desde abajo, la fuerza de compartir y la gratitud de tener un techo. Las reglas eran claras, las salidas solo eran para ir a la escuela o al trabajo, los horarios se respetaban y la limpieza se hacía entre todas. Nos organizábamos para barrer, trapear, lavar los baños y mantener en orden las áreas comunes, aprendiendo así el valor de la disciplina y la solidaridad.
En los momentos más difíciles, cuando las tareas universitarias me rebasaban o la nostalgia por mi hogar se hacía más fuerte, siempre había alguien dispuesta a escuchar. En aquella casa recibíamos más que alimento y alojamiento, recibíamos acompañamiento humano, espiritual y formativo.
Poco a poco entendí que aquella no era una simple casa de hospedaje. Era una escuela de vida. Entre sus muros se enseñaba mucho más que a colaborar y a cumplir con los deberes: se enseñaba a convivir, a escuchar, a pensar, a creer en una misma. Allí comprendí que la verdadera pobreza no es la falta de dinero, sino la falta de oportunidades. Y que la educación y la disciplina pueden romper cualquier círculo de carencia.
Viví casi diez años en esa casa. Conviví con jóvenes de distintas carreras: enfermeras, maestras, contadoras, abogadas, ingenieras. Cada una con una historia diferente, pero todas unidas por una misma meta: superarse. Hoy, muchas de ellas son profesionistas reconocidas, madres, líderes comunitarias, empresarias o servidoras públicas. Cada una lleva en el corazón un pedazo de esa casa que nos formó no solo como mujeres, sino como personas comprometidas con el bien común.
A veces pienso que, si aquella casa no hubiera existido, mi historia habría sido otra. Tal vez estaría en mi pueblo, resignada a un destino que otros marcaron. Pero gracias a ese lugar, pude estudiar, trabajar y convertirme en la mujer que soy hoy.
Y no soy la única. Somos cientos. Mujeres que cruzamos sus puertas con miedo y salimos con fuerza. Mujeres que aprendimos que la educación abre puertas, pero la constancia y la disciplina enseñan a cruzarlas.
Lo admirable de esta casa es que, sin contar con un gran presupuesto ni apoyos gubernamentales, ha logrado sostenerse durante décadas, ofreciendo lo que muchas instituciones con más recursos no consiguen brindar: formación humana, acompañamiento y esperanza. Su funcionamiento depende de donaciones, del compromiso de su patronato y de una mensualidad simbólica que apenas cubre una parte mínima de los gastos.
El impacto que tiene una institución así en la sociedad no se mide en cifras, sino en vidas transformadas. Cada joven que logra terminar una carrera gracias a ese apoyo representa una familia que rompe un ciclo de pobreza. Representa un ejemplo para su comunidad. Representa, sobre todo, la confirmación de que la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para el cambio social.
Por eso, celebrar los 75 años de la Casa de la Protección de la Joven es reconocer una obra silenciosa pero fundamental. En tiempos donde abundan los discursos sobre equidad y movilidad social, este lugar demuestra que el cambio real empieza con acciones concretas y sostenidas. No con promesas, sino con espacios que ofrecen lo básico: techo, alimento, acompañamiento y oportunidad.
Lo más valioso que aprendí en esa casa no fue solo a convivir con otras jóvenes o a ser responsable. Aprendí a reconocer el valor del esfuerzo, la importancia de la honestidad y la necesidad de vivir con gratitud. Aprendí que la verdadera superación no se logra sola, se necesita comunidad, guía y confianza.
Por eso hablo de esta casa con respeto y con deuda. Porque mi historia personal, y la de muchas más, no se entendería sin ella. Lo que hoy soy, una profesionista, una mujer con independencia y propósito es fruto de lo que allí aprendí.
Por eso, hoy en este aniversario, celebro su existencia, su constancia, su ejemplo. Celebro que siga abriendo puertas cuando tantas se cierran. Celebro que siga creyendo en las jóvenes, incluso cuando el mundo parece olvidar que invertir en ellas es invertir en el futuro.
Porque hay lugares que no solo dan techo, sino sentido. Lugares que no solo acogen, sino transforman. La Casa de la Protección de la Joven es uno de ellos. Y mientras exista, habrá razones para creer que los sueños, con apoyo y valores, todavía pueden cumplirse.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
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Profesora Universitaria y Consultora Financiera
