La periodista Denise Maerker se atreve a mirar lo que muchos prefirieron olvidar. Con “PRI: Crónica del fin”, nos coloca frente a un espejo incómodo, donde se reflejan las heridas más hondas de la historia reciente de México.
No se trata de una simple revisión documental, sino de una radiografía del poder, de cómo el país fue secuestrado durante décadas por una maquinaria que confundió la autoridad con propiedad y el gobierno con dominio.
Maerker no busca justificar ni condenar gratuitamente. Su mirada es quirúrgica: expone, con precisión y sin sentimentalismos, el derrumbe del partido que durante más de setenta años fue sinónimo de Estado.
Esa mirada objetiva —y al mismo tiempo profundamente humana— es la que provoca la incomodidad. Porque ver la verdad sin adornos siempre duele.
El dolor se multiplica cuando comprendemos que lo que allí se muestra no es solo historia política: es un catálogo de traiciones, abusos y soberbias que siguen vigentes.
Ver desfilar ante la cámara a exdirigentes, gobernadores, presidentes y operadores del poder, quienes por momentos breves justifican lo injustificable, provoca una mezcla de vergüenza y rabia.
Nos recuerda lo que perdimos como nación cada vez que el interés personal prevaleció sobre el bien común. Mientras tanto, algunos intentan suavizar esa memoria.
Habrá quien aún extrañe la presencia ya desaparecida del antiguo PRI, aunque en realidad, solo cambiaron de piel al incorporarse a Morena. Igual que los panistas que también lo hicieron.
O también, que se trate de edulcorar la insolente realidad, excusando las acciones de un partido como un proyecto político mal comprendido, casi nostálgico.
Pero lo cierto es que la historia no se endulza. Los hechos están ahí: la corrupción institucionalizada, la simulación democrática, el control de los medios, la persecución de la disidencia y, finalmente, la traición a sus propias bases.
El documental de Maerker que es una mujer valiente, muy entendida y estudiada en política, muestra con crudeza los momentos de quiebre:
—El asesinato de Luis Donaldo Colosio, símbolo del intento frustrado de renovación.
—La entrega del poder por parte de Ernesto Zedillo en el año 2000, que más que una transición fue una rendición.
—Y la pérdida de rumbo de un partido que se quedó atrapado en su propia soberbia.
Colosio lo había advertido: “Veo un México con hambre y con sed de justicia”. Su voz sigue retumbando tres décadas después porque su diagnóstico sigue siendo el mismo.
Lo mataron por decir la verdad, como han matado tantas veces la esperanza en este país. Su muerte marcó el principio del fin del viejo régimen, pero también el inicio de una repetición que todavía nos persigue.
Porque si algo nos enseña “PRI: Crónica del fin” es que el problema nunca fue solo un partido, sino una cultura del poder.
Cambian los nombres, los colores y los slogans, pero la enfermedad es la misma: la codicia, la impunidad y el desprecio por la ética pública.
El PAN no supo construir una verdadera alternancia; el PRI no supo reinventarse; y el nuevo poder, con otro rostro y otras siglas, repite los mismos errores con una voracidad aún más visible.
Hoy el país sufre las consecuencias de esa continuidad disfrazada de cambio: instituciones debilitadas, polarización social y una corrupción que ya no se disimula, sino que se normaliza.
En el pasado, el poder corrompía desde la abundancia; hoy lo hace desde la carencia. Antes robaban los que tenían; ahora lo hacen los que llegan con hambre de poder y sin límites éticos.
En ambos casos, el resultado es el mismo: un país herido, cansado y cada vez más desconfiado.
Maerker nos recuerda, con una lucidez casi dolorosa, que las naciones no se destruyen de golpe, sino lentamente, cuando los ciudadanos dejan de indignarse, cuando los medios se callan y cuando los políticos confunden su mandato con un cheque en blanco.
El PRI cayó, sí, pero el sistema que lo sostuvo sigue vivo, agazapado bajo nuevas banderas.
México no necesita otro mesías ni otro color en la boleta. Necesita memoria, responsabilidad y una ciudadanía despierta. Porque el verdadero fin del PRI —y de todo lo que representa— solo llegará cuando aprendamos a no repetir su historia.— Mérida, Yucatán
Abogada y escritora
