Marisol Cen Caamal 2025

Cada mes de noviembre se repite la misma historia. Con el Buen Fin, las tiendas se llenan de descuentos y de promociones que parecen imposibles de ignorar. Millones de personas, como si atendieran un llamado invisible, salen “solo a ver” y terminan comprando lo que nunca habían planeado, lo que no necesitaban y, a veces, lo que ni siquiera pueden pagar.

Aprovechar el Buen Fin sin convertirlo en el inicio de un mal año requiere más que hacer presupuestos o comparar precios. Antes de sacar la cartera, conviene entender cómo funciona nuestra mente, cómo pensamos, cómo sentimos y por qué aun sabiendo que algo no nos conviene, lo compramos. Las finanzas conductuales, esa fascinante disciplina que une la economía con la psicología, nos revela una verdad incómoda: cuando se trata de dinero, somos más emocionales que racionales.

Durante décadas, la economía clásica nos hizo creer que las personas tomamos decisiones racionales, que analizamos costos y beneficios antes de actuar, y que somos consumidores lógicos empeñados en maximizar nuestra utilidad. Nada más lejos de la realidad. El Premio Nobel Daniel Kahneman, junto con Amos Tversky, desmantelaron esa idea al demostrar que, en la práctica, nuestra mente opera con atajos, sesgos y emociones que nos llevan a actuar primero y justificar después. Años más tarde, otro Nobel, Richard Thaler, profundizó en ese descubrimiento al mostrar que nuestras decisiones financieras rara vez responden a la lógica, sino a impulsos que nos empujan, casi sin darnos cuenta, a actuar en contra de nuestro propio interés.

Thaler llamó a esos empujones invisibles “nudges” (empujoncitos, en inglés), señales del entorno que, casi sin darnos cuenta, influyen en nuestras decisiones. Eso es exactamente lo que sucede durante el Buen Fin. Cada anuncio que dice “50% de descuento”, “únicos días” o “últimas piezas” funciona como un empujón calculado para activar nuestra urgencia y llevarnos a gastar antes de pensar, explotando nuestra emoción más que nuestra razón.

Uno de los grandes aportes de las finanzas conductuales fue identificar los sesgos que distorsionan nuestras decisiones. Durante el Buen Fin, estos sesgos se manifiestan con una gran claridad. El primero es el sesgo de recompensa inmediata, que nos hace preferir una gratificación hoy, aunque eso signifique un sacrificio mañana. Es la voz interna que dice “me lo merezco” o “ya luego veo cómo lo pago”. También aparece el sesgo de escasez, que nos convence de que algo vale más solo porque está a punto de agotarse. El mensaje “últimas unidades” o “solo por hoy” activa el miedo a perder una oportunidad, y ese miedo, más que el deseo, es el verdadero motor de muchas compras.

A esto se suma el sesgo de anclaje, que hace que comparemos precios con una referencia previa, aunque sea arbitraria. Si una televisión costaba veinte mil pesos y ahora está en quince mil, nuestro cerebro interpreta que está “más barata”, aunque quince mil siga siendo un gasto considerable. En el fondo, no evaluamos el valor real del producto, sino la diferencia respecto al precio anterior. Y luego está el sesgo de dotación, que nos hace valorar más aquello que sentimos como nuestro. Basta imaginar un artículo en casa o probarlo unos minutos para que el deseo se dispare. Las tiendas lo saben. Por eso invitan a probar, tocar, visualizar. Cada pequeño estímulo está calculado para acortar la distancia entre querer y tener.

No compramos con la cabeza, sino con el corazón. Y después usamos la cabeza sólo para justificar lo que el corazón ya decidió. Las ofertas seducen al ego, al miedo de quedarse fuera, a la necesidad de sentir que uno gana. Pero esa sensación, como toda emoción impulsiva, es breve. Dura segundos. Lo que puede durar meses o años es la deuda.

Aclaro que no estoy en contra del Buen Fin y reconozco que puede ofrecer verdaderas oportunidades de compra, productos a mejor precio y ventajas para quienes planifican con cuidado. El problema no está en las promociones, sino en cómo reaccionamos ante ellas. Las compras por impulso son las que convierten una oferta en un riesgo, vacían la cartera, generan deudas y crean arrepentimiento. Aprovechar el Buen Fin con inteligencia significa distinguir entre lo que realmente necesitamos y lo que deseamos momentáneamente.

Por eso, este Buen Fin puede ser una oportunidad distinta, no para comprar más, sino para observarnos y actuar con mayor prudencia. Cada impulso de aprovechar una promoción puede convertirse en un momento de reflexión, de reconocer si esa compra aporta un valor real a nuestra vida, o si solo busca calmar una emoción pasajera. El simple hecho de detenernos a pensar, transforma nuestra relación con el consumo y nos permite decidir con claridad y responsabilidad.

Para cuidar nuestras finanzas no hay que renunciar a las compras, sino aprender a decidir con consciencia, usando la razón para que las oportunidades se conviertan en beneficios reales, y no en gastos que lamentaremos después. Las finanzas conductuales nos pueden ayudar a reconciliar emoción y razón. No se trata de eliminar la emoción, eso sería imposible, sino de usarla a nuestro favor.

Porque el Buen Fin pasará, como cada año, y lo que quedará después será la sensación de control o de arrepentimiento. Cada decisión, por pequeña que parezca, moldea nuestra relación con el dinero y repercute en nuestro futuro. Podemos elegir ser consumidores automáticos o administradores responsables de nuestros recursos. Podemos dejarnos llevar por el impulso o tomarnos un momento para pensar. Podemos gastar para llenar vacíos o invertir para construir propósitos que realmente importen.

Así que, querido lector, este Buen Fin, antes de sacar la tarjeta o hacer clic en “comprar ahora”, respire. Piense en cómo se sentirá dentro de unos meses, no solo en lo que siente hoy. Pregúntese si esa compra lo acerca o lo aleja de la vida que desea. Porque cuidar el bolsillo no es solo cuidar el dinero, es cuidar la paz mental, y eso es lo más valioso que tenemos.— Mérida, Yucatán

Correo: marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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