Guillermo Fournier Ramos

El progreso y el desarrollo no surgen por generación espontánea, sino que requieren de condiciones propicias para materializarse, así como de acciones puntuales de personas dispuestas a construir un mejor futuro.

En este sentido, los humanos somos los únicos seres vivos capaces de moldear la realidad que nos rodea, a través de la voluntad, el trabajo y el aprendizaje continuo. La historia es cambio, y somos los responsables de trazarla.

La civilización se edifica a partir de la cooperación, el conocimiento y, sobre todo, el talento dirigido al bien común. Si la ciencia y la tecnología han logrado avances significativos en los últimos siglos, ello se debe a que las buenas ideas han hallado el modo de abrirse camino en los contextos adecuados.

Ahora bien, las sociedades sanas necesitan de valores y principios fundacionales para ser viables y perdurar en el tiempo. Cuando la brújula moral se descompone, las ciudades, regiones o países suelen entrar en un proceso de decadencia.

La experiencia de muchas generaciones nos demuestra que la democracia es la mejor forma de organización social y política que existe, porque ordena y limita el poder del gobernante en turno, impidiendo que abuse de los ciudadanos violando sus derechos y libertades.

Por su parte, el capitalismo, como sistema económico, ha comprobado ser efectivo para crear riqueza y maximizar la productividad, ofreciendo la posibilidad de mejorar sustancialmente la calidad de vida de la gente.

Es claro que ni la democracia ni el capitalismo son esquemas perfectos; la mayor perversión en ambos modelos se da cuando el poder político y el poder económico favorecen exclusivamente a unos pocos.

Sin duda, esto es contravenir la misma esencia de la democracia y el capitalismo, que idealmente, deben beneficiar a la totalidad de la población para lograr su cometido. Ahí está la asignatura pendiente y la explicación a una creciente inconformidad en todo el mundo para con la democracia y el capitalismo en sus actuales formas.

No obstante, aquí resulta oportuno reflexionar sobre lo que nos enseña el registro histórico del último siglo. La tentación de regresar al autoritarismo aunada a la ilusión del comunismo como sistema económico y social ha sido —y sigue siendo— una fórmula para el desastre y la miseria.

Basta revisar lo ocurrido durante décadas con el fracaso de la Unión Soviética que ocasionó, literalmente, incontables muertes de su propia población, ya sea por hambre o represión violenta del gobierno.

Hay que recordar que el Muro de Berlín se erigió para evitar que los habitantes del lado comunista escaparan hacia el lado occidental capitalista, hasta que fue derribado en 1989.

También es ilustrativo el enorme número de personas que abandonaron Cuba por decisión personal desde la instauración de la revolución castrista; y qué decir del 28 por ciento del total de la población venezolana que ha huido de su país de origen en los últimos años, desde que Hugo Chávez tomó el poder.

Esta tragedia, ahora y antes, ha sido ignorada por la comunidad internacional y la prensa global en gran medida, abriendo un espacio para la subsistencia de tales regímenes y, desde luego, para la impunidad de sus acciones.

Ahí donde el socialismo-comunismo se ha establecido, los gobiernos se han tornado implacablemente autoritarios a costa de los derechos y libertades de los ciudadanos. Además, el sistema económico colapsa, dejando desamparada y sumida en la pobreza a la mayor parte de la población.

Incluso países como Rusia o China, que hasta hace relativamente poco abanderaban la causa comunista, han hecho un cambio notable en su política económica para optar por el libre mercado y el capitalismo, con lo cual han entrado en etapas de crecimiento y desarrollo. Eso sí, ambos conservan gobiernos de corte autoritario.

La lección es transparente: si queremos un mejor futuro es indispensable construir una sociedad de derechos y libertades, de la mano de instituciones sólidas, pero principalmente, participación ciudadana.

En medio de tanta polarización, ubicarse en el centro político para defender valores y principios democráticos es un acto de valentía. Igualmente, es necesario proponer un modelo capitalista más humano, que ponga como eje y prioridad la dignidad de la persona.

Educación, salario digno, servicios de salud de calidad y seguridad pública: merecemos como ciudadanos gobiernos que respondan a las exigencias de la gente y creen las condiciones mínimas para que el talento, el trabajo y el esfuerzo nos lleven a moldear una sociedad de justicia y auténtico bien común.— Mérida, Yucatán

Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno

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