A las personas nos gusta creer lo que a nuestro interés conviene, no lo digo yo, lo dice la ciencia; ajustamos los procesos mentales a nuestras necesidades ignorando evidencias que contradigan cualquier postulado previamente asumido como verdad absoluta. La dificultad de aceptar que nos equivocamos y/o que por necesidad trabajamos para un régimen injusto o antidemocrático nos obliga a distorsionar la realidad, ya que de otra manera la conciencia no nos permitiría vivir tranquilos y sin remordimientos.

Es esto lo que explica por qué individuos inteligentes, capaces de analizar situaciones concretas relacionadas con su sobrevivencia cotidiana o su labor profesional, incluso aquellos que se dicen de izquierda, aceptan explicaciones absurdas sobre verdades evidentes que les incomodan. No son pocos los que, siguiendo dogmas, dejan de analizar los hechos de manera consciente y crítica y terminan por defender con mucha fiereza cosas ilógicas.

Nos explica también el por qué, sin importar todas las evidencias, datos y pruebas repetidas hasta el cansancio por los medios opositores, sobre incongruencias del gobierno; de sus vínculos con el narco, los escandalosos casos de corrupción y el aumento de la violencia, entre otros, los niveles de aprobación de la presidenta continúan siendo altos, aunque según encuestas de agencias confiables han estado bajando en las últimas semanas.

Es importante hacer notar que más de un cincuenta por ciento de la ciudadanía, según estas mismas encuestas, acepta que es verdad la problemática enunciada arriba, pero prefieren creer que quien dirige el gobierno a nivel federal está exenta de responsabilidad por las carencias y peligros que afrontamos. Prefieren replicar el discurso de la presidenta de México, quien culpa de esos males a los presidentes anteriores (de manera sospechosa menos a Peña), principalmente a Calderón a pesar de que su gestión termino hace más de una década.

Por lo tanto, es importante poner atención al origen de esta ceguera colectiva o de otra manera, nos pasaremos setenta años más denunciando terribles realidades mientras quienes tienen el poder se burlan durante sus “mañaneras” de la oposición derrotada. De nada servirá a los ciudadanos conscientes reírnos con las parodias de algún payaso opositor, o hacer corajes cuando leemos editoriales que, no solo presentan datos fríos, sino que también hacen acertados análisis sobre nuestra patética realidad.

Además del desprestigio ganado a pulso por los partidos opositores ¿cuáles son esas necesidades que llevan a las personas a aceptar las mentiras de este gobierno como verdades? ¡Por supuesto!, ya se ha dicho muchas veces: la de seguir recibiendo, puntualmente, los apoyos en dinero, contante y sonante, para ellos o sus familiares, que significa mucho, no solo para quienes viven en pobreza sino también para amplios sectores de las clases medias. Así que, seguir hablando mal de esos apoyos o burlándonos de quienes los reciben, es una forma de suicidio político electoral, sin importar los buenos argumentos que se esgriman para explicar por qué esos apoyos no son la solución a los grandes problemas del país.

Después de todo, en el caso, por ejemplo, de las personas de la tercera edad que no tienen derecho a una jubilación por parte de alguna institución (y cada día lo tienen menos personas) los apoyos son muy necesarios y son parte de una política pública que procura algo de justicia social. Y en otros, como las becas para estudiantes de escasos recursos, son una medida emergente, si se quiere garantizar un piso parejo para las nuevas generaciones. ¿Que se utilizan de manera clientelar? ¡Claro! tal como lo hacían antes los gobiernos del PRI y del PAN, aunque ahora de manera mucho más descarada. Sin embargo, no solo algunos de esos apoyos son necesarios, sino que son la causa de fondo de la ceguera colectiva, por lo tanto, es poco estratégico cuestionarlos del todo.

Lo que podemos hacer son cinco cosas: uno, exigir que estos apoyos mejoren y se asignen a los que menos tienen y no a los que les sobra el dinero; dos, recordar a la población que éstos son un derecho constitucional y que nadie se los podrá quitar, sin importar quien gane las elecciones; tres, que se dan gracias a que pagamos impuestos, que es dinero nuestro y por lo tanto no son dádivas de ningún gobierno; cuatro, recordar que los servicios gratuitos en salud, hospitales y medicinas que se han perdido, el elevado costo de los servicios públicos y los precios de la canasta básica, entre otros, hace que los recursos “otorgados” por el gobierno federal se conviertan en nada o muy poco para la economía familiar. Por último, hay que enfatizar que la seguridad de nuestras familias es más importante que cualquier apoyo monetario, porque, aunque no hayan sido ustedes víctimas de algo y nadie les haya dañado, no significa que estemos a salvo en un futuro próximo, dada la alianza entre gobierno y narcotráfico.

Aprovecho para agradecer a las personas que en las redes me han felicitado por marchar el quince de noviembre en protesta por la violencia que impera en nuestro país, situación que debemos al crimen organizado que opera con el amparo y anuencia del gobierno actual. También a quienes manifestaron su preocupación y enojo por mi decisión de manifestarme, algunos con palabras altisonantes, con pocos y nulos argumentos, y otras legítimamente preocupadas porque creen que la marcha fue organizada por grupos de derecha. Lo primero que hay que aclarar es que, si bien en la marcha estuvieron presentes personas relacionadas con los partidos opositores, los jóvenes que convocaron y a los que escuché atentamente durante la concentración, están muy lejos de defender posturas de derecha o de ser manejados por algún gran empresario como Salinas Pliego, demostraron más bien que son parte de una nueva generación de personas valientes y con principios.

Aun así, efectivamente, corremos el riesgo de que la ideología difundida por los grupos de derecha sea la que predomine entre los inconformes con el gobierno y que sus consignas resuenen durante las marchas. Seguramente esto sucederá si las personas de izquierda, las que aún no hemos sucumbido al miedo, la vanidad o la negación de la realidad, no nos preparamos para promover nuestras propias posturas y consignas. Mientras esto sucede, seguiré marchando con quienes convoquen, sin importar de qué generación son, me obliga la necesidad de luchar por reglas electorales justas y evitar que el crimen organizado siga cobrando vidas y atemorizando a la población.— Mérida, Yucatán

Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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