Guillermo Fournier Ramos (*)
“La pobreza y la desigualdad profunda no son condiciones inevitables de la naturaleza humana, sino producto de la injusticia”. Esta frase del Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus es implacable y nos permite abrir un espacio para la reflexión.
A diferencia de las especies animales donde el equilibrio ecológico es determinado por las adaptaciones evolutivas y la ley salvaje del más fuerte, los humanos somos seres racionales con la capacidad de tomar decisiones conscientes para lograr objetivos concretos y medibles.
Gracias a nuestra inteligencia, libertad y voluntad disponemos de las facultades para planificar, aprender de errores, corregir y mejorar. Lo anterior aunado a la habilidad para organizarnos en estructuras sociales complejas se traduce en cooperación y eventualmente en desarrollo de ciencia y tecnología.
Por ello, la especie humana puede hablar de progreso e imaginar un futuro prometedor, aunque con frecuencia se opte por visualizar escenarios catastrofistas.
Ahora bien, lo cierto es que la forma más efectiva de predecir el futuro es creándolo. Dicho de otro modo, el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer.
Trazar metas es importante, pero para superar los problemas que aquejan a la sociedad el primer paso es emitir un diagnóstico certero.
No reconocer los problemas o ignorarlos es una fórmula segura para el fracaso, ya sea en el plano individual o colectivo.
El talento humano es fascinante y puede comprobarse que el ingenio, la destreza y la creatividad se encuentran entre cualquier grupo de gente, independientemente de su origen, raza, género, o demás variables.
En realidad, la diferencia entre los países desarrollados y las naciones pobres tiene que ver, en gran medida, con condiciones estructurales y sistémicas que ofrecen —o no— oportunidades a los ciudadanos para llevar a cabo sus proyectos de vida, producir riqueza y contribuir a la prosperidad de su comunidad.
Los países con economías consolidadas brindan servicios públicos de calidad a la población, con políticas de educación, salud, transporte, empleo y seguridad social eficientes, aunque no exentas de retos.
Naciones como Alemania, Finlandia, Israel y Canadá cuentan con programas educativos de primer nivel que además facilitan la inserción laboral de los jóvenes, y ponen el acento en la innovación y el trabajo en equipo.
Por supuesto, dichos países tienen, a la par, instituciones fuertes que dan a la ciudadanía estado de Derecho, seguridad, tutela de derechos y libertades, y programas sociales para la población vulnerable.
¿Hay alguna suerte de predisposición de algunas naciones para el crecimiento y el desarrollo? No, no es así, sino que la relativa prosperidad de tales países se relaciona con políticas acertadas sostenidas en el tiempo y el aprendizaje de lecciones del pasado.
Alemania y Finlandia atravesaron situaciones muy complicadas en la primera mitad del siglo pasado; y ahí están los ejemplos de Corea del Sur y Singapur, que hace apenas cincuenta años tenían economías de menor tamaño en comparación con México. Hoy, ambos países se hallan entre los más ricos del mundo, medido en ingresos por persona.
¿Por dónde empezar? Los desafíos públicos son múltiples, pero priorizar la educación y el empleo han dado excelentes resultados en otras latitudes.
México es una de las economías donde los empleados trabajan más horas, y no obstante, la productividad es baja, lo que tiene un impacto negativo. En parte, ello se debe a la falta de capacitación, aunque el elemento más preocupante es el déficit de conocimientos y habilidades que debiera brindar el sistema educativo.
El mal rendimiento en las pruebas estandarizadas y mediciones internacionales nos dan luz respecto de un rezago significativo que debe atenderse con urgencia.
El otro rubro se liga estrechamente con la educación: el empleo bien remunerado. Las naciones emergentes suelen tener salarios deplorables lo cual representa un obstáculo para el crecimiento económico.
Implementar políticas gubernamentales que incentiven a las empresas a pagar mejores sueldos, vía estímulos fiscales, sería un primer paso en la dirección correcta. El hecho de que un empleado en un país pobre gane hasta diez veces menos que un trabajador en un país desarrollado debería alarmarnos.
La educación y el empleo con ingresos dignos son dos fuerzas potentes que se retroalimentan para generar riqueza y prosperidad, siempre y cuando vayan de la mano de políticas y planes de gobierno sensatos, que promuevan el capitalismo humanista, sin dejar atrás a los grupos vulnerables.
Es posible pensar en un mejor mañana; abrir el espacio al intercambio de ideas y la discusión de propuestas es vital en una sociedad democrática y libre. Romper mitos e involucrar al mayor número de mujeres y hombres es necesario para avanzar en una agenda económica y social con rumbo.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
