Pero cómo es posible que el título del presente artículo afirme que una mujer puede presidir un gobierno al servicio del patriarcado, cuando este concepto precisamente habla de un sistema social donde los hombres dominan el poder político y ejercen el liderazgo social y moral. ¿Acaso el hecho de que sea una mujer la que ejerza la máxima autoridad del país, no es una prueba del desmantelamiento del patriarcado?

Para poder explicar tan escandalosa paradoja, incluso poder aportar información clara y contundente sobre esta afirmación, primero debo explicar brevemente qué es la perspectiva de género.

En nuestra cultura occidental, impuesta vía colonización a los habitantes de amplios territorios del planeta, los géneros, femenino y masculino, no solo se interpretan como distintos y dicotómicos, sino también con diferente prestigio y estatus, por lo tanto, las relaciones genéricas están enmarcadas por el dominio de los hombres hacia las mujeres. Esto implica la imposición de una cultura machista, responsable de la discriminación y violencia que sufrimos con todas sus variantes: física, económica, sexual y emocional, propiciando además los innumerables feminicidios en nuestro país y en muchas partes del mundo.

Como respuesta a esta realidad surgió el movimiento feminista a favor de nuestros derechos humanos y de una vida libre de violencia y discriminación para las mujeres, donde (ojo) no se lucha contra los hombres sino en contra del sistema patriarcal. Esto ha implicado instrumentar la perspectiva de género (los lentes morados), es decir, el diseño y aplicación de instrumentos analíticos que nos permitan identificar los mecanismos por los cuales la sociedad mantiene el sistema de desigualdades entre géneros, para a su vez, ya identificados estos, promover políticas y programas dirigidos a eliminar todas esas formas de dominio y discriminación contra nosotras.

Conquistas

Ahora bien, el solo hecho de que las mujeres, gracias al movimiento feminista, hayamos logrado nuestro reconocimiento como ciudadanas, el derecho al sufragio y a ocupar cargos de elección popular, por supuesto implica un gran triunfo en la lucha por la equidad entre géneros. Sin embargo, esto no significa que las mujeres que ocupan hoy esos cargos, ganados gracias al movimiento feminista, tengan conciencia de género, es decir, que reconozcan el sistema de desigualdades que vivimos y estén dispuestas a luchar por desmantelarlo. Esto pasa sobre todo por dos motivos: primero, no fueron formadas bajo la perspectiva de género y por lo tanto desconocen los mecanismos que permiten se reproduzcan las desigualdades y las violencias contra las mujeres; segundo, no es lo mismo llegar al poder apoyada por redes de mujeres que presionan desde la sociedad civil la instrumentación y aplicación de políticas con perspectiva de género, que ser impuesta por un partido o un líder patriarcal al que se le debe lealtad y total obediencia.

Entonces, la trampa es perfecta. Los que realmente ejercen el poder neutralizan a la izquierda con una narrativa que la emula, pero no transforma las estructuras sociales que mantienen la desigualdad social. Y al mismo tiempo, intentan controlar la inconformidad de las mujeres y mantener a raya al movimiento feminista, convenciéndonos de que con Claudia “llegamos todas” a la Presidencia de México, aunque esto sea algo muy alejado de la realidad.

Perspectiva de género

A las pruebas me remito. ¿Qué haría una Presidenta con perspectiva de género? Primero que nada, aumentaría los presupuestos y programas dirigidos a acabar con todas las formas de discriminación y violencia que sufrimos las mujeres, lo que sería prioridad para su gobierno. Y no me refiero a programas clientelares para ganar votos a favor de su partido, entre ellas la asignación directa de dinero, sino a verdaderas medidas que terminen con las brechas de género en todos los espacios sociales, educativos, económicos y culturales. ¿Y qué es lo que ha pasado realmente?

Primero, desde el sexenio anterior, y en el actual, hemos visto con preocupación la eliminación de programas como las estancias infantiles, el seguro de vida para jefas de familia, las escuelas de tiempo completo, el apoyo al empleo, entre otros. Eliminaron o han reducido el presupuesto de al menos veinte programas destinados a la equidad de género. Los recortes también han impactado directamente, en forma negativa, a los refugios para víctimas de violencia pese a que atienden a miles de mujeres y niños. Incluso, el mismo Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) ha sufrido severos recortes en su presupuesto federal.

De acuerdo con especialistas y organizaciones civiles, el presupuesto con perspectiva de género durante la 4T se ha reducido en más de 30 mil millones de pesos, recursos que ahora se invierten en programas clientelares.

Acciones contra hombres violentos

Segundo, una Presidenta con perspectiva de género tomaría medidas enérgicas contra todos los hombres que ejerzan violencia contra las mujeres, sin importar de qué partidos son o qué cargo desempeñen en el gobierno, lo que tampoco ha ocurrido. Tristemente, hemos tenido que ver a nuestra Presidenta defendiendo y aplaudiendo a quienes violentan mujeres como: Cuauhtémoc Blanco, Salgado Macedonio, el impresentable misógino de Noroña, entre otros, que impunemente agreden mujeres, sexual, física y emocionalmente.

Tercero, un concepto feminista fundamental es el de sororidad, es decir: solidaridad y afecto entre mujeres. Sin embargo, durante el gobierno actual las colectivas de mujeres como las madres buscadoras, con hijos con cáncer, defensoras del agua y de la tierra, periodistas, viudas de autoridades municipales asesinados por el crimen organizado, activistas de colectivos feministas (que no son de Morena), entre otras, no solo han sido ignoradas en muchos casos, sino que, además, cuando se refieren a ellas son descalificadas desde la tribuna presidencial.

El resultado de tener una Presidenta con “A” pero sin perspectiva de género, al servicio de un patriarca que maneja los verdaderos hilos del poder, es grave y se refleja en los números. Según la Red de Refugios, en los últimos años se incrementó en un 103% la violencia familiar, fundamentalmente hacia las mujeres; solamente entre enero y agosto del 2025 se registraron 444 casos de feminicidio en México; cuatro de cada diez mujeres declaró al Inegi en 2024 haber sufrido violencia física y sexual, entre otros datos significativos.

Hoy el patriarca amenaza con salir de su rancho para defender a su pupila de las críticas de sus opositores, una mayor prueba de sometimiento y debilidad política de nuestra Presidenta no puede haber, corrobora nuestra afirmación, lo señalado en el título del presente artículo.— Mérida, Yucatán

*Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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