Palabras pronunciadas por el autor en el desayuno celebratorio de los 128 años de don Santiago Herrera Castillo (1897-1972), realizado en Mérida, el 13 de diciembre

Hay maestros que enseñan lecciones y otros que marcan destinos. Santiago Herrera Castillo —nacido hace 128 años— fue uno de esos pocos cuya presencia sigue viva en la memoria de quienes pasamos por su aula, por sus pasillos y por la profunda humanidad de la escuela Nueva Ariel.

Nació en Mérida en 1897, en un mundo que pronto cambiaría para siempre. Don Santiago fue un extraordinario maestro, pero fue un mejor arquitecto. Cada uno de sus alumnos es un edificio construido por él.

Siendo aún muy joven le tocó vivir la Primera Guerra Mundial, los años finales de la Revolución Social Mexicana y, en lo que concierne a Yucatán, el gobierno progresista de Salvador Alvarado, el fin de la Guerra de Castas, el auge de la educación y feminismo y la regulación del mercado henequenero a través de la comisión centralizadora para su comercialización.

No es casual entonces que en medio de ese contexto de inestabilidad global y de reacomodo de la geopolítica, su familia se trasladara a Nueva York obligándolo a pausar sus estudios.

En 1915 asistió al Congreso Pedagógico Internacional de ese año consolidando su vocación docente mientras que el planeta atravesaba los estragos de la guerra, conflicto que modificó economías, rutas migratorias y expectativas de vida.

Retorno

Tampoco es coincidencia que regresara en 1921, justo cuando el mundo trataba de comprender las lecciones de la devastadora gripe española, que afectó a todos, y de los cambios radicales provocados por la Revolución Rusa que había encendido debates sobre nuevos modelos pedagógicos, justicia social y educación para la transformación.

Santiago volvió a Mérida —y a la Normal— con una mirada más amplia, más consciente del mundo en movimiento. Concluyó sus estudios en 1925 como estudiante libre, lo cual es un dato importante para entenderlo.

En 1925 tenía 28 años, edad que para la época ya era avanzada; sin embargo, siendo prácticamente un hombre hecho y derecho y con esa determinación que muchos de sus alumnos lo recuerdan, comenzó a construir la obra que trascendió generaciones.

Institución

Primero enseñó en el Colegio Americano, pero en 1926 tomó una decisión que marcaría su destino y el de cientos de niños y jóvenes: renunció a su cargo de inspector escolar estatal para fundar su propia escuela, la que se convertiría en su gran creación. Esta fue su primera renuncia a la comodidad del servicio público. Opto por seguirse. Creó la Nueva Ariel.

Allí, durante 42 años, Santiago puso en práctica los modelos educativos más modernos de su época, alimentados por las corrientes internacionales surgidas tras las grandes transformaciones del mundo. Y lo hizo con una combinación única de disciplina, ternura, visión y una fe profunda en el potencial humano.

Durante el tiempo que dirigió la Nueva Ariel, y este es otro dato que lo explica, México vivió intensas transformaciones educativas. A nivel nacional la SEP fue creada y dirigida por figuras como Vasconcelos y Torres Bodet, que impulsaron la expansión de la educación, la renovación de métodos y la formación integral del alumno. Ahí están las simientes de su vocación por la escuela abierta, el modelo de las misiones culturales, las bases de la educación rural y la creación de un internado que fuera más que un lugar de estancia, para constituir una unidad que formara parte de su modelo educativo.

Por su parte, en Yucatán, diversos gobernadores tuvieron que enfrentar los retos de la modernización, reconstrucción social y fortalecimiento cultural y, en medio de esos cambios, la Nueva Ariel se mantuvo firme como un faro encendido a pesar de la marea cambiante.

Ámbito político

En ese entramado Santiago no solo dirigió su escuela; también participó activamente en la política educativa del estado, fue director de Higiene Mental entre 1946 y 1972 y jefe del departamento de educación pública, cargo equivalente al de hoy Secretario de educación pública, entre 1958 y 1959. Ambos cargos constituyeron su segunda y tercera renuncia definitiva a engrosar las filas de la burocracia, que no era para él, a pesar de que en el último de ellos, siendo gobernador del estado Agustín Franco Aguilar, hubiera tenido muchas ventajas pues era su concuño, esposo de doña Aida, hermana de doña Carmita.

Antepuso a cualquier otra circunstancia su obra cimera; su amada escuela.

Para entonces ya había abrevado profundamente en la obra de los grandes revolucionarios de la educación de finales del siglo XIX y principios del XX: Iván Ilich y su postulado de la desescolarización de la enseñanza, llevar la educación más allá de la rigidez del aula y de las instalaciones escolares; Markovich y la búsqueda del equilibrio emocional de los niños y Enrique Rébsamen que, más allá de su método de escritura, fue un profundo innovador de los fundamentos educativos.

En ellos consolidó su interés genuino por el bienestar emocional de niños y jóvenes, algo totalmente visionario en su tiempo, que lo llevó a orientar a padres y maestros, a escribir artículos de psicología educativa y a comprender en los más profundo de su espíritu que el aprendizaje no podía separarse del corazón.—Mérida, Yucatán

Exconsejero del Instituto Electoral del Distrito Federal

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán