“Solo el médico y el dramaturgo gozan del raro privilegio de cobrar las desazones que nos dan.— Santiago Ramón y Cajal”
“Adelante, doctor, el bisturí se sujeta de esta manera, exactamente como se sostiene una pluma”. Eran mis pininos en la Ortopedia. Mi primera cirugía de especialidad. Una artrotomía de rodilla para una meniscectomía (extirpación de un menisco). Mi mano un tanto temblorosa inició bajo la supervisión del doctor Javier Pasos Novelo, mi primera aventura quirúrgica.
Con el correr de los años, la práctica, pero sobre todo la planeación antes de cualquier evento quirúrgico fue desarrollando el llamado pulso de cirujano. Y ahí me di cuenta del gran poder del bisturí, la hoja delgada con filo que incide tejidos para acceder a las entrañas del cuerpo, el instrumento que opera milagros; en los creyentes: somos las manos de Dios.
Con el tiempo no recuerdo cuantas veces lo ofrecí a algún aprendiz de médico. Es uno de los artilugios más antiguos en la historia de la Medicina, que ha evolucionado para hacerlo práctico. Pero, así como ha sido diseñado para el llamémosle bien de la humanidad, puede en manos perversas hacer daño. Jack el Destripador usaba un cuchillo quirúrgico; se cree que tenía conocimientos anatómicos, pues los cortes eran demasiado precisos para un criminal de la era victoriana.
Un maestro de la residencia, por cierto un personaje un tanto siniestro, hablaba del potencial asesino que todo médico esconde con escalpelo en mano: “A la habilidad del cirujano agréguese el conocimiento para asestar el corte exacto, los vasos carotideos en el cuello, la femoral en la región inguinal…, un tajo certero en la axila”. O iba al paroxismo cuando enfático señalaba: “con solo bisturí, cualquier médico entrenado puede desmembrar un cuerpo, seccionando cápsulas, tendones y ligamentos en los sitios precisos.
No es extraño que la misma mano del médico que sostiene el bisturí sostenga también la pluma. De hecho, “La pluma y el bisturí” es una frase que simboliza la conexión entre la literatura (la pluma) y la medicina (el bisturí), de tal manera que los médicos tienen una vocación o destreza literaria, o cómo la escritura puede ser una herramienta de “disección” o análisis profundo de la experiencia humana. Es en síntesis una simbiosis en dos universos distintos.
La pluma como objeto toral de la literatura involucra la rima, la prosa, la narrativa y la creatividad al explorar los sentimientos, emociones…, la vida misma a través de las palabras. El bisturí por su parte conlleva exactitud, minuciosidad, análisis e intervención en el cuerpo, en el vaivén de la vida y la muerte, con algo implícito: la certeza en su aplicación.
La frase sugiere que, bajo la bata blanca de su oficio, muchos médicos llevan una vocación literaria, y que ambas disciplinas, aunque aparentemente opuestas, a menudo se entrelazan en la experiencia humana. Pero al igual que el bisturí, la pluma que crea arte, sentimiento, pasión, amor, también puede causar dolor.
Las palabras pueden convertirse en poderosos misiles que destruyen la honorabilidad de las personas, causan sufrimiento, generan encono, alimentan el odio. Así como en la medicina existe la mala praxis, los actos negligentes y difícilmente la intencionalidad de hacer daño, en las letras también actos involuntarios pueden originar yerros, omisiones; pero muchas veces la pluma es guiada por mentes enfermas o corazones lastimados por su propio odio y presas de la inquina, la envidia y la frustración.
Tengo casi cuarenta años como médico y unos catorce que me aventuré en el mundo de las letras. Sin formación literaria, como un ávido lector que descubrió que: “si lees puedes escribir”. Tengo en mi haber una docena de libros, entre novelas, cuentos, crónica y ensayo, pero además y lo digo con orgullo: soy desde hace unos cinco años parte de los editorialistas del Diario de Yucatán.
Y así, escribo porque me gusta escribir: ¿qué es lo que escribo, qué género literario? …luego me entero. Me apasiona la novela, disfruto el cuento, saboreo el ensayo, la crónica; suspiro por la poesía, mis dedos se pegan cual vil sindactilia que me impide vestir con negligé mi alma.
Cuando miro hacia atrás, veo un largo camino hecho de cientos de cuartillas, de miles de letras que han salido de la misma mano que empuña el bisturí y la pluma; me doy cuenta qué afortunado he sido de poder hacer lo que tanto me gusta y, si para eso se requieren recursos, qué más feliz de presumir con satisfacción que la mayoría ha sido con los míos, fruto único de mi esfuerzo, de mi trabajo y, no obtenido con zalamerías o coacciones.
Este fue para un servidor un año redondo: En agosto recibí un reconocimiento por parte de la Federación Mexicana de Colegios de Ortopedia y Traumatología (Femecot), mi aportación como maestro formador de médicos en la especialidad, y hace unos días un homenaje en la reciente Feria Municipal de Libro, otorgado por Maldonado Editores y el Ayuntamiento de Mérida.
Tengo los pies bien plantados; sé lo que soy: un escritor tardío, profano en mi formación, que lo único que deseo es que me lean, que nunca he tratado de incomodar y menos dañar a los demás con lo que escribo, así como lo hice con mi filosofía de vida de médico, el poder tratar a los demás sin distingos, dando lo mejor de mí, con un principio elemental entre los médicos: “Primum non nocere” (Lo primero, no hacer daño), también lo hago con lo que escribo; así, en cuestiones políticas podré tener diferencias, pero nunca dejaré de reconocer que todos deseamos, sin importar el enfoque, un país mejor.
He vivido convencido que el buen desempeño profesional va de la mano con la solvencia económica y en este aspecto siempre he dicho que, en cuestión de los dineros nadie me ha regalado nada, que lo he comentado en broma, pero lo sostengo: ¡no soy rico, soy sabroso!, y esto felizmente me ha permitido mis “andanzas” como escritor.
Al serme otorgado el reconocimiento por mi actividad literaria, he adquirido un gran compromiso que me impulsará para ser mejor, como ha sido en la medicina. Agradezco a mi familia, amigos (y aquí presumo en este aspecto: no soy rico, soy millonario, lo cual no cualquiera en medio de su miseria como ser humano puede presumir) y por supuesto, a mis pacientes que me han permitido ser médico y ahora a mis lectores que me permiten escribir y me impulsan a ser mejor.
Soy muy afortunado, mis dos amores, la medicina y la literatura se llevan… y se llevan muy bien.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
