“Cada nuevo comienzo viene del final de algún otro comienzo”.— Séneca
Si tuviéramos que elegir algún año que marcó nuestras vidas, creo que es por mucho 2020, de entrada un año para olvidar. A estas fechas, en ese año, recuerdo en plena pandemia haber comentado que sería muy interesante con el paso del tiempo que alguien escribiera sobre esta época tan difícil, alguna novela que se llamara: “El amor en los tiempos del coronavirus”, “Diario del año del coronavirus” o una versión actualizada del “Decamerón”. Cinco años después pienso que aun vivimos la resaca del Covid. La pandemia vino a cimbrar a la humanidad entera. Pasamos de la incredibilidad al escepticismo, de ahí a la incertidumbre…, hasta que la muerte comenzó a tener el rostro de conocidos, y la angustia y el miedo se empoderaron. Supimos por primera vez lo que fue un confinamiento. Nuestro modo de vida se transformó. Mientras los hospitales se saturaban, los médicos y el personal sanitario se convirtieron en los nuevos héroes sin capa. El cubrebocas se volvió un artilugio cotizado, aprendimos el valor de la sana distancia, la alternativa del trabajo y la escuela en casa. Los varones se transformaron en expertos para las compras en el supermercado. Los repartidores de comida brotaron por todos lados. El gel antibacterial impregnó hasta los billetes. El discurso oficial de “aquí estamos domando la curva” y “no se preocupen porque haremos nuestra propia vacuna y le pondremos de nombre Patria”. Y aquellos que decían que en un escenario catastrófico se tendrían unos 60 mil muertos, al final del año se llevaban 130 mil y se alardeaba de que llegaban las primeras vacunas. Una contracción histórica; el PIB de México, por ejemplo, cayó un 8.2%. Se presentaron ambientalmente cambios climáticos extremos en México, contrastando lluvias históricas y sequías severas. Fue la aparición de la Inteligencia Artificial (IA) que pasó de ser una herramienta de optimización comercial y ya se visualizaba para robots humanoides y agentes autónomos que reemplazan tareas laborales. Se iba Trump y en México la 4T desplegaba su segundo año.
Nuestra tranquila y segura Mérida entró en pausa…, llegaron las calles vacías, el panadero de las 5 de la tarde con su chuiqui-chuiqui, la ley seca, el sálvese quien pueda de los que iban a vacunarse al extranjero.
A cinco años de distancia, pareciera que a veces se nos olvida lo afortunado que somos. En México, ni fueron los catastróficos 60 mil pues llegamos a 833,473 personas y la vacuna Patria nunca llegó. Hoy el Covid sigue, y a la manera de que los actuales virus de la gripa son los tataranietos de la gripa española, algún día de la misma manera el virus del Covid seguirá perdiendo virulencia. Pero, la herencia es el uso del cubrebocas, como en su momento fue el gel antibacterial en la influenza o el agua purificada en el cólera; y hay más: ya se habla de un síndrome pos-Covid. Si bien hay indicios de recuperación económica, al menos para nuestro país el crecimiento será menor.
¿Y que pasó con nuestra ciudad? Al mismo tiempo que la pandemia nos tenía confinados, un fenómeno aparentemente inadvertido creció a pasos agigantados: la gentrificación. Aparecieron unos camiones azules que ya andan pintando de guinda y desaparecieron combis, minibuses y camiones. Proliferaron las motocicletas. Hoy Mérida se ha convertido en una ciudad caótica. El flujo vehicular rebasado, tan saturado como las colas para entrar al Costco. El Periférico convertido en la tercera vía más peligrosa de México. Un motociclista muere cada segundo día. Estrangularon el Paseo de Montejo y otras avenidas, aparecieron topes como pústulas amarillas por todos lados. Los semáforos peatonales conllevaron confusión. La otrora Blanca Mérida se ha convertido en una ciudad de automovilistas belicosos, con choques por alcance por doquier, conductores que no sueltan el celular. Nos llegó gente de todos lados. Nos volvimos más quisquillosos. ¡Cuidado con meterse con el mucbipollo o la cochinita pibil! Se quedaron costumbres difíciles de revertir. El panadero de las cinco de la tarde se consolidó dejando su cuota fija de aportación a la obesidad. La gente ya no llena las salas del cine, mejor en casa viendo las plataformas. Si bien se regresó a los restaurantes, el servicio de comida a domicilio y los carritos se consolidaron. Dejamos de estar entre las diez ciudades más seguras del país, ahí sí pienso que es más cuestión de percepción. Pero sí, ya no es la misma tranquilidad. Los yucatecos ahora somos más berrinchudos y agresivos al volante. En Xmatkuil: colas para ver a grupos norteños, reguetón y hasta corridos tumbados. Los jóvenes tienen el celular cosido a las manos. El fenómeno de la gentrificación por todos lados: se levantaron enormes edificios y plazas departamentales. Ya nos da miedo presumir que somos los reyes de la abundancia del agua. El turismo nos agobia. Zonas arqueológicas con sus edificios encintados de amarillo y convertidos en tianguis. A nivel Nacional el segundo piso de la transformación con cambios que parecen irreversibles en los tres poderes, políticos remasterizados y descarados. Sin mejoría en el tema de salud: infraestructura hospitalaria rebasada, desabasto de medicamentos, aunque hay que reconocer que se está haciendo un esfuerzo, al igual que en el tema de la seguridad, ni el coronavirus ni los abrazos detuvieron a los malandros. Caos y crisis en la formación de médicos. La generación Covid con deficiencias más que tangibles. A nivel mundial regresó Trump, el capitán América, el policía del planeta, desatado; hay dos guerras importantes y ahora la IA sirve para confundir y dejar en evidencia lo vulnerable que es el ser humano. Por si fuera poco, el fenómeno migratorio tambien nos alcanzó, se percibe el desgaste con un sistema multilateral debilitado y el retorno de políticas de “línea dura” en migración y comercio.
Pero aun así, al menos digo y sostengo, cada vez que nos quejemos de lo que pudo pasarnos en 2025, recordemos que siempre hubo un año más difícil. Porque en lo personal, cada uno tiene su historia de desventuras. Cada uno en su entorno familiar también sufrió pérdidas, desencuentros, pero también motivos par sentirse que se está vivo, y como dije en 2023 cuando oficialmente se fue la pandemia: Somos sobrevivientes, no lo olvidemos y ya con eso, una razón para no desaprovechar el privilegio de ver pasar un año más en nuestras vidas. Lo mejor para 2026.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
