“El precio de la grandeza es la responsabilidad”.— Winston Churchill
Así como se adorna y organiza un teatro para una “Avant Premier” a fin de crear expectación y obtener críticas favorables, nuestra democracia actual presenta actuaciones que buscan nominaciones a los premios de la Academia.
Los artistas, integrados en un elenco variopinto, comparten un rasgo común: extraviaron el guion tras la elección y la primera rueda de prensa, como se infiere, está mayoritariamente compuesto de los representantes populares y líderes de la sociedad civil, investidos con la misión de escrutar, cuestionar y, si es necesario, desafiar los discursos oficiales.
Su papel teórico es ser un contrapeso esencial, un freno de emergencia ante la locomotora del poder, aunque en la práctica, observamos con desencanto, cómo este rol se ha convertido en una pantomima de asentimientos, aplausos protocolarios y devoción por los “datos duros” solo cuando confirman el relato aceptado.
La ironía reside en la coreografía de esta abdicación, pues los representantes, que juraron defender los intereses de sus representados, se convierten en notarios de lo evidente o amplificadores de lo inverosímil.
Se circunscriben a “analizar” y farolear lo que las autoridades quieren, evalúan con métricas preaprobadas y cuestionan… bueno, el color y almidonado de la guayabera del ministro, evitando los asuntos de fondo.
Esta crítica es tan diluida que su principio activo es indistinguible, casi homeopático, mientras que la sociedad civil no se queda atrás en la complacencia, facilitando que muchos líderes hayan perfeccionado la “colaboración estratégica”, un eufemismo para describir cómo el mordisco crítico, se suaviza hasta convertirse en un caramelo que el poder puede chupar sin riesgo de caries.
Las mesas de diálogo, los foros multiactores y las declaraciones conjuntas, han sido transformadas en rituales de validación, donde la disidencia genuina es el invitado incómodo, sentado lejos del micrófono y en donde los supuestos vigilantes, ofrecen silencio cómplice o crítica edulcorada, ataviados de finos e impolutos trajes de lino perfectamente almidonados.
Este fenómeno no es casualidad, sino una simbiosis tóxica y perezosa que establece actos de simulación. Si bien las autoridades ofrecen acceso, éste se encuentra restringido por limitaciones en ubicación, momento y cantidad de información, la cual se ofrece fragmentada y controlada, incluso si se otorga un asiento en la mesa, sin duda será el de menor jerarquía o las últimas filas.
Se ha perdido el valor civil y el oficio periodístico de desconfiar, pedir la factura, cruzar datos y decir “esto no cuadra”, aunque implique ser tachado de aguafiestas o desleal.
El “dato duro” está secuestrado, escondido o matizado, dejando de ser una herramienta fundamental para el escrutinio, sino simplemente un ornamento del comunicado oficial, con el cual nuestros “representantes”, en lugar de auditar esos datos con escepticismo, los recitan con devoción.
COREOGRAFÍA DEL ASENTIMIENTO
La patología se centra en normalizar el fracaso funcional. Se ha transfigurado en una cultura institucionalizada que castiga la pregunta incómoda, y mide el éxito de un representante por su capacidad de negociar beneficios para su parcela (contratos o canonjías), sometiendo a quien se atreva siquiera insinuar fiscalizar al Ejecutivo, como establece el cumplimiento de sus obligaciones y facultades.
El escrutinio se externaliza a la prensa independiente o se delega en las redes sociales. Los llamados a ejercerlo desde escaños o tribunas se refugian en roles decorativos, es un sistema perverso que premia la lealtad al partido o la información privilegiada, y castiga la crítica con ostracismo político y “la ley del hielo”.
El representante deja de ser un puente entre ciudadanía y poder, convirtiéndose en un filtro de lo que al poder le conviene que trascienda. La sociedad civil, atrapada en la necesidad de financiamiento y prebendas, a menudo emite comunicados térmicamente neutros.
DE LA COMPLICIDAD A LA CONTUNDENCIA
Revitalizar este oficio, actualmente inactivo, es un desafío potencial, pero no imposible. Primero, debemos admitir nuestros errores y reconocer que confundir poder con eficacia, y diplomacia con sumisión, nos ha traído aquí.
La especialización militante es clave. Los líderes civiles deben ser expertos en áreas específicas, como salud, infraestructura o economía, y rodearse de equipos técnicos que analicen presupuestos, estudios y formulen preguntas y contrasten datos basados en evidencia.
La transparencia total hacia los representados es crucial. No basta con informes anuales ilegibles, debemos hacer públicos cada intento de cuestionamiento, cada solicitud de información denegada y cada contradicción, este proceso debe ser un espectáculo cívico, donde el héroe es quien destapa irregularidades y propone soluciones, aunque cause dolor.
El camino de regreso a la relevancia es difícil, con presiones, exclusiones sociales y críticas, pero es el único camino a la razón de ser de este oficio en estado catatónico para dejar de ser el mobiliario elegante del salón del poder: estético, cómodo, pero mudo e inmóvil.
Para recuperar el valor de la representación, debemos cambiar nuestro enfoque de “¿me quedo aquí?” a “¿qué debo hacer para honrar a quienes me pusieron aquí?”
Solo así el eco de la indiferencia, se convertirá en la voz del compromiso, entonces ¡hagámoslo!
COROLARIO
“Por el deber que los eligió, cumplir o dimitir”.— Mérida, Yucatán
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@alfonsoengineer
Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE). Consejo Asesor
