Del 30 de enero al 1 de febrero de 2026, se celebró el Segundo Diálogo Nacional por la Paz, en el campus del Instituto Tecnológico de Occidente (Iteso), universidad de los jesuitas en Guadalajara, Jalisco.
Al evento asistieron más de 1200 líderes sociales, religiosos, académicos, empresariales, autoridades locales y representantes de la sociedad civil provenientes de las 32 entidades federativas. La pluralidad de los asistentes mostró que la paz no es patrimonio de un gobierno, una iglesia, un partido o un sector, sino una tarea compartida que exige corresponsabilidad y altura de miras.
El encuentro fue, ante todo, un ejercicio de responsabilidad cívica de una sociedad que ha decidido mirarse sin eufemismos, asumir su fractura y trabajar, con método y convicción, en la reconstrucción de su convivencia pacífica. México está inmerso en la crisis de violencia más profunda de su historia reciente, y este momento exige procesos, acuerdos y capacidades institucionales que conviertan la aspiración de paz en realidad tangible.
El encuentro reunió voces de todas las regiones del país, que reflejaron la diversidad de contextos, dolores y esperanzas que hoy atraviesan a México, con un objetivo común: reconstruir la paz desde lo local, con visión nacional y compromiso colectivo.
Las conferencias magistrales
En el evento se presentaron tres conferencias magistrales, la del académico Mauricio Merino; la del padre jesuita Elías López, y la del presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), el obispo de Cuernavaca, Ramón Casto Castro. Aquí presento una síntesis de éstas.
Mauricio Merino trató las causas estructurales de la violencia en México, subrayando la urgencia de recuperar al Estado como un espacio de acuerdos colectivos que dé marco institucional a la vida social.
En su diagnóstico sobre el Estado mexicano —impotente y, al mismo tiempo, prepotente— captura la paradoja central de nuestra crisis. Es impotente porque ha sido incapaz de garantizar derechos, seguridad y justicia a las y los mexicanos; y prepotente porque concentra poder, descalifica la disidencia y utiliza la ley como instrumento de control político. Es un Estado que no protege las libertades: las administra discrecionalmente.
Merino desmontó la idea simplista de que la pobreza por sí sola explica la violencia, discurso al que recurren los gobiernos de Morena. La desigualdad es un factor que influye, pero reducir la criminalidad a la precariedad estigmatiza a los pobres y elude la responsabilidad del Estado.
La raíz del problema es institucional: un marco legal que no se cumple, autoridades que no rinden cuentas y una justicia que opera con sesgos, corrupción o ineficacia. Advierte que la confusión entre Estado, gobierno y partido es grave. Cuando el poder se personaliza, los contrapesos se erosionan y la división de poderes se diluye, la democracia se vacía de contenido.
México no puede regresar, ni por la vía del populismo ni del autoritarismo, a lógicas de poder propias de gobiernos absolutistas o territorios dominados por la ley del más fuerte, como ahora ocurre en el país.
La ley se ha convertido en moneda de cambio: desde la “mordida” cotidiana hasta la manipulación de contratos y sentencias. Cuando el derecho deja de ser garantía de justicia, la libertad se vuelve frágil y la paz imposible.
La paz no se construye con mano dura ni con programas asistenciales aislados. Se edifica con instituciones legítimas, transparentes y capaces de aplicar la ley de manera imparcial. Sin Estado de derecho, no hay libertad real; sin libertad, no hay ciudadanía plena; sin ciudadanía, no hay unidad nacional.
Para Elías López, el liderazgo que hoy se necesita tiene que partir de la escucha y el diálogo para construir acuerdos con el distinto, con el que no soy yo, y eso implica autenticidad, libertad y esperanza. Hay que construir una comunidad con una mística que asegure la trascendencia y la resiliencia, y una acción política que construya la institucionalidad necesaria para construir la paz.
El país tiene enormes desafíos para lograr la reconciliación nacional, y para eso se requiere, entre otras cosas, de formar liderazgos comunitarios y sinodales capaces de construir propuestas desde la escucha, a partir de lo local.
Ramón Castro Castro sostuvo que construir la paz exige escuchar, discernir y actuar, es una vocación de toda persona para buscar un orden social de relaciones armonizadas, poniendo en el centro a las víctimas y convencidos que la paz sólo se alcanza si hay verdad, justicia y reparación.
La paz no es un decreto ni una consigna; es un proceso colectivo que exige verdad, justicia y compromiso. Es necesario y una posición ética colocar a las víctimas en el centro del esfuerzo de pacificación. No puede haber reconciliación sin memoria, ni unidad sin reconocimiento del dolor causado por la violencia y la impunidad.
La paz se construye desde los territorios, no sólo desde los discursos nacionales. Es necesario un Estado cercano, responsable y articulado con la sociedad civil. La “esperanza organizada” es una estrategia moral y política frente a la barbarie, hoy presente en el país.
Las mesas de análisis
Hubo dos mesas de análisis sobre los desafíos de la nación, que pusieron de manifiesto la complejidad del momento histórico que vive el país. Alfonso Alfaro llamó a imaginar un Estado capaz de integrar a los jóvenes hoy atrapados por la violencia. Sandra Ley señaló la urgencia de fortalecer a las policías municipales. Sergio López Ayllón propuso la justicia cívica como una vía concreta desde lo local.
Daniel Moreno subrayó la importancia de incorporar a los medios de comunicación como actores estratégicos en la construcción de paz. Alberto Olvera llamó a fortalecer las alianzas con la sociedad civil. Elena Azaola recordó la deuda pendiente con las cárceles. Sara González, expuso los retos para activar la participación juvenil. José Medina Mora presentó el Modelo Inclusivo de Desarrollo (MID) como una contribución del sector empresarial a la paz.
Las mesas de experiencias de paz
Se presentaron experiencias de construcción de paz: Juan Manuel, obispo de la Tarahumara, presentó el trabajo que han realizado con la juventud a partir del asesinato de los padres jesuitas. Sylvia Schmelkes presentó una ruta para construir la paz desde las escuelas. Rafael Ibarra expuso la propuesta de Empresas por la Paz. Genner Peniche describió opciones para construir la paz desde las familias.
El comandante Víctor Orona, director de Seguridad Pública de Meoqui,Chihuahua, presentó la propuesta de Policías de Paz. Karen Pérez, directora del Servicio Jesuita a Refugiados, describió una ruta para la integración de los migrantes en el territorio mexicano. María Luisa Rodriguez, directora del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, habló sobre el desafío de escuchar a las víctimas. Y Pavel Vallejo, de Open Society Foundations, presentó la propuesta de Consejos de Paz y Justicia Cívica.
En el encuentro los embajadores de Irlanda, Ruairí De Burca, y de Noruega, Dag Nylander, coincidieron en que todo proceso de paz debe construirse junto a las víctimas de la violencia y ofrecer caminos de reinserción para los victimarios.
Compromiso interreligioso
En el evento, diversas comunidades religiosas firmaron un compromiso común y presentaron un plan de trabajo conjunto. Participaron representantes de comunidades budistas, musulmanas, hinduistas, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tradiciones indígenas, comunidad ortodoxa, bautista, luterana, pentecostal y católica quienes se comprometieron a formarse frente a los desafíos de la violencia, aportar la riqueza ética de sus espiritualidades y fomentar el encuentro desde la diversidad religiosa en México.
Lo ocurrido en el Segundo Diálogo Nacional por la Paz apunta a algo que va mucho más allá del evento: señala el surgimiento de una sociedad civil que, cansada de la violencia y la polarización, comienza a organizarse para defender el Estado de derecho, las libertades y la dignidad humana.
Hay conciencia de que México se encuentra en una encrucijada histórica. Puede transitar hacia un autoritarismo que sacrifique libertades en nombre de la seguridad, o puede construir un Estado fuerte, democrático y justo que garantice paz con legalidad.
La unidad del pueblo de México no se va a lograr con discursos que dividen, sino con instituciones que protegen, con desarrollo que incluye y con una ética pública que coloque a las víctimas y a los más vulnerables en el centro.
La paz no es ausencia de conflicto: es presencia de justicia. La libertad no es privilegio: es derecho. El Estado de derecho no es retórica, es condición de convivencia. Y la unidad nacional no es uniformidad, es acuerdo en lo esencial.
Los trabajos del Segundo Diálogo Nacional por la Paz se sintetizan en tres temas fundamentales:
- El Estado somos todas y todos, y la paz exige acuerdos colectivos desde lo local, esto implica la conversión de quienes lucran con la violencia y quienes permanecen indiferentes ante ella.
- Es urgente construir un sistema social que integre a las juventudes hoy excluidas y vulnerables, y ahí es importante escucharlos y construir junto con ellos.
- No será posible una nueva convivencia sin atender y sanar la herida de las personas desaparecidas y acompañar de manera prioritaria a las víctimas de la violencia.
El futuro
El padre jesuita, Jorge Atilano González Candia, director del Diálogo Nacional por la Paz, señala con claridad el futuro a seguir en el camino de la construcción de la paz, en nuestro país. Lo cito textual:
“Si el Estado somos todos el gran desafío es aprender a vivir juntos, es decir, aprender a vivir en comunidad. Por eso, el liderazgo que hoy se necesita es un liderazgo comunitario, un liderazgo sinodal, tener habilidades para mediar, reconciliar y sanar. Si aprendemos a construir acuerdos de convivencia desde la familia, el barrio, la escuela, la empresa, la iglesia o el gobierno nos iremos ejercitando en la construcción del Estado que México necesita.
Construir el Estado implica pensar en la juventud, es decir, integrar a los jóvenes a una familia que les dé sentido de pertenencia, a un trabajo que les dé estabilidad y a una espiritualidad que les haga resilientes. Urge salir a escuchar, comprender y construir junto con ellos las opciones de futuro.
Y todo esto lo tenemos que iniciar sanando la principal herida que vive nuestro país y que es el dolor de las madres buscadoras. Mientras no sanemos ese dolor no podremos recuperar la paz. Por eso, este diálogo las abraza y les dice que deseamos caminar juntos, abrir caminos de justicia y transformar ese dolor en creatividad para construir la paz.
Por tanto, el reto es imaginar el Estado que México necesita para recuperar la paz, es decir, los acuerdos que regulen la vida de nuestras instituciones y garanticen una vida digna para todas las personas. Y eso hoy lo podemos comenzar revisando los acuerdos que sostienen la vida colectiva”.
