Vivimos en una época en la que la información circula a gran velocidad, pero la reflexión avanza con dificultad. Para muchas personas, jóvenes y adultas, la política y la economía llegan filtradas por redes sociales, titulares breves y discursos que prometen respuestas simples a problemas complejos. Comprender lo que realmente ocurre se vuelve una tarea urgente y profundamente cívica.

Durante décadas, Estados Unidos fue el país que podía decidir con relativa libertad el rumbo económico del mundo. Hoy no está en quiebra ni al borde del colapso, pero enfrenta un límite silencioso: una deuda pública cercana a los treinta y ocho billones de dólares y un pago anual de intereses que consume una parte creciente de su presupuesto. Este dato condiciona muchas decisiones, aunque rara vez se menciona en los discursos públicos.

Antes, subir o bajar las tasas de interés era una herramienta poderosa. Hoy se ha convertido en un dilema. Si se elevan para controlar la inflación, el propio gobierno encarece el costo de su deuda y reduce recursos para educación, infraestructura o salud. Si se bajan demasiado, se corre el riesgo de que la inflación regrese.

En este escenario, la fuerza política y militar suele presentarse como una solución inmediata. Sin embargo, la historia muestra que la fuerza no siempre se utiliza para proteger a los ciudadanos, sino para derrocar tiranos que oprimen a sus pueblos, aunque queda en manos de otros peores tiranos. El problema surge cuando también existen intereses económicos y por recursos naturales.

Esta ambigüedad obliga a analizar con cuidado cada intervención internacional y a no aceptar explicaciones simplistas. La fuerza puede detener abusos, pero también puede convertirse en un instrumento de dominio si no existe un marco ético que ponga en el centro a las personas y no a los intereses.

Cuando el margen real de acción económica se estrecha, el discurso político suele volverse más ruidoso. La narrativa de firmeza y confrontación aparece como sustituto del poder pleno. Esto no significa pérdida total de influencia, sino un ejercicio del poder cada vez más costoso y limitado.

Las consecuencias no se quedan dentro de un solo país. Cuando una potencia ajusta su política económica o recurre a la fuerza, el impacto llega a otras naciones, incluido México. Cambian las tasas, las monedas y las oportunidades de desarrollo y bienestar social.

Comprender estas relaciones ayuda a no caer en discursos que simplifican, polarizan o engañan. Pensar con calma, contrastar fuentes y escuchar distintos puntos de vista fortalece a la sociedad y a la democracia.

Reflexionar no es debilidad. Pensar antes de aceptar una narrativa es un acto de responsabilidad con el país. La verdadera fortaleza está en analizar con conciencia y buscar siempre el bien común, una convivencia más justa y una paz duradera para las futuras generaciones conscientes, críticas, responsables y solidarias comprometidas activamente hoy siempre plenamente éticamente. Estoy seguro que si tenemos gente educada podremos hacerlo.

Doctor en Análisis Estratégico y Desarrollo Sustentable por la Universidad Anáhuac Mayab

La historia muestra que la fuerza no siempre se utiliza para proteger a los ciudadanos, sino para derrocar tiranos.

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