A propósito del 14 de febrero, muchos tendremos nuestras propias historias de amor. Algunas hermosas, otras dolorosas, casi todas transformadoras. En mi caso, tengo el privilegio de contar una que no nació de la urgencia ni de la necesidad, sino de la plenitud. El amor llegó a mi vida cuando no lo estaba buscando. Cuando era autosuficiente, libre y feliz. Cuando amaba mi trabajo, mis proyectos, mi independencia. No estaba incompleta ni esperando que alguien viniera a rescatarme. Estaba entera. Y quizá por eso lo reconocí.
Cuando pensé en formar una familia, lo que más me importaba no era el dinero ni el estatus. Me importaban los valores. La honestidad. La capacidad de trabajo. La congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Pero, sobre todo, la disposición a entregarse a la familia, a entenderla como prioridad. Quería a alguien con quien crecer, no alguien que me resolviera la vida.
Así concebía el amor porque así me fue enseñado. Me enseñaron que amar era elegir todos los días, que el respeto valía más que el lujo, que el carácter sostenía lo que el dinero no podía comprar. Sobre todo, que una familia se construye sobre principios, no sobre apariencias.
Por eso hoy, cuando observo cómo muchas relaciones se inician y se sostienen, me es difícil entender este amor en tiempos modernos. Me cuesta comprender cómo el cálculo desplazó a la convicción y cómo el beneficio sustituyó al compromiso. No lo digo desde el juicio, sino desde la perplejidad. Desde la sensación de estar presenciando un cambio cultural profundo.
Hoy veo jóvenes, hombres y mujeres, que hablan del amor como si fuera una transacción. La pregunta ya no es quién eres, sino qué tienes. Cuánto facturas. Qué auto manejas. Qué estilo de vida ofreces. Se elige al que más puede dar, no necesariamente al que mejor puede amar.
El amor en tiempos modernos parece moverse bajo la lógica del mercado. Se optimiza, se negocia, se exhibe. ¿Qué me aporta? ¿Qué me ofrece? ¿Qué nivel de vida garantiza? Son preguntas razonables en un negocio, pero inquietantes cuando se trata del corazón.
La figura del “sugar” es quizá el símbolo más evidente de esta transformación. Lo que antes provocaba escándalo hoy se presenta como un acuerdo inteligente. Dinero a cambio de compañía. Estabilidad económica a cambio de juventud, atención o presencia. Se le llama empoderamiento, pero muchas veces es dependencia maquillada vestida de modernidad.
Más inquietante aún es la fascinación por el lujo rápido que promete el dinero ilícito. No es un secreto que algunas jóvenes, y también jóvenes hombres, se sienten seducidos por figuras vinculadas al crimen organizado. Camionetas blindadas, relojes costosos, viajes privados, restaurantes donde nadie mira el precio. El brillo del exceso eclipsa el origen del dinero. Pero detrás de esa apariencia hay violencia, riesgo e inestabilidad.
En ese proceso, el amor queda desplazado. Ya no importa la admiración genuina ni el proyecto común. Importa el acceso. El estatus. Lo que se puede mostrar. Y cuando el vínculo depende de lo material, cualquier caída económica amenaza con derrumbarlo.
Sin declararlo abiertamente, hemos ido aceptando que el amor puede tasarse. Que puede negociarse. Que puede intercambiarse. Y mientras lo normalizamos, algo esencial se erosiona: la posibilidad de construir relaciones verdaderas.
Nos han hecho creer que amar es recibir validación constante, regalos espectaculares, viajes fotogénicos. Que si no hay lujo, no hay éxito sentimental. Las redes sociales amplifican esa narrativa con aniversarios convertidos en producciones, propuestas diseñadas para viralizarse. El amor, que era íntimo, ahora se mide en exhibición.
Pero el amor real ocurre en escenas menos glamorosas. En la conversación honesta sobre deudas, en el apoyo durante un fracaso laboral, en la paciencia cuando el otro atraviesa problemas. Ocurre cuando nadie está mirando.
El amor verdadero no garantiza riqueza, pero sí compromiso. No promete una vida sin crisis, pero asegura presencia cuando la crisis llega. En cambio, cuando una relación nace desde la conveniencia, cualquier pérdida económica se convierte en amenaza. Si la razón principal para estar juntos es el estilo de vida, basta con que ese estilo se fracture para que el vínculo también lo haga. Porque no estaba sostenido en valores, sino en beneficios.
Ahora que acabamos de celebrar el Día de San Valentín, quizá sea el momento de hacer una verdadera y honesta auditoría emocional. Preguntarnos si nuestra relación se construye desde la búsqueda de un compañero de vida o de un inversionista afectivo. Si estamos dispuestos a amar también cuando lleguen las pérdidas, los fracasos y la vulnerabilidad, y no solo cuando todo parece estable y exitoso.
Si hemos reducido el amor a una lógica de mercado, aún estamos a tiempo de replantearlo. El mercado se rige por oferta y demanda; el amor, en cambio, se sostiene en la libertad. Y la libertad implica elegir sin cálculo, sin condiciones y sin precio.
Cuando seamos capaces de elegir a alguien por quien es, y no por lo que tiene, quizá entonces podamos volver a decir, sin ironía, que el amor no tiene precio. No como una frase heredada, sino como una convicción consciente. Porque amar, en el fondo, sigue siendo el acto más humano y más valiente que tenemos.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
