Neguib Simón Farah (*)

“No existe tal cosa como un almuerzo gratis”. Ronald Reagan

Si hoy pudiera sentarme a conversar con Ronald Reagan, mi primera pregunta no sería ideológica. No le preguntaría si el Estado debe ayudar o no, le haría una pregunta mucho más simple: ¿quién paga entonces el almuerzo? Porque, en el fondo, eso fue siempre lo que Reagan quiso decir.

Reagan empezó a insistir en esa idea a finales de los años 60 y 70, primero como gobernador de California y luego como aspirante a la presidencia, en un Estados Unidos golpeado por inflación y desconfianza en el gobierno. No hablaba en genérico, hablaba desde una crisis real.

Si uno imagina su respuesta hoy, probablemente sería directa: siempre paga alguien que no está en la mesa cuando se anuncia el beneficio. A veces es el contribuyente, a veces es el ahorrador, vía inflación, a veces es el futuro, vía deuda. El nombre cambia, la factura no.

La segunda pregunta vendría sola: ¿cuándo se paga? Y ahí la respuesta sería igual de espinosa: cuando no se paga hoy con ingresos claros, se paga mañana con inflación, con deuda o con menor crecimiento. La política puede diferir la cuenta, la economía no.

Conviene decirlo sin rodeos, México no es Estados Unidos, no lo era las décadas finales del siglo pasado, ni lo es ahora; Reagan hablaba desde un país con instituciones más fuertes, mayor recaudación y un Estado que ya había resuelto buena parte de los servicios básicos. México enfrenta desigualdad estructural, informalidad y carencias que sí requieren intervención estatal. Por eso, el gasto social no es automáticamente malo, plantearlo así sería una falsa discusión, la conversación útil empieza cuando dejamos el “sí o no” y pasamos al cómo. El problema no es ayudar, el problema es ayudar sin reglas, sin evaluación, sin transparencia y sin sostenibilidad fiscal.

Ahí es donde la advertencia de Reagan sigue siendo pertinente, no como ideología, sino como sentido común financiero y fiscal. En una economía con baja recaudación, porque hay un gran universo de informalidad que no paga impuestos, cada peso gastado sin respaldo desplaza otro uso posible: salud, seguridad, inversión o estabilidad. No es retórica, es aritmética.

Las preguntas que importan en política fiscal y en política económica son siempre las mismas: ¿cuánto cuesta?, ¿quién lo paga?, ¿en cuánto tiempo?, cuando el costo no se reconoce desde el inicio, aparece después. A veces como inflación, ese impuesto silencioso, drástico y automático, a veces como deuda, a veces como menor crecimiento, y casi siempre, el golpe es mayor para quien vive al día.

En 1978, Reagan describió la inflación como una forma de violencia económica. Dijo que era “tan violenta como un asaltante, tan aterradora como un ladrón armado y tan mortal como un sicario”, y no era exageración retórica, era una forma de explicar que la inflación no es una variable abstracta, es una pérdida real de poder adquisitivo que castiga más a quienes no tienen cómo protegerse.

Aquí entra una verdad simple, pero incómoda, gastar el dinero ajeno siempre es más fácil, rendir cuentas, no tanto, hacer las cuentas, menos aún, y cuando no cuadran, muchas veces se sigue adelante como si nada, es decir, las cuentas no siempre se hacen, pero siempre se pagan.

Si quisiera apretar todavía más la conversación con Reagan, le haría una última pregunta, muy concreta: ¿qué exigiría antes de lanzar un programa social?

La respuesta, fiel a su estilo, no sería ideológica: que se diga cuánto cuesta, quién lo paga, cuánto tiempo dura y cómo se sabrá si funcionó. Si no se puede responder eso, no hay programa, lo que hay es una promesa.

Tal vez ahí está el punto central para México hoy. No solo imaginar qué diría Reagan, sino qué deberíamos exigirle a quienes toman decisiones públicas. No basta con anunciar los beneficios, hay que explicar el financiamiento. No basta con prometer resultados, hay que decir qué pasa si no llegan. ¿Quién paga? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Y qué se deja de hacer cuando el dinero no alcanza?

Las respuestas no se construyen con discursos ni con consignas. Exigen datos duros, medibles, comparables y verificables. En política fiscal y económica esas no son preguntas tontas, son las preguntas mínimas.

México necesita un Estado presente, sí, pero sobre todo necesita un Estado que diga la verdad sobre los costos de sus decisiones.

Porque, aquí y en cualquier país, hay una verdad que no cambia con los discursos ni con las buenas intenciones, nada es gratis, el costo siempre llega. La diferencia está en si decidimos verlo y hacer las cuentas a tiempo.— Cancún, Quintana Roo.

Empresario y analista cívico

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