“Ya está tendido el lecho espeso del verano”.— Tomás Segovia

El rostro de la Presidenta luce demacrado, como si los años se hubieran acumulado desde el inicio de su mandato. El desgaste es evidente: más allá de lo natural en el ejercicio del poder, se sostiene en lo que algunos llaman “la vitamina del poder”. La presidencia no es un cuento de hadas, es una carga diaria con presiones inmensas, tanto a corto como a largo plazo. Unas provienen de Washington, otras de Palenque, donde aún se mueve la sombra del expresidente que se asume, con su actitud, como caudillo iluminado, quien sin duda posee carisma y sería muy intenso si participara en los medios.

La presidenta Sheinbaum se comprometió a construir el segundo piso de la Cuarta Transformación, pero no a ser un títere de su antecesor.

La inconformidad crece: las clases medias se sienten desatendidas, los servicios públicos muestran carencias, los jubilados reclaman, la inflación golpea, y la Iglesia Católica se vuelve más crítica ante la falta de resultados positivos en seguridad. El crimen organizado avanza como un cáncer y la corrupción, que se prometió combatir, convive con un derroche insultante de recursos públicos dilapidados.

En este contexto surge “Ni vergüenza ni perdón”, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez. Una obra que desnuda al “obradorato” y que ha generado debates, ventas extraordinarias y hasta la reacción de la propia Sheinbaum, quien declaró con desdén que no lo ha leído ni lo leerá. ¿Un gesto de indiferencia como preludio de un rompimiento con López Obrador?

Las tensiones también se sienten en los estados: caen delegados leales al expresidente y se cuestionan nombramientos polémicos. La historia recuerda cómo Cárdenas se liberó del control de Calles en los años treinta, con apoyo de gobernadores, ejército y obreros, hasta expulsarlo del país. Hoy, las comparaciones son inevitables.

Otro síntoma del quiebre es la destitución de Marx Arriaga, impulsor de la “Nueva Escuela Mexicana”. Su resistencia a dejar el cargo refleja un coto de poder dentro del mismo gobierno. La educación, como tantas veces, se convierte en terreno de disputa ideológica, mientras la sociedad mexicana sigue siendo plural y poco dispuesta a ser adoctrinada.

Todo esto son señales: Morena enfrenta tensiones internas que podrían derivar en una escisión con una reorganización de fuerzas. Es necesario que entre quien sigue mandando, según vox populi, y la que gobierna se defenestre a uno.

Una doctora lo resumió con nostalgia: “Éramos felices y no lo sabíamos”. México tenía una cultura de vacunación ejemplar, con enfermeras que recorrían casas y comunidades.

Hoy, tras la pandemia y decisiones cuestionables, ese sistema se ha debilitado. Y mientras tanto, figuras como López-Gatell y Arriaga reciben premios con cargos diplomáticos o pasaportes para estos, dejando, una vez más, un sabor amargo en la política mexicana.— Espita, Yucatán

Escritor, docente y cronista de

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