Cada año, el Día Internacional de la Mujer nos invita a detenernos un momento en medio de la prisa cotidiana, para recordar cuánto costó llegar hasta aquí y cuánto falta todavía por construir. Como mujer, como madre, como alguien que cree profundamente en la independencia, en la educación y en la autonomía femenina, valoro que exista este espacio para hacer una pausa y reflexionar.
Sin embargo, este año, mientras escucho las conversaciones, las consignas y las discusiones que inevitablemente surgen alrededor de esta fecha, mi mente se va hacia otro lugar que casi nadie menciona en este contexto. Los niños que hoy están creciendo. Los niños que dentro de veinte o treinta años serán los compañeros de vida, de trabajo, de proyectos y de familia de las mujeres del futuro. Y es desde ahí, desde ese lugar profundamente personal, de donde nace esta reflexión.
Quiero empezar diciendo que lo que escribo aquí es una opinión personal. No pretendo que todos estén de acuerdo conmigo. Lo que comparto aquí no nace desde la confrontación ni desde una crítica al avance de las mujeres, sino desde una preocupación muy concreta: la preocupación de una madre que está criando varones en un momento histórico, en el que la conversación sobre hombres y mujeres está cambiando muy rápido.
Como madre, inevitablemente me pregunto qué tipo de hombres llegarán a ser mis hijos, qué mundo encontrarán cuando crezcan y cómo prepararlos para vivir en él con dignidad, respeto y sentido. No solo pienso en su educación o en su futuro profesional, sino en algo más profundo: en la clase de personas que serán. Me pregunto si sabrán tratar bien a las mujeres, si tendrán valores firmes y si aprenderán a hacerse responsables de su vida y de sus decisiones. Pienso en cómo enseñarles respeto, empatía, fortaleza y carácter. Pero últimamente también aparece una inquietud: la de estar educando en medio de un terreno lleno de contradicciones culturales, donde los mensajes sobre lo que significa ser hombre cambian constantemente y, muchas veces, resultan confusos.
Porque mientras hablamos de empoderar a las niñas, muy pocas veces nos detenemos a pensar qué está pasando con los niños. No hablo de debates ideológicos, hablo del clima cultural en el que están creciendo, de los mensajes que reciben en la escuela, en las redes sociales, en los medios de comunicación y en las conversaciones de los adultos. Poco a poco ha ido tomando fuerza una narrativa en la que la masculinidad empieza a mirarse con sospecha, a veces incluso con desdén, como si fuera algo que necesariamente debe corregirse.
Los niños perciben ese ambiente. Lo perciben cuando escuchan que los hombres aparecen casi siempre como el origen del problema histórico. Lo perciben cuando ciertos rasgos tradicionalmente asociados a lo masculino como la iniciativa, la competitividad, el liderazgo son presentados casi como defectos. Lo perciben cuando gestos que durante generaciones fueron simples actos de educación comienzan a interpretarse como condescendencia. Y entonces empieza a instalarse una sensación silenciosa pero poderosa, la idea de que ser hombre es algo que hay que justificar.
Como madre, lo que está ocurriendo me preocupa. No porque crea que los hombres deban conservar privilegios injustos ni porque piense que la lucha de las mujeres haya sido exagerada. Muchas de esas luchas fueron necesarias y justas. Pero también sé que las sociedades no se fortalecen cuando una mitad de la población crece sintiendo que su identidad es un problema que debe corregirse. Las sociedades no necesitan hombres inseguros, confundidos o resentidos. Necesitan hombres buenos.
Hombres capaces de asumir responsabilidades, de sostener compromisos, de construir proyectos y de liderar con ética. Hombres que puedan ser fuertes sin ser agresivos, que puedan proteger sin controlar, que puedan respetar profundamente a las mujeres sin sentir que su propia identidad masculina es algo que debe disculparse constantemente. Porque cuando un niño crece con la sensación de que cualquier expresión de iniciativa o liderazgo puede ser malinterpretada, lo más probable es que aprenda a retirarse, a callar, a hacerse pequeño. Y una generación de hombres inseguros, temerosos y sin liderazgo no es una buena noticia para las mujeres, ni para nadie.
Lamentablemente, a veces parece que muchas discusiones sobre igualdad se han ido transformando, poco a poco, en una especie de competencia entre sexos, como si para que uno avanzara, el otro tuviera que retroceder. Como si el reconocimiento de las mujeres implicara que los hombres deban perder valor o relevancia. Esa lógica es profundamente equivocada. Las mujeres no necesitamos hombres debilitados; necesitamos hombres mejores. Hombres que sepan escuchar, compartir responsabilidades y que no se sientan amenazados por la inteligencia o la independencia femenina.
Pero para que existan hombres así, alguien tiene que educarlos. Y ahí es donde entramos las madres, los padres, las escuelas y la sociedad. Porque los niños no aprenden lo que decimos en discursos; aprenden lo que respiran en el ambiente. Si el ambiente les transmite que ser hombre es un problema que debe corregirse, crecerán confundidos. Y la confusión masculina rara vez produce hombres virtuosos; muchas veces produce hombres resentidos.
Como madre, yo no quiero eso para mis hijos. Quiero que sean hombres respetuosos, sí, pero también valientes. Que tengan valores firmes, que sepan liderar su propia vida, tomar decisiones y asumir responsabilidades. Que trabajen por lo que consideran importante y aprendan a cuidar, a amar y a comprometerse con los demás.
Y sí, también quiero que sean caballerosos. Durante generaciones, la caballerosidad no significó que las mujeres fueran débiles; significó algo mucho más simple: respeto. Abrir una puerta, ceder un asiento o acompañar a alguien de noche no eran símbolos de dominación, sino gestos básicos de convivencia. Hoy algunos de esos gestos se miran con desdén, y eso nos coloca en una situación cultural, donde incluso una madre, puede preguntarse si enseñar buenos modales podría interpretarse como una falta.
Yo no pienso renunciar a enseñarles esos gestos de respeto, y tampoco quiero que mis hijos crezcan pensando que deben hacerse más pequeños para que otros se sientan más grandes. Quiero que crezcan entendiendo que el respeto entre hombres y mujeres no nace de la competencia, sino de la cooperación, y que cuando una pareja funciona como equipo, ninguno necesita disminuir al otro para brillar.
Por eso, este 8 de marzo seguiré celebrando la resiliencia y la fuerza de las mujeres, defendiendo su derecho a la libertad, a la educación y a la autonomía económica. Pero también, desde mi lugar de madre, defenderé el equilibrio. Porque no podemos permitir que la justicia se vuelva revancha, que la igualdad se convierta en competencia, ni que el dolor de la historia se transforme en resentimiento. Como sociedad, el camino hacia la igualdad no puede lograrse enfrentando a mujeres contra hombres; solo puede construirse con hombres y mujeres caminando juntos.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
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Profesora universitaria y consultora financiera
