Las redes sociales y los medios de comunicación nos saturaron con fotografías, videos y tantos reportajes sobre lo acontecido el pasado domingo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer; fuimos testigos en tiempo real de las acciones y reacciones acontecidas desde el origen del derrotero de las múltiples marchas realizadas en diferentes partes de la república como también del mundo.
Indudablemente el poder de convocación que este evento tiene es increíble ya que reúne a miles de féminas con un mismo objetivo: ser escuchadas y tomadas en cuenta en sus demandas a un mejor trato, a la erradicación del flagelo de la violencia psicológica y física a la que una gran mayoría son sometidas.
No cabe duda de que estas manifestaciones han sido el principio de un necesario despertar, de hacerse visibles ante la nunca justificada dominación de los hombres; pero mirando más allá de las imágenes, las frases y el colorido estilo de reclamar, me parece oportuno exhortar a una reflexión más profunda de lo que hasta ahora ha sido la forma de demandar respeto.
Nadie puede negar la creciente ola de violencia y feminicidios que en territorio nacional nos agobia, ni las mismas autoridades federales que todas las mañanas nos presentan sus datos y estadísticas de disminución del crimen, barbarie y terrorismo.
Y ciertamente estamos hartos de la impunidad con la que el mal se ha enraizado ante la inerte complacencia de quienes obtuvieron nuestro voto con el fin de mejorar nuestra condición de vida y seguridad.
Estamos molestos por la complicidad que los políticos y gobernantes ofrecen a los criminales, por taparse los oídos ante los reclamos de justicia que gran parte de la sociedad les exige en lo cotidiano.
Por eso, me parece sensato que las mujeres, principales víctimas del mal, salgan a proclamar y exigir que las autoridades desempeñen su papel de custodios de todas las personas sin distinción; mas, no obstante, convendría respaldar la paz y el respeto que se solicita en cada frase, cartel o grito a coro de parte de todas las mujeres asistentes.
Porque, ciertamente es un derecho exigir la aniquilación de todo aquello que lastima a la persona y a la sociedad, pero también el no controlar los impulsos, el temperamento y las ansias de justicia conllevan a cometer los mismos errores de los que podemos estar quejándonos.
Simone Weil considera que “el mal o la violencia se explican por una deficiente falta de atención”, ya que si prestáramos más discernimiento a nuestros actos pasaríamos por un filtro el bien y el mal, a fin de optar con más conciencia, no solo aquello que demando y exijo como mi bienestar, sino lo que a todos nos haga vivir en concordia y respeto.
Por lo tanto, siempre será válida toda exhibición pacífica de anhelos de cambio, de contagiar a las mujeres para unirse a buscar un trato más digno en todos los ambientes de trabajo y sociedad, pero es muy triste contemplar que el ímpetu desemboque en fanatismo, que por reclamar visceralmente se dañen los bienes, comercios, monumentos y otros objetos que son ajenos.
Basta con salir ahora a las calles por donde las marchas pasaron para percibir las pintas y, en algunos casos, la destrucción de lo que fue considerado como enemigo de la libertad de expresión.
Consecuentemente a este panorama será útil meditar sobre el futuro de este caminar iniciado por todas las mujeres que reclaman atención para redireccionar las energías que ponen en su búsqueda; no se trata de condenar y mucho menos censurar, sino de gestar la introspección del alcance de cada acto realizado con la finalidad de equilibrar los juicios personales.
Porque la violencia de cualquier tipo jamás debe ser promovida o normalizada, aun cuando aparentemente sea para reclamar respeto a la persona de las mujeres; por eso, la invitación a ponderar lo que queremos construir y dejar como legado a las nuevas generaciones tiene que ser analizado racionalmente y no controlado por ideas impuestas por argumentos ficticios.
Aunque el panorama real sea sombrío por todo lo que continúa viviéndose en el México de hoy y las voces de quienes luchan por el establecimiento de la verdad intenten ser censuradas, nos corresponde no desfallecer en la constitución de procesos, actividades o movimientos que garanticen la implantación de una sociedad más justa y menos esclavizada por el horror de la violencia.
Por tanto, que la oscuridad del mal sea eliminada, que la contradicción entre lo que se demanda y cómo se actúa también, para ser hombres y mujeres que generemos destellos de auténtico cambio.— Mérida, Yucatán
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Sacerdote católico
