El domingo pasado 8M, violentas manifestantes cometieron una de las mayores afrentas a la identidad visual y cultural de nuestra amada ciudad en contra de el Monumento a la Patria, la joya del Paseo de Montejo y obra culmen de Rómulo Rozo, que ha dejado de ser por el momento, y no sabemos hasta cuándo, el espejo de nuestra historia para convertirse en un muro de insultos y destrucción.

Mérida, la “Ciudad Blanca”, despertó con una cicatriz profunda en su corazón de piedra. El monumento sintetiza siglos de identidad mexicana, y plantea una seria interrogante sobre el camino que va tomando la ciudad en manos de gobiernos débiles y complacientes.

Está joya de la ciudad fue transformada en un lienzo de insultos y consignas. Lo que debería ser un espacio de cohesión social terminó convertido en un símbolo de vandalismo desmedido, dejando una pregunta amarga en el aire: ¿Se puede construir justicia destruyendo nuestra propia historia?

Y cada año sucede, sucede, y sigue sucediendo. Han logrado convertir con su brutal vandalismo, una celebración para exigir derechos de la mujer en caos, destrucción y tristeza. Las autoridades pertinentes brillan por su ausencia.

El valor de lo sagrado (en lo civil):

No estamos hablando de una barda cualquiera. El Monumento a la Patria es único en el mundo; es un altar a la historia nacional donde cada grabado tiene un propósito pedagógico y cultural. Llenarlo de pintas y frases cargadas de odio no es solo un ataque a la infraestructura urbana, es una agresión directa al legado de todos los yucatecos.

Degradación del mensaje: Cuando la forma de protestar recurre al insulto soez y la destrucción del arte, el mensaje original —por legítimo que sea— se pierde entre el ruido del vandalismo.

El costo del desprecio:

Restaurar la piedra labrada no es una tarea sencilla ni barata. Son recursos que salen de la misma ciudadanía para intentar sanar un daño que nunca debió ocurrir.

El Monumento a la Patria en Mérida, diseñado por Rómulo Rozo, tiene aproximadamente 69 años de antigüedad (inaugurado en 1957). Su construcción comenzó en 1945 y tardó 11 años en finalizarse. Narra la historia de México, desde la época prehispánica hasta la actualidad, en estilo neomaya.

¿Identidad o destrucción?

La verdadera lucha social requiere convicción, pero también altura de miras. Destruir el patrimonio de una ciudad que se enorgullece de su paz y su cultura es un acto que fractura la empatía. En lugar de sumar aliados a una causa, estas acciones generan un rechazo natural de la sociedad que ve cómo sus símbolos más queridos son pisoteados bajo el pretexto de la libre expresión.

El silencio de la piedra:

El monumento no puede defenderse. Las piedras que narran la fundación de Tenochtitlán y la historia de Yucatán hoy guardan silencio bajo capas de pintura que nada tienen que ver con el arte y mucho con el arrebato. Es necesario reflexionar si el camino para un México mejor realmente pasa por borrar nuestra memoria estética y cultural. Es un tema complejo que siempre genera debate sobre qué pesa más: la piedra o la causa.

Ver esta estructura —única en su tipo por narrar la génesis de México en piedra labrada— cubierta de pintas soeces y consignas violentas, no solo es un golpe a la estética urbana; es un ataque directo al corazón de la identidad yucateca.

El vandalismo como distractor de causas:

Es fundamental separar la legitimidad de cualquier demanda social del método utilizado para expresarla. Cuando el recurso principal es el insulto y el daño al patrimonio, la causa pierde su brillo y se convierte en agresión.

La pérdida del respeto:

El monumento no es “propiedad del gobierno”, es propiedad de cada ciudadano. Al dañarlo, no se castiga a una institución, se castiga a la memoria colectiva causando serio impacto en la comunidad. Las expresiones de odio grabadas en piedra generan un clima de confrontación que rompe el tejido social y aleja a los aliados potenciales de cualquier movimiento.

El daño técnico:

La piedra porosa del monumento absorbe los solventes, haciendo que la restauración sea costosa, compleja y, en ocasiones, deje cicatrices permanentes en grabados que tienen más de medio siglo de antigüedad. La verdadera fuerza de una demanda social reside en su capacidad de construir, no en su habilidad para destruir lo que nos da identidad.

Si el objetivo es ser escuchados, existen alternativas que permiten la manifestación del descontento sin recurrir a la destrucción de nuestra herencia cultural. La solución no es el silencio, sino la canalización inteligente de la energía social.

Se pueden sugerir:

Muros de expresión efímera: instalar estructuras o lienzos monumentales temporales en puntos estratégicos durante las manifestaciones, permiten el uso de pintura, graffiti y consignas sin dañar la piedra histórica, estos lienzos pueden ser documentados o trasladados a centros culturales como un registro histórico de la lucha social.

El uso de la tecnología:

Mapping y Proyecciones sobre el monumento permiten que las consignas y rostros de una causa se vean a kilómetros de distancia con un impacto visual mucho mayor que una pinta, pero con la ventaja de ser totalmente inofensivas para la integridad física del monumento y de los otros que han sido dañados.

Diálogo y espacios de memoria

“Memorial de la Protesta”, permanente en algún punto de la ciudad donde se permita la libre expresión gráfica. Esto reconoce que la sociedad tiene heridas que sanar, pero establece que el Monumento a la Patria o todos los otros que han dañado en Paseo de Montejo, son territorio sagrado de nuestra historia nacional.

Campañas de concientización civil:

Iniciar programas educativos que refuercen el valor del Monumento a la Patria y de todos los Monumentos históricos de la ciudad, como un bien común, promoviendo que la protesta social busque sumar a la ciudadanía en lugar de confrontarla mediante la destrucción de sus símbolos.

Hay que exigir como ciudadanos:

TOLERANCIA CERO AL VANDALISMO: Que se aplique la ley para proteger los monumentos históricos de nuestra ciudad. El costo de limpieza lo pagamos todos con nuestros impuestos.

Conclusión

El Monumento a la Patria y el Paseo Montejo tal como lo conocemos, debe ser el lugar donde nos encontremos para celebrar nuestra historia, no el campo de batalla donde enterramos nuestra civilidad. Protegerlo es un acto de amor por Mérida y por México. La crítica es necesaria para el avance de un país, pero el respeto por lo que somos es la base mínima para cualquier futuro mejor.

“La libertad de uno termina donde empieza el derecho del otro, y el derecho a un patrimonio íntegro es un derecho colectivo de las generaciones presentes y futuras”.— Mérida, Yucatán

Abogada y escritora

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