Cada año, cuando llega el 8 de marzo, las calles de muchas ciudades se llenan de voces, pancartas y una energía emocional imposible de ignorar. Miles de mujeres salen a marchar para recordar que aún existe una deuda histórica con ellas. Durante siglos, innumerables mujeres han enfrentado violencia, abuso, discriminación laboral y desigualdades que limitaron sus oportunidades. Detrás de cada historia, hay denuncias que no fueron escuchadas y heridas que la sociedad tardó demasiado en reconocer. Ese dolor no es una exageración, es una realidad que merece ser mirada con seriedad, con empatía y con la firme convicción de que no puede seguir siendo ignorada.

Precisamente por ese dolor nacieron las marchas. Nacieron como un grito colectivo para romper silencios, para visibilizar injusticias que durante demasiado tiempo fueron ignoradas o minimizadas. Y en ese sentido, marchar es legítimo. Cuando miles de mujeres caminan juntas para exigir respeto, justicia y seguridad, envían un mensaje que ninguna sociedad debería ignorar.

Sin embargo, junto a esa causa legítima aparece cada año un fenómeno que también merece ser mirado con la misma honestidad con la que se reconoce el dolor de las víctimas. Dentro de esas marchas surgen imágenes difíciles de ignorar: monumentos vandalizados, fuego en las calles, paredes cubiertas de insultos, vitrinas rotas, negocios dañados, casas particulares marcadas con pintura, puertas golpeadas y vehículos rayados. Estas expresiones de violencia se han vuelto, lamentablemente, una parte predecible del paisaje de cada movilización.

Pero, ¿qué ocurre cuando una causa justa comienza a expresarse mediante actos que reproducen la misma lógica de agresión que pretende combatir?

La intención de esta pregunta no es descalificar el movimiento de las mujeres, ni minimizar las injusticias que muchas han sufrido. Ignorar ese dolor o restarle importancia sería muy injusto. Lo que se busca es algo distinto: preguntarnos con honestidad si la violencia puede realmente convertirse en el lenguaje de quienes aspiran a construir un mundo menos violento.

Con frecuencia, en estas movilizaciones conviven dos expresiones muy distintas de protesta. Por un lado, la gran mayoría de las mujeres que participan lo hacen con respeto, convicción y un deseo genuino de justicia. Por otro, aparecen grupos que convierten la indignación en actos de agresión. En la multitud, el anonimato y la sensación momentánea de poder pueden generar una especie de permiso colectivo que en otros contextos no existiría.

Resulta inquietante observar a algunas jóvenes que, incluso cuando no hablan desde una experiencia personal de violencia, encuentran en la marcha un espacio para gritar insultos, golpear puertas o incendiar objetos. No porque esas jóvenes sean necesariamente malas personas, sino porque ese comportamiento revela algo más profundo: cómo poco a poco, la sociedad ha comenzado a confundir la fuerza con la agresividad.

Los daños que dejan estas marchas no se limitan a edificios de gobierno ni a monumentos. Con frecuencia también alcanzan a terceros que no tienen ninguna relación con las injusticias que se denuncian y que, sin embargo, terminan pagando las consecuencias. Comercios, viviendas y ciudadanos comunes se convierten así en víctimas involuntarias de una protesta que, en realidad, no iba dirigida contra ellos.

Pensemos por un momento en esas escenas que rara vez se mencionan. Una mujer que tiene una pequeña tienda en la esquina y que pasa años trabajando para sostener a su familia, ve su cortina metálica cubierta de insultos y pintura. Un comerciante que apenas logra pagar la renta descubre que la vitrina que le costó meses de ahorro ha sido destruida durante una noche de protesta. Una familia despierta al día siguiente con la fachada de su casa marcada con consignas agresivas. Ninguna de esas personas representa al sistema que se pretende denunciar. Ninguna de ellas es responsable de la violencia que sufrieron otras mujeres. Sin embargo, terminan pagando el precio de una rabia colectiva que busca salida.

Algunas personas justifican esas acciones diciendo que “la rabia es válida”. Y sí, la rabia es una emoción humana comprensible cuando alguien ha sido lastimado. Pero que una emoción sea comprensible no significa que todas las formas de expresarla sean correctas.

La violencia, incluso cuando nace del dolor, sigue siendo violencia. Puede ser comprensible en su origen, pero no deja de ser destructiva en sus consecuencias. Además, tiene una característica peligrosa: no distingue entre causas nobles y causas equivocadas. Cuando se normaliza, comienza a extenderse como un hábito social que termina debilitando los principios que sostienen cualquier búsqueda de justicia.

La violencia tiene una capacidad silenciosa de multiplicarse. Una vez que se acepta como herramienta válida, deja de ser excepcional y empieza a instalarse en la cultura. Hoy se justifica porque la ejerce quien se siente agraviado; mañana alguien más la utilizará para defender otra causa distinta.

Deberíamos cuidar el mensaje que estas marchas transmiten a las niñas y adolescentes que las observan. Cada una de estas movilizaciones es vista por miles de ellas, que están aprendiendo qué significa luchar por sus derechos y cómo responder frente a la injusticia. Están formando su idea de lo que es la valentía, la dignidad y la resistencia. Por eso vale la pena preguntarnos qué mensaje reciben cuando ven que la exigencia de respeto puede ir acompañada de actos de agresión contra otros.

Las mujeres han demostrado a lo largo de la historia una capacidad extraordinaria para transformar el mundo. Han construido comunidades, han educado generaciones, han impulsado cambios culturales profundos. Esa fuerza no proviene de la destrucción, sino de una comprensión profunda del valor de la vida y de la dignidad humana. La lucha por los derechos de las mujeres no necesita convertirse en un espectáculo de furia para ser poderosa. Su legitimidad nace precisamente de su compromiso con la justicia.

Ojalá fuéramos capaces de detenernos a pensar que la violencia contra las mujeres no desaparecerá porque otras mujeres griten más fuerte o golpeen con más fuerza. Desaparecerá cuando una sociedad entera entienda que la violencia nunca debe ser la forma normal de relacionarse.

Ese cambio cultural exige coherencia. Exige que quienes reclaman respeto también lo practiquen. Porque las causas que realmente transforman una sociedad se sostienen sobre principios, no sobre impulsos.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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