En su noche de bodas el joven Leovigildo disfrutó de placeres inefables que jamás había conocido. Su novia mostró habilidades propias de una diestra cortesana, una eminente practicante de las eróticas posturas descritas en el Kama Sutra, o la más ardiente y apasionada hurí. Pese a las gratificantes expansiones que gozó, el recién casado puso un reparo por algo que conoció en el curso del evento. Le dijo a su flamante esposa: “No eras virgen”. Con una pregunta respondió ella: “¿Te gustó cómo lo hice?”. “Mucho” —admitió Leovigildo. Otra pregunta planteó la experta desposada: “¿Y crees que todo eso lo aprendí en un curso por correspondencia?”. (Nota. En los cursos por correo se adquirían habilidades tales como reparación de planchas y radios, carpintería y corte y confección de ropa, pero no se impartían los conocimientos demostrados por la novia del joven Leovigildo. Ésos sólo se aprenden en la práctica).
Lady Loosebloomers hubo de viajar a Londres a fin de visitar al solicitor encargado de administrar los bienes que en herencia le dejó su padre. Durante la ausencia de su mujer, lord Feebledick quedó solo en su finca rural de Bullshitshire. ¿Solo? No tanto. Si nos asomamos cautelosamente por la cerradura de la puerta de su alcoba lo veremos refocilándose cumplidamente con Gwendoline, la linda mucama de la casa. También lo oiremos decir, orgulloso: “¡Y pensar que mi mujer temía que mientras ella estaba en Londres no fuera yo capaz de manejar a la servidumbre!”.
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