“En muchos estados los municipios son el punto más vulnerable para la corrupción del dinero federal”.
“Los Ayuntamientos más comprometidos: Progreso, Tekax y Peto. Gasto federalizado de 216 millones 382 mil 100 pesos se dictaminó lo mismo para las erogaciones de 192 millones 378 mil pesos, ambas cifras corresponden al 100% de los recursos federales” (DDY C9).
Hay momentos en que un dato rompe el silencio de toda una sociedad. No porque no supiéramos que algo estaba mal, sino porque de pronto la magnitud nos obliga a mirar de frente lo que durante años se ha tolerado.
Más de dos mil millones de pesos de recursos públicos sin comprobar en municipios de Yucatán no es una simple irregularidad administrativa. Es una herida abierta en la confianza ciudadana. Es la prueba de que el dinero que debería aliviar la vida de los más pobres puede desaparecer en un laberinto de papeles inexistentes, contratos opacos y explicaciones que nunca llegan.
Cuando un municipio no puede mostrar cómo gastó el dinero público, no estamos frente a un error técnico. Estamos frente a una falla profunda del pacto entre gobernantes y gobernados.
Porque el dinero público no pertenece a los alcaldes, ni a los partidos, ni a las redes de poder que se reparten contratos como si fueran favores personales.
Ese dinero pertenece a la niña que camina por una calle sin pavimento para ir a la escuela. Pertenece al campesino que espera apoyo para sembrar. Pertenece a la familia que necesita atención médica en un hospital digno.
Y sin embargo, en demasiadas ocasiones, ese dinero parece evaporarse con una facilidad que insulta la inteligencia de la ciudadanía.
Por eso la indignación de la gente que ama a esta patria chica, no es exagerada ni visceral: es legítima. La sociedad tiene derecho a preguntar dónde está el dinero, quién lo autorizó, quién lo supervisó y quién va a responder por su uso. Central 9 ofrece nombres, apellidos, y cantidades millonarias sin comprobar.
Lo que más duele no es sólo el posible desvío. Lo que más duele es la sensación de que todo esto ocurre dentro de un sistema donde las responsabilidades se diluyen. Donde los informes se publican, las auditorías señalan, los reportajes investigan… y después el tiempo pasa. Y el silencio vuelve a ocupar el lugar de la justicia.
La impunidad es una construcción lenta. Cuando nadie enfrenta consecuencias claras. Cuando las instituciones miran hacia otro lado o se quedan atrapadas en trámites interminables.
También es momento de reconocer algo que muchas veces evitamos decir: la impunidad no se construye sola. No es un accidente. Se edifica cuando nadie devuelve lo que tomó.
Requiere silencio institucional, requiere procedimientos que se vuelven interminables, requiere que la responsabilidad se diluya entre oficinas, dependencias y cambios de gobierno.
Así se forma un sistema donde todos parecen saber lo que ocurre, pero nadie termina respondiendo.
Y entonces ocurre algo todavía más peligroso: la gente deja de creer.
Un país puede sobrevivir a muchas crisis, pero no puede sobrevivir indefinidamente a la pérdida de confianza en sus instituciones. Porque cuando la ciudadanía siente que el dinero público se convierte en botín, lo que se rompe no es sólo la ley: se rompe el sentido mismo de comunidad.
El orden, estabilidad y confianza de los que tanto se afirma reinan en Yucatán, son los que precisamente en estos momentos exigen algo distinto a lo habitual. No discursos. No justificaciones burocráticas. No silencios cómodos.
El país no puede avanzar si el dinero destinado a reducir desigualdades termina profundizándolas. No puede hablarse de desarrollo cuando los recursos públicos pierden su destino social.
¿Se convertirá esto en sanciones reales o quedará sólo en observaciones administrativas?
La corrupción municipal, además, tiene un efecto particularmente injusto. No golpea a las élites ni a quienes tienen medios para protegerse. Golpea a los pueblos más pequeños, a las comunidades donde cada peso cuenta.
Por eso los ciudadanos exigimos claridad.
Exigimos que se sepa qué ocurrió con cada peso.
Exigimos que, si hubo abuso del poder público, existan consecuencias reales.
La confianza ciudadana se cuida con transparencia real, con investigaciones claras y, cuando corresponde, con sanciones.
No se trata de una vendetta política. Se trata de algo mucho más básico: dignidad pública.
Porque el dinero que desaparece de los presupuestos municipales no se pierde en el aire. Se pierde en las oportunidades que nunca llegan a los pueblos que más lo necesitan.
Y esa es una deuda moral que Yucatán no debería aceptar como normal. La sociedad yucateca merece algo muy simple y muy poderoso: verdad, responsabilidad y justicia. No es una exigencia radical. Es lo mínimo que debe existir en una democracia.
Pocas veces se anuncia con claridad que alguien respondió por ello. Casi nunca se informa que el dinero regresó a donde debía estar: al servicio de la gente. Esa repetición constante produce algo más peligroso que el enojo: produce resignación. Y un país que se resigna a la corrupción empieza a debilitar su propia democracia desde dentro.— Mérida, Yucatán
*Abogada y escritora
