No se perdió el civismo en los libros. Se perdió en la conducta.
Durante el sexenio de Vicente Fox no hubo una eliminación explícita en el plan de educación de “Urbanidad y Civismo” como materias formales.
Lo que sí ocurrió fue más profundo:
Sustituyeron asignaturas tradicionales por enfoques transversales. “Civismo” pasó a integrarse dentro de Formación Cívica y Ética. Priorizaron contenido teórico (valores abstractos, derechos humanos) sobre prácticas conductuales cotidianas (modales, trato, convivencia directa).
Sin embargo, no es lo mismo explicar valores que enseñar conductas observables como se hacia en Urbanidad y Civismo. Los valores son muy importantes pero hablar de ellos no es lo mismo que entrenar hábitos. Porque el crecimiento urbano, la gentrificación, aumentan el estrés deteriorando el trato social.
Mérida ya no es la ciudad de hace 20 años: padecemos crecimiento poblacional acelerado, migración interna y externa, aumento del parque vehicular y embotellamientos inéditos. En sociología urbana esto se llama “agresión por densidad”.
Basta salir a la calle en automóvil o a pie para constatarlo: conductores que invaden carriles con agresividad, cláxones que ya no advierten sino insultan, gestos obscenos que sustituyen cualquier forma de diálogo. No es un hecho aislado. Es un clima paroxístico.
Hay menor tolerancia. Reacciones impulsivas. Despersonalización del otro (“no es persona, es obstáculo”). El conductor deja de ver a otro ciudadano y ve un estorbo. Y como si no hubiera existido jamás: La pérdida del lenguaje de cortesía. Porque en contextos de saturación, lo primero que se erosiona es la paciencia.
¿A que se debe esto? Muy simple: normalizamos la grosería, los insultos, las ofensas, los gestos obscenos… ¿significa esto que hay un aumento de la maldad? No totalmente, que si la hay, el cine es muy explícito para todo esto, lo que pasa es que hay menos sanción social.
Si antes la grosería avergonzaba, hoy se tolera, causa risotadas, y hasta se celebra. “Redes sociales, cultura mediática y anonimato han reducido el costo de ser agresivo”.
A esta transformación se suma otra realidad innegable: el crecimiento acelerado de la ciudad. Mérida ya no es la misma. Más habitantes, más vehículos, más prisa, más fricción.
Sin embargo, el crecimiento urbano explica la presión, no la grosería. Hace no muchos años, en esta misma ciudad, saludar no era un gesto extraordinario: era lo mínimo. Decir “buenos días”, ceder el paso, dar las gracias, ayudar a las personas mayores, pedir permiso o disculparse, formaban parte de una gramática invisible que sostenía la convivencia.
Hoy, esa gramática parece haberse roto.
Y esto no es cualquier cosa… “Es lo que en teoría social se llama “microrituales de reconocimiento”: sin ellos, la convivencia se vuelve áspera, casi hostil”.
Durante años se nos dijo que la educación cívica evolucionaba. Que ya no era necesario enseñar urbanidad como una asignatura, porque los valores podían integrarse de forma transversal.
Pero algo se perdió en esa transición: dejamos de formar hábitos y nos conformamos con enunciar principios.
Y la diferencia es brutal. Porque los principios no detienen un insulto en la calle. Los hábitos, sí. Lo que se rompió no fue la teoría: fue la conducta.
Hubo un tiempo —no remoto, no idealizado— en que la convivencia cotidiana estaba sostenida por una arquitectura invisible: los modales. No eran ornamento. Eran estructura. Porque no sólo expresaban educación: contenían el conflicto antes de que naciera.
Hoy enfrentamos una paradoja inquietante: nunca se ha hablado tanto de derechos, y nunca se ha practicado tan poco el respeto cotidiano.
Tal vez sea momento de entender que la educación no termina en el aula. Y que cuando desaparece de la escuela… se paga en la calle.
Y esta ha sido la gran pérdida para nuestra amada “Ciudad Blanca” y los que la amamos, la respetamos y la cuidamos, aunque cada vez haya menos oportunidades para hacerlo.— Mérida, Yucatán
Abogada y escritora
