Editorial

La escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán está dejando al descubierto algo más incómodo para Washingon que el propio Irán, y es que ya no hay acuerdos entre sus aliados europeos sobre cómo leer la amenaza, cuánto cuesta enfrentarla y hasta dónde conviene involucrarse. Estados Unidos y Europa, comienzan a tener escenarios de desacuerdo. Washington ha endurecido su postura en el Golfo Pérsico tras ataques a infraestructura y a la navegación comercial en el Mar Rojo, donde milicias alineadas con Teherán han bloqueado rutas por las que transita cerca del 12% del comercio mundial. Estados Unidos respondió con operaciones navales y con la protección de convoyes. Europa no reaccionó de la misma forma, hubo reacciones diversas. Mientras algunos países se sumaron a esquemas de seguridad marítima, otros insistieron en evitar cualquier acción que pudiera escalar el conflicto. Esa brecha se explica, en parte, por los costos y lo que significa la zona del Golfo. Para Estados Unidos, el Golfo Pérsico es un espacio de disuasión estratégica. Para Europa, es una línea de vulnerabilidad económica.

Por el Estrecho de Ormuz circula alrededor del 20% del petróleo mundial. Cualquier disrupción impacta en precios de energía, inflación y estabilidad interna. Europa llegó a este escenario ya debilitada: antes de 2022, cerca del 40% de su gas provenía de Rusia. Y con la guerra de Ucrania el precio del gas se disparó. La reconversión ha implicado contratos más caros y mayor dependencia de importaciones de gas natural. En ese contexto, una escalada con Irán representa un riesgo inmediato que puede empeorar la situación económica en Europa.

El desacuerdo también es militar. Estados Unidos ha sostenido la mayor parte del esfuerzo de seguridad en los últimos años. Solo en Ucrania ha comprometido más de 70 mil millones de dólares en ayuda. En la OTAN, Washington concentra alrededor del 70% del gasto total. Europa ha incrementado sus presupuestos, pero sigue lejos de equilibrar esa carga. Alemania anunció en 2022 un fondo extraordinario de 100 mil millones de euros para defensa; a inicios de 2026, menos de la mitad se ha ejecutado. capacidad.

En ese contexto, la discusión sobre reducir la presencia militar estadounidense en Alemania adquiere otro significado. No es la primera vez que se plantea, pero ahora ocurre en medio de un conflicto abierto con Irán. Alemania alberga históricamente uno de los mayores contingentes estadounidenses en Europa —decenas de miles de efectivos y funciona como plataforma logística clave para operaciones en el continente y en Medio Oriente. Cuestionar ese despliegue no es una forma de ajustar compromisos cuando el alineamiento comienza a ser cuestionado.

El trasfondo es estratégico. Estados Unidos ha desplazado su atención hacia el Indo-Pacífico, donde más del 60% de su planeación de defensa se orienta a la competencia con China. Europa dejó de ser el centro. En ese nuevo equilibrio, cada presencia militar se evalúa en función de su utilidad directa. Si los aliados no comparten la misma lectura del conflicto, sostener despliegues pierde sentido.

El efecto es acumulativo. Cuando una alianza no coincide en el diagnóstico ni en la distribución de costos, pierde previsibilidad. Y sin previsibilidad, pierde capacidad de disuasión.

La crisis con Irán no rompe la relación transatlántica del todo, pero si la somete a una prueba exigente. Además, revela que la alianza ya no descansa en coincidencias automáticas, sino en equilibrios frágiles que se gestionan fuera de la alianza. Cuando esos equilibrios se tensan la distancia se vuelve visible para todos los actores y se reacomodan las estrategias y las alianzas.

Analista de política internacional

La crisis con Irán (en medio de la guerra) no rompe la relación transatlántica del todo, pero si la somete a una prueba exigente.

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