Vivimos en un estado sumamente racista, aunque no lo reconozcamos. De manera inconsciente, durante nuestros primeros años de vida, adquirimos valores estéticos y morales permeados por prejuicios que sitúan la belleza y el valor de las personas de acuerdo con sus rasgos físicos y su origen de clase. Esta realidad nos cruza a todos y todas, nos obliga a mirarnos en el espejo, buscando qué tanto nos acercamos o nos alejamos de los parámetros aprendidos desde la infancia que son superiores; el tono de piel blanca, el ovalo alargado de la cara, el cuerpo alto y delgado y por supuesto la vestimenta de moda. Nos miran, miramos y “nos miramos” bajo esos parámetros, recordando aquella frase que alguna vez escuchamos, “como te ven te tratan”. Pero lo peor es que mientras más negamos nuestro racismo, estamos menos en la posibilidad de transformarnos y transformar esa injusta y dolorosa realidad.
Pero lo más grave es cuando los sistemas de dominación se encubren desde la ciencia. La misoginia y el racismo, que forman parte de la subjetividad del investigador o investigadora, están presentes en la historia, en la “realidad científica” y social que se construyen con sesgos que pasan inadvertidos para sus consumidores ante los rimbombantes conceptos con que son ocultados.
Supuestamente, existe la opción de descolonizar nuestro pensamiento, pero, después de más de 500 años de dominio esto no es nada fácil, implica reprogramar nuestro cerebro, romper ideas preconcebidas, transformar nuestras formas de relacionarnos con los demás, hay que romper la hegemonía del saber occidental y renunciar a nuestros privilegios. Debo advertir que esto no significa negar la riqueza de los conocimientos aprendidos desde la perspectiva occidental, alimentados por muchas tradiciones y culturas diversas, sino la posibilidad de establecer diálogos, entre saberes y concepciones distintas, rompiendo nuestro etnocentrismo y sentido de superioridad.
Ahora bien, hablando del feminismo, que no solo se define como un movimiento social que busca la equidad entre los géneros y una vida sin discriminación y violencia para las mujeres, gracias a su herramienta académica: la perspectiva de género, es también una teoría científica e implica una metodología, que nos permiten ver, analizar y comprender las desigualdades de género y como estas se construyen en las diferentes culturas y épocas.
Sin embargo, debemos de reconocer tristemente que la teoría de género no ha logrado escapar de la perspectiva etnocéntrica que predomina en la academia, lo que ha llevado a las feministas occidentalizadas a intentar imponer teorías, estrategias e incluso políticas públicas elaboradas desde otras realidades y culturas muy ajenas a las nuestras. Este error, ha tenido y tiene efectos muy negativos y contraproducentes en las mujeres pertenecientes a las diferentes etnias quienes no han visto mejorar sus condiciones de vida en los últimos años, incluso han sufrido una mayor escalada de violencia machista dentro y fuera de sus comunidades.
Lo anterior, ha llevado a diversas escritoras a intentar la “descolonización del feminismo”, pero ¿qué significa esto? Algunos elementos que nos pueden ayudar a comprender cómo descolonizar el feminismo es reconociendo que, efectivamente, las mujeres indígenas han sido víctimas de violencia y discriminación a lo largo de la historia, pero también han desempeñado papeles fundamentales como la preservación de saberes, el trabajo cotidiano que permite su sobrevivencia, pero también la conducción histórica y actual de sus comunidades, es decir, es fundamental ponderar y potenciar sus capacidades de liderazgo.
Por eso, como he dicho antes en otros artículos, es importante visibilizar tanto a mujeres del pasado como María Uicab o Felipa Poot, que condujeron importantes luchas del pueblo maya, como a las actuales mujeres mayas que destacan en diferentes campos sociales, económicos, políticos y culturales con sus valiosos aportes. Es decir, hay que promover una identidad positiva, alejada de la visión de que son inferiores o que están necesitadas de un tutelaje por parte de las mujeres blancas sin considerar su autopercepción y conocimientos propios.
Considerando esta realidad, las feministas occidentales no debemos imponer estrategias, sino más bien establecer un diálogo e intercambio de saberes entre mujeres de diferentes orígenes étnicos y sociales. Es necesario reconocer que muchos de los conceptos, con los que se construyó el feminismo blanco occidental, no se aplican necesariamente a otras culturas y que dentro de la etnia maya hay elementos que habría que conocer, respetar e incluso promover, como parte de nuestra lucha.
El papel de las mujeres en la espiritualidad maya, la ancestral forma de organización doméstica que implica que sea una mujer mayor quien administre los recursos de la familia ampliada, el sentido de comunidad centrado en el “nosotras”, que les han permitido su sobrevivencia física y cultural, entre otros temas, deben considerarse fundamentales. Estos elementos mencionados, propios de la cultura maya, chocan frontalmente con algunos conceptos del feminismo liberal, que están centrados en la autonomía personal, en el famoso “emprededurismo empresarial” o en el pensar que con solo llamarlas “microempresarias”, se les libera y se transforman las relaciones de dominio y explotación en las que están inmersas.
Es importante, que las colectivas feministas revisen sus estrategias y que todas recordemos que la violencia es interseccional, es decir, que una misma mujer sufre discriminación por diferentes variables, por género, etnia, orientación sexual, clase social y demás. Pero más allá de eso, se debe considerar también que nuestras formas de lucha, la manera en cómo nos manifestamos, nuestras marchas, consignas, agenda, no necesariamente las incluye, inclusive y peor aún, puede alejarlas del movimiento liderado por las mujeres de los centros urbanos.
Un tema fundamental a tratar, dentro de las acciones afirmativas que debemos promover, son los espacios en los cargos de elección popular asignados a la etnia maya. Lo que implica que las mujeres blancas debemos de renunciar a cualquier usurpación y exigir que sean ellas, las mujeres mayas, quienes ocupen los cargos asignados a las etnias indígenas. Romper con el colonialismo implica también que el gobierno las deje de ver como depositarias pasivas de los apoyos económicos y de utilizarlas como clientela electoral para el partido hegemónico. Respetar su territorio que es fundamental para mantener viva su cultura, pero hoy se ha convertido en botín para empresarios inmobiliarios, propietarios de mega granjas y toda clase de patrones ambiciosos.
Es corto el espacio y muchos los temas por abordar sobre este tema, pero iniciemos reconociendo la urgencia de construir un mundo donde saber la lengua maya, tener un rostro en forma de corazón y la piel cobriza sea motivo de orgullo y no de vergüenza.— Mérida, Yucatán
Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social
