No nos llegó en carabelas desde otro continente, en realidad la corrupción tristemente existió en estas tierras antes de la llegada de los invasores, los primeros misioneros tuvieron noticias de ella, pero también registraron los fuertes castigos que se aplicaban de descubrirse las fechorías de algunos burócratas de esa época. De acuerdo con el historiador y cronista novohispano fray Bernardino de Sahagún, los mexicas condenaban al degollamiento a los jueces y funcionarios que aceptaran sobornos o alteraran sentencias y los recaudadores (calpixques) que exigían más tributos del establecido para enriquecerse personalmente, al ser descubiertos, eran ejecutados de inmediato.
Lo que sí cambio con la llegada de los españoles a este territorio, fue que la corrupción en la Nueva España se convirtió en un sistema institucionalizado. La compra de cargos públicos, el cobro de sobornos, la evasión fiscal mediante el contrabando y el tráfico de influencias, entre otras lindezas fueron prácticas toleradas por la Corona española y por lo tanto practicada tranquilamente por los funcionarios del Virreinato, sin el temor a ser degollados de ser descubiertos.
Como ven, la corrupción no es algo nuevo ni exclusivo de nuestro país, no se inició con el Partido Revolucionario Institucional, aunque es innegable que la manera escandalosa en que los gobiernos emanados de ese partido la ejercieron fue una de las razones por la que se dio el hartazgo de la población y finalmente la alternancia política. Pero la corrupción no terminó con la salida del poder del PRI, ya que encontramos las mismas prácticas corruptas en otros partidos, incluyendo el que hoy nos gobierna. Esto último quedó en evidencia con los casos de Segalmex, el famoso huachicol fiscal y el de la Barredora en Tabasco, entre otros, lo cual nos obliga a una reflexión profunda, sobre por qué existe la corrupción, sus consecuencias y de cómo podemos eliminarla.
En lo personal, conocí los mecanismos de cómo opera la corrupción en Yucatán y cómo ésta es convertida en control político durante mi juventud, a principios de la década de los ochenta del siglo pasado, cuando trabajaba en el famoso Banco Nacional de Crédito Rural (Banrural). En esos años me enteré de que en la zona henequenera, los llamados checadores tenían la tarea de registrar cuántos mecates realizaba cada campesino cortando pencas durante la semana y, por lo tanto, el dinero que le correspondería recibir. El mecanismo era este: el checador se ponía de acuerdo con el trabajador para aumentar falsamente el número de mecates trabajados lo que permitiría que el segundo ganara un poco más a la semana para poder sostener a su familia, pero a cambio le tendría que dar una parte del dinero al primero. Por su parte, el checador reportaba al inspector lo recaudado en el ejido y le entregaba una parte, y este a su vez al gerente de la sucursal del banco. Esta cadena beneficiaba muy poco al trabajador, que apenas recibía unos pesos más de lo que realmente le correspondía, mientras que los que se llevaban la maleta eran los de arriba.
Quizás, si lo recibido por mecate trabajado hubiera sido suficiente para cubrir sus necesidades, el trabajador no hubiera caído en la tentación de aceptar el corrupto trato con el checador. Pero, precisamente mantener a las personas en la precariedad, es la mejor manera de lograr que se corrompan, ya que, por unas monedas, o unos cuantos beneficios, obtienes su silencio ante el enriquecimiento ilícito de los de arriba.
Aceptar algo, que sabemos no nos ganamos con nuestro propio esfuerzo, nos convierte en cómplices del sistema, nos despoja de nuestra autoridad moral y por lo tanto de la capacidad de cuestionar y denunciar. La corrupción se convierte así no solo en un arma de enriquecimiento ilícito sino de control político y su terreno fértil es la pobreza producto de la injusticia social.
Mi segunda experiencia fue como militante de un partido de oposición, supuestamente de izquierda, el PRD, ahí “aprendí” que las elecciones y el poder, solo se puede ganar con mucho dinero, nunca son suficiente los principios o las propuestas, si no se tiene fortuna para invertir en las campañas simplemente es imposible ganar. Por lo tanto, avanzar en la política y lograr altos cargos, significaba y significa corromperse, aceptar padrinos, puede ser en el propio partido, aquel líder que te facilitaba ganar las elecciones internas y a quien le deberás lealtad, haga o no lo correcto. También es posible buscar un padrino fuera del partido, por ejemplo; algún empresario que quiera costear tu campaña, no por altruista por supuesto, sino por los suculentos negocios que hará durante tu gestión, o peor aún, algún líder de narcos que te provee de grandes recursos a cambio del control del territorio que supuestamente gobiernas.
Las reglas del juego eran claras entonces y no han cambiado, solo serán distintas cuando la población adquiera una conciencia crítica que la lleve a elegir personas honestas, pese a sus campañas modestas, y que no tengan que repartir dádivas. Mientras tanto las alternativas son: te sales del juego y le dejas el campo a los corruptos o, participas de acuerdo con sus reglas, las cuales te obligan a buscar recursos millonarios para tu campaña, pero entonces te pasará lo que al coronel Aureliano Buendía, que de tanto perseguir a los militares se convirtió en uno de ellos, es decir exactamente en lo que combatía.
¿Cómo romper este círculo vicioso que nos convierte a todos en corruptos o en cómplices silenciosos de la corrupción? No está fácil, sobre todo cuando vivimos en un sistema económico injusto que deja a una gran parte de la población a merced de las dádivas de los malos políticos y gobiernos. Primero, debemos luchar por un sistema económico que permita a la clase trabajadora vivir decorosamente con sus salarios o la venta de sus productos, para que no le tenga que agradecer a los políticos por las dádivas, ni hacerse de la vista gorda ante sus actos de corrupción.
Segundo, hay que dejar de normalizar la corrupción, es decir, por ejemplo, ya no calificar como tonto a quien pasó por la gestión pública y no se enriqueció; creer que es correcto buscar marido o esposa entre los nuevos ricos sin importar el origen de sus fortunas, hay que dejar de repetir y escuchar como algo normal aquella frase de, “a mí no me des, ponme donde hay”; dejar de votar por las personas corruptas por mucho que nos ofrezcan regalos, debemos hacer todo lo que sea necesario para recuperar la autoridad moral que nos permita señalar, exigir y denunciar a las y los corruptos.
Y finalmente, es importante promover una conciencia crítica entre la gente, lo que implica invertir muchas horas y esfuerzos en la formación política, tarea larga y sin beneficios personales, al menos a corto plazo, pero como dije al principio, aunque no es fácil acabar con la cultura de la corrupción, urge hacerlo si queremos un mundo mejor para nuestras hijas e hijos.— Mérida, Yucatán
Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social
