La paz de Yucatán sí tiene autores.

En México solemos hablar de la violencia como si fuera un fenómeno inevitable. Como si el miedo fuera parte natural de vivir en este país. Como si el crimen organizado, las extorsiones, las desapariciones y la pérdida de las calles fueran simplemente el destino de todas las ciudades mexicanas.

Pero Yucatán es la muestra de que no.

Yucatán constata que la paz sí puede construirse.

Que la seguridad sí puede defenderse.

Y que el orden institucional sí importa.

Durante años, desde distintos rincones del país, se ha querido explicar la tranquilidad yucateca con frases superficiales: “la gente de aquí es tranquila”, “es la cultura maya”, “es otro ritmo de vida”. Y aunque parte de eso es cierto, reducir todo a una supuesta pasividad social es no entender nada.

La paz yucateca no nació por generación espontánea, se cimentó. Se construyó.

Se forjó con una cultura profundamente comunitaria y con un pueblo que históricamente ha privilegiado la convivencia antes que la confrontación. Un pueblo que conserva tradiciones, arraigo y cohesión familiar, pero que al mismo tiempo ha sido pionero nacional en derechos civiles, educación y participación ciudadana.

Porque Yucatán nunca fue solamente un estado “conservador”, como a veces se le etiqueta desde fuera. Fue también tierra de pensamiento avanzado, de feminismo temprano, de voto femenino anticipado, de educación laica y de debates progresistas mucho antes que buena parte del país.

Pero la cultura sola no basta.

Si así fuera, Quintana Roo —con las mismas raíces históricas y mayas— no viviría hoy la presión brutal del crimen organizado, la trata de personas y la violencia ligada al crecimiento descontrolado.

La diferencia entre un estado y otro no está únicamente en su origen cultural.

Está principalmente en las instituciones.

Y ahí hay un nombre imposible de ignorar: Luis Felipe Saidén Ojeda.

En un México donde cada gobierno suele destruir lo que hizo el anterior, Yucatán tomó una decisión extraordinaria: darle continuidad a una estrategia de seguridad pública durante décadas.

Gobernadores de distintos partidos entendieron algo fundamental: la seguridad no puede improvisarse cada seis años.

Mientras otros estados cambiaban mandos, desmontaban estructuras y convertían las policías en botines políticos, Yucatán consolidó una visión de largo plazo basada en inteligencia, vigilancia territorial, tecnología, capacitación y control institucional.

No fue casualidad. Hubo determinación de un pueblo.

Y fue también disciplina al compromiso y cumplirlo.

La seguridad yucateca no comenzó únicamente en Mérida ni en las zonas turísticas. Comenzó blindando carreteras, fortaleciendo municipios fronterizos, instalando sistemas de vigilancia y entendiendo que el crimen organizado entra primero por los vacíos.

Por eso hoy el estado mantiene vigilancia permanente en los municipios colindantes con Quintana Roo y Campeche, así como en corredores carreteros estratégicos, tanto grandes como pequeños. Arcos lectores de placas, monitoreo, videovigilancia, inteligencia territorial y coordinación operativa forman parte de un modelo que busca detectar movimientos sospechosos antes de que el problema se instale.

Mientras otros estados reaccionaron cuando las organizaciones criminales ya habían penetrado sus estructuras, Yucatán decidió cerrarles el paso antes.

Ese probablemente ha sido uno de los mayores aciertos del modelo encabezado por Saidén: entender que la seguridad se previene o se pierde.

Pero hay otro aspecto igual de importante y mucho menos reconocido: la confianza ciudadana.

En Yucatán, la gente todavía llama a la policía.

Todavía denuncia.

Todavía reporta movimientos sospechosos.

Todavía comparte información.

Y eso vale oro en materia de seguridad.

Porque ningún sistema de inteligencia funciona sin la colaboración ciudadana.

Gran parte de la información que llega al Centro de Control, Comando, Comunicaciones, Cómputo e Inteligencia (C5i) proviene precisamente de ciudadanos que confían en sus autoridades, en sus policías y en que su denuncia tendrá seguimiento.

Esa confianza no se construye en meses. Se construye durante años de trabajo continuo. Y quizá ahí exista otra diferencia profunda con muchas regiones del país: en Yucatán la gente confía en sus policías, está legitimada por la sociedad.

Eso no significa que no existan errores, abusos o áreas que deban mejorarse. Toda institución humana es imperfecta. Pero sí significa que una gran parte de la población percibe a la SSP como una institución cercana y confiable,

Y esa confianza genera algo fundamental: información.

Información que permite prevenir delitos, detectar movimientos irregulares y actuar antes de que las estructuras criminales se consoliden.

Pero otro aspecto importante es la formación de cuadros.

Porque el Comisario General Saidén no construyó únicamente una corporación policiaca. Construyó una escuela de seguridad pública.

Durante años se han formado mandos, policías, equipos de inteligencia bajo una misma visión institucional. Una cultura operativa basada en coordinación, disciplina, preparación y continuidad.

Y precisamente por eso resulta relevante mencionar el reciente nombramiento del Mtro. Carlos Ricardo Marsh Ibarra al frente de la Policía Municipal de Mérida. Más allá de nombres el mensaje es claro: el modelo busca continuidad, profesionalización y coordinación entre corporaciones municipales y estatales.

Eso es verdaderamente importante.

Importa porque en muchas ciudades del país las policías municipales quedaron en el abandono, infiltradas o convertidas sin capacidad real de actuación ni que decir de prevención.

En Yucatán, por el contrario, se apostó por fortalecerlas, coordinarlas y capacitarlas.

La paz no depende solamente de patrullas. Depende de instituciones capaces a sobrevivir a las personas.

Y quizá ahí radica la verdadera dimensión del legado que podría dejar Luis Felipe Saidén Ojeda.

Porque toda vida pública es finita. Todo liderazgo tiene un tiempo. Nadie es indispensable, la vida continua.

Y seguramente el lo sabe mejor que nadie.

Por eso el verdadero legado no serán solamente los números de seguridad, las cámaras, los arcos carreteros o los centros de inteligencia.

El verdadero legado será haber construido un modelo que pueda sobrevivirle.

Un modelo donde nuevas generaciones de policías, mandos y autoridades entiendan que la seguridad no se improvisa, no se politiza y no se negocia.

Porque la paz de Yucatán no pertenece a un gobierno ni a un partido.

Pertenece a los yucatecos. A su cultura, sí. Pero también a la decisión colectiva de defender esa tranquilidad y de presionar al gobierno siguiente para darle continuidad a lo mucho que se ha hecho.

Y quizá ya es hora de decirlo con claridad:

No es casualidad.

La paz de Yucatán si tiene autores.— Mérida, Yucatán

*Exdiputada

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