Hay cansancios que no vienen del esfuerzo… vienen de vivir demasiado tiempo lejos de uno mismo.

Hoy parece que todo nos empuja a querer más. Más dinero, más reconocimiento, más éxito, más seguidores, más presencia, más aplausos. Y casi sin darnos cuenta, empezamos a vivir como si la vida fuera una competencia silenciosa donde siempre hay alguien logrando algo más grande, viajando más lejos, comprando algo mejor o aparentando una felicidad más completa.

Y claro… el problema no es querer crecer. El problema aparece cuando el éxito empieza a exigir demasiado a cambio. Porque hay logros que llegan acompañados de desgaste silencioso. Rutinas que funcionan por fuera… pero vacían por dentro. Personas que aprendieron a verse exitosas… pero que ya no saben si todavía se sienten bien consigo mismas.

Y eso produce algo extraño. Un cansancio difícil de explicar. No necesariamente físico. Más profundo. Como si en algún momento la vida hubiera dejado de construirse… y empezara simplemente a administrarse.

Lo preocupante es que muchas veces ni siquiera lo notamos rápido, porque socialmente el agotamiento se premia. El que nunca descansa “es disciplinado”. El que vive saturado “está creciendo”. El que no tiene tiempo para sí mismo “está enfocado”. Y entonces empiezan a aparecer frases que hoy ya casi suenan normales: “Perdón… no he parado”. “No he podido ni contestarle a mi mamá”. “Se me complicó la salida”. “Luego hablamos con calma”. “Esta semana ha sido una locura”.

Y quizá por eso hoy tantas personas viven agotadas aunque aparentemente todo esté “bien”. Porque hay metas que llenan la agenda… pero vacían el alma. Y a veces lo más duro es descubrir demasiado tarde que, intentando construir una vida “por la familia”, terminaste perdiéndote los momentos que más daban sentido a esa familia. Las conversaciones. Las comidas. Las presencias pequeñas. Los días normales que parecían cualquier cosa… hasta que dejaron de repetirse.

Y tal vez ahí está una de las grandes confusiones de nuestra época: pensar que felicidad y reconocimiento son lo mismo.

Pero no lo son.

Hay felicidades pequeñas que no generan aplausos. Nadie las publica. Nadie las premia. Muchas ni siquiera producen dinero. Como llamar a alguien que extrañas. Tener tiempo para tu familia. Estar presente en una conversación. Sentirte en paz contigo mismo. O incluso escribir algo como esto… simplemente porque ayuda a pensar mejor la vida.

Porque al final, algunas de las cosas más importantes que construyen a una persona casi nunca parecen espectaculares desde afuera.

Y quizá el verdadero problema no sea querer crecer. El problema empieza cuando, por querer ser admirados por todos… dejamos de reconocernos nosotros mismos.

Nota al calce

En Yucatán todavía sobreviven cosas que en muchos lugares ya casi desaparecieron: la sobremesa larga, el café que se enfría mientras se platica, la visita sin prisa, la familia reunida aunque no haya “nada importante” que celebrar.

Y quizá por eso aquí todavía se entiende algo que el ritmo moderno parece haber olvidado: que una vida valiosa no siempre es la que más presume… sino la que todavía tiene tiempo para sentarse a la mesa.

Antoine Abraham Pompeyo
*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

www.antoineabraham.com

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