Marisol Cen Caamal (*)
Después de unas horas de lluvia intensa sobre nuestra ciudad, las imágenes comenzaron a circular por todas partes. Calles inundadas. Vehículos avanzando con dificultad. Personas atrapadas entre charcos. Y como suele ocurrir cada vez que la naturaleza pone a prueba a una ciudad, aparecieron también las críticas y los señalamientos.
Es comprensible. Nadie quiere enfrentar dificultades para llegar al trabajo, a la escuela o a casa. Nadie considera normal que el agua tarde en retirarse. Pero, entre todas las conversaciones que surgen en esos momentos, hay una reflexión que pocas veces hacemos y que resulta indispensable si realmente queremos tener una mejor ciudad.
¿Hasta qué punto la limpieza de una ciudad depende de las autoridades y hasta qué punto depende de nosotros?
Existe una tendencia muy arraigada a considerar que lo privado nos pertenece y lo público pertenece a alguien más. Mi casa es mi responsabilidad. Mi patio es mi responsabilidad. Mi automóvil es mi responsabilidad. Pero la calle, la banqueta, la rejilla, el parque o la esquina parecen convertirse en territorio ajeno, en espacios cuya conservación corresponde exclusivamente a otros.
En la psicología social hay un fenómeno conocido como difusión de la responsabilidad. Cuando muchas personas comparten un problema, cada individuo tiende a sentirse menos obligado a actuar. Todos observan. Todos esperan. Todos asumen que alguien más intervendrá.
Lo que ocurre con el espacio público responde con frecuencia a esa misma lógica. Cada habitante espera que alguien más limpie, recoja, barra o retire aquella basura que entre todos vamos dejando atrás. Después, cuando esos muchos pequeños descuidos producen consecuencias visibles, terminamos indignándonos por problemas que son, al menos en parte, resultado de miles de omisiones individuales.
Sin embargo, ninguna ciudad del mundo posee la capacidad humana, financiera y operativa para mantener permanentemente limpio cada metro cuadrado de espacio público sin la colaboración de sus ciudadanos. Simplemente es imposible.
Pretender que exista un ejército capaz de vigilar, limpiar y mantener cada calle, cada parque y cada rejilla en todo momento, equivale a exigir algo que ninguna ciudad del planeta puede ofrecer, ni siquiera las más ricas.
Pero la cultura puede hacer la diferencia. Por ejemplo, cuando se habla de Japón, muchas personas piensan en trenes puntuales, calles impecables y espacios públicos extraordinariamente limpios. Lo que es fascinante es que en numerosas ciudades japonesas existen menos botes de basura públicos de los que imaginaríamos.
La razón es sencilla. La limpieza no descansa exclusivamente en la autoridad. Descansa principalmente en la conducta de las personas. Después del atentado en el metro de 1995, las autoridades retiraron la mayoría de los basureros públicos como medida de seguridad, y los dejaron así. ¿El resultado? Las calles no se llenaron de basura. Los japoneses simplemente guardaron sus desechos en sus bolsos hasta llegar a casa o encontrar un lugar apropiado para desecharlos. Porque la premisa cultural que opera en Japón no es “aquí hay un bote, puedo tirar algo”, sino, “lo que yo genero es mi responsabilidad hasta que pueda deshacerme de ello correctamente”.
Desde pequeños, los niños aprenden que limpiar es parte de vivir en comunidad. En muchas escuelas los estudiantes limpian sus propios salones. No porque falte personal de limpieza. Lo hacen porque la actividad tiene un propósito educativo. Les enseña que el espacio común también les pertenece. Les enseña que ensuciar y esperar que alguien más recoja después no es una actitud compatible con la vida colectiva.
Quizá por eso las lluvias nos muestran algo más profundo que simples problemas de drenaje. Nos muestran quiénes somos como sociedad.
Cuando una botella vacía aparece flotando en una calle inundada, alguien la arrojó. Cuando una bolsa de plástico bloquea una rejilla, alguien decidió abandonarla. Cuando restos de comida terminan en la vía pública, alguien consideró que el problema era de otro.
Durante los días soleados muchas de esas pequeñas negligencias pasan desapercibidas. Una bolsa aquí. Un envase allá. Algunas ramas acumuladas. Un poco de tierra obstruyendo una rejilla. Parecen detalles insignificantes. Pero cuando llegan precipitaciones extraordinarias, esos pequeños descuidos se convierten en parte de un problema mucho mayor. Porque la lluvia no genera la basura, solo la revela.
Entonces descubrimos que las ciudades no se inundan únicamente por la cantidad de agua que reciben. También se inundan por la cantidad de responsabilidad que dejamos de asumir. Al final, las ciudades terminan pareciéndose a la conducta de sus habitantes.
La tentación de buscar culpables siempre es más sencilla que la tarea de examinar nuestros propios hábitos. Es más cómodo exigir que alguien venga a limpiar que tomar una escoba. Es más fácil esperar que otro retire la basura que evitar generarla. Es más sencillo publicar una fotografía de una rejilla obstruida y quejarse, que dedicar unos minutos a limpiarla.
Lo primero que suele ocurrírsenos es pedir más infraestructura y grandes proyectos. Y ciertamente son importantes. Pero ninguna obra será suficiente si no existe una cultura ciudadana que la acompañe.
Es posible construir más drenajes, destinar millones de pesos a nuevos proyectos y ampliar la capacidad de respuesta ante las lluvias. Y aun así seguiremos enfrentando los mismos problemas si continuamos creyendo que la limpieza y el cuidado del espacio público son responsabilidades exclusivamente ajenas.
Las lluvias seguirán llegando. Y con ellas volverán las críticas, los reclamos y las exigencias. Lo que está por verse es si también llegará la convicción de que una ciudad mejor no se construye únicamente desde el gobierno, sino desde la conducta cotidiana de quienes la habitan.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
@kookayfinanzas
Profesora universitaria y consultora financiera
