La linda Dulciflor le dijo a su galán: “¡Cada cabello mío es tuyo! ¡Mis ojos te pertenecen, con pupila y todo, lo mismo que mi frente y mis mejillas! ¡Eres el dueño de mis pensamientos, de mi corazón y mi alma!”. “Qué mala eres —le reprochó el romeo—. Te estás guardando lo mejor para ti”.
En lo alto de la pirámide don Languidio se quitó el sombrero que llevaba. Le explicó a su mujer: “Me descubro la cabeza para recibir en ella la energía del universo”. Le sugirió la señora: “Entonces descúbrete otra cosa”.
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