Las sociedades inteligentes no destruyen su historia para satisfacer visiones ideológicas simplificadas: aprenden a comprenderla.
El reciente debate reactivado en torno al Monumento a Los Montejo —a partir de la resolución de un Tribunal Federal que ordenó al Ayuntamiento de Mérida emitir una nueva respuesta razonada y jurídicamente consistente sobre la solicitud de su retiro— ha vuelto a colocar sobre la mesa una discusión mucho más profunda que la permanencia de una escultura urbana.
Más aún, resulta jurídicamente probable que una respuesta adecuadamente estructurada por parte de la autoridad municipal —particularmente bajo parámetros constitucionales como el Test de Proporcionalidad— termine por aportar una visión mucho más equilibrada, objetiva y técnicamente sólida del tema, alejándose de interpretaciones reduccionistas o lecturas ideologizadas que poco contribuyen a una comprensión integral de la complejidad histórica, cultural y urbana de Mérida.
En realidad, el núcleo de esta controversia histórica toca uno de los temas más delicados y trascendentes de cualquier sociedad: la relación entre historia, identidad cultural y espacio público.
La discusión es legítima y necesaria. Toda sociedad democrática debe tener la capacidad de reflexionar sobre su pasado y sobre los símbolos que forman parte de su identidad colectiva. Sin embargo, una cosa es analizar la historia con profundidad y sentido crítico, y otra muy distinta reinterpretarla exclusivamente desde emociones, agravios históricos o lecturas políticas contemporáneas que terminan reduciendo siglos de complejidad humana, cultural y social a una visión binaria dividida entre “buenos” y “malos”.
Mérida no puede entenderse sin la complejidad de su propio origen histórico.
Y la memoria colectiva de una ciudad no se construye solamente desde episodios cómodos o políticamente aceptables para el presente. Se construye entendiendo que toda civilización nace de procesos complejos, contradictorios y muchas veces dolorosos. Pretender juzgar el siglo XVI exclusivamente con parámetros políticos y emocionales del siglo XXI conduce inevitablemente a distorsiones históricas que poco ayudan a comprender la verdadera complejidad del pasado.
El Paseo de Montejo lleva más de cien años formando parte de la identidad urbana, arquitectónica y cultural de Mérida. Su nombre no es un accidente aislado ni una provocación contemporánea: representa una etapa histórica inseparable del origen y evolución de la ciudad, con sus luces y sus sombras, como ocurre en prácticamente todas las ciudades históricas del mundo.
Incluso, en 1938, durante el gobierno de Humberto Canto Echeverría, se intentó modificar oficialmente el nombre del Paseo de Montejo por el de “Paseo de Nachi Cocom”. Sin embargo, aquella propuesta nunca logró arraigarse en la identidad colectiva de los meridanos, quienes continuaron llamándolo por su denominación histórica, entendiendo quizá —con mayor intuición histórica que ideológica— que la memoria de una sociedad no se fortalece borrando símbolos existentes, sino enriqueciendo el relato colectivo con mayor profundidad y contexto.
La historia no está para idealizarse ciegamente, pero tampoco para demolerse al ritmo de las emociones políticas del momento.
Hoy puede cuestionarse una estatua; mañana otra; después el nombre de una avenida, un monumento o cualquier símbolo que no encaje con la sensibilidad predominante del presente. Bajo esa lógica, prácticamente ninguna ciudad histórica del planeta resistiría intacta el juicio permanente de las generaciones futuras.
Resulta mucho más sensato contextualizar, debatir y educar que jugar al “corrector histórico” con retroexcavadora y narrativas incendiarias que terminan dividiendo a la sociedad entre visiones simplificadas de vencedores y vencidos.
Las sociedades sólidas no destruyen su pasado: lo estudian críticamente, lo explican y lo enriquecen. La historia no puede convertirse en un concurso infantil entre héroes perfectos y villanos absolutos, porque la realidad humana jamás ha funcionado de esa manera. Además, la identidad yucateca moderna no nació de una sola raíz histórica ni de una visión única del pasado.
Yucatán se construyó a partir de múltiples procesos migratorios, culturales y sociales. A la herencia maya y española se sumaron también comunidades alemanas que dejaron huella importante en el comercio, las ferreterías, ópticas y diversas actividades económicas de Mérida. De igual manera llegaron familias libanesas —muchas de ellas con pasaporte turco debido al contexto geopolítico de la época— que aportaron trabajo, cultura, gastronomía, comercio y valores familiares profundamente integrados al desarrollo regional.
Más recientemente, Mérida y distintas zonas de Yucatán han recibido también una importante migración norteamericana y canadiense, atraída por el entorno urbano, la riqueza cultural y la identidad histórica del estado, contribuyendo igualmente a la dinámica económica, social y cultural contemporánea de la región, junto con numerosas familias cubanas y venezolanas que encontraron en Yucatán un entorno de estabilidad, convivencia social y libertad institucional, luego de abandonar países marcados por profundas crisis económicas, división política y modelos de concentración autoritaria del poder que deterioraron severamente las oportunidades y condiciones de vida de millones de ciudadanos.
Esa realidad contemporánea confirma que muchas personas continúan y seguirán llegando a Mérida y a Yucatán precisamente atraídas por la estabilidad social, la certeza jurídica, la convivencia pacífica y la fortaleza cultural e histórica que caracterizan a la región.
Negar una parte de esa trayectoria histórica desde interpretaciones políticas oportunistas del presente no fortalece nuestra identidad colectiva; por el contrario, corre el riesgo de empobrecerla y reducirla a visiones simplistas propias de sociedades profundamente divididas y atrapadas en dinámicas de confrontación y resentimiento permanente.
Y es importante precisar algo fundamental: esta reflexión no tiene intención alguna de minimizar, atacar o descalificar la grandeza de la civilización maya ni la profundidad de sus raíces históricas, culturales y humanas, las cuales constituyen uno de los pilares esenciales de la identidad de Yucatán.
Por el contrario, parte precisamente del reconocimiento y respeto hacia la enorme aportación del pueblo maya a nuestra cultura, a nuestra manera cotidiana de hablar incorporando expresiones y palabras mayas, a nuestras tradiciones, nuestra arquitectura, nuestra gastronomía y nuestra propia forma de entender y habitar el mundo.— Mérida, Yucatán
Expresidente del Colegio Yucateco de Arquitectos A.C.
