El precio de parecer: Vivimos en una época donde nunca había sido tan fácil comprar.

Desde el teléfono podemos adquirir ropa, tecnología, cursos, viajes o prácticamente cualquier producto en cuestión de minutos. Y, en sí mismo, consumir no tiene nada de malo. Todos necesitamos bienes para vivir, trabajar y disfrutar de ciertos momentos de la vida.

Sin embargo, vale la pena detenernos un instante y hacernos una pregunta sencilla:

¿Compramos lo que necesitamos… o compramos aquello que esperamos que nos haga sentir valiosos ante los demás?

Durante mucho tiempo, las personas elegían principalmente por utilidad. Se compraba algo porque era necesario, duradero o conveniente. Hoy, en muchos casos, las decisiones de consumo parecen responder también a otros factores: pertenecer a un grupo, proyectar una determinada imagen o sentir que estamos a la altura de lo que vemos a nuestro alrededor.

Las marcas ya no venden únicamente productos, venden estilos de vida, venden “experiencias” (de verdad se puede comprar una experiencia?)…. Venden la sensación de formar parte de algo, nos venden una identidad!!

Y poco a poco puede ocurrir algo más profundo: empezamos a medir nuestro valor por aquello que poseemos.

Entonces aparecen preguntas que rara vez nos hacemos. ¿Necesito realmente esto? ¿Lo compraría si nadie más pudiera verlo? ¿Lo deseo porque me resulta útil o porque me ayuda a proyectar una determinada imagen?

No siempre es fácil responder.

Las redes sociales han multiplicado esta realidad. Observamos constantemente las vacaciones de otros, sus automóviles, restaurantes, casas, relojes o dispositivos electrónicos. Y aunque muchas veces no lo notamos, esa exposición continua influye silenciosamente en nuestros deseos.

La comparación ha existido siempre. Lo nuevo es que ahora cabe en nuestro bolsillo y nos acompaña las veinticuatro horas del día.

Por eso la verdadera libertad de consumo no consiste en poder comprar cualquier cosa. Consiste en conservar la capacidad de decidir por uno mismo.

Porque una persona puede tener mucho y seguir siendo libre. Pero también puede tener cada vez más… y sentirse cada vez menos suficiente.

La pregunta importante no es cuánto consumimos.

La pregunta es ¿seguimos siendo nosotros quienes dirigimos nuestras decisiones?

Al final, las cosas tienen un lugar legítimo en la vida. Nos sirven, nos ayudan y muchas veces nos permiten disfrutar del fruto de nuestro trabajo. Pero la identidad humana siempre vale más que cualquier objeto.

Porque una marca puede distinguir un producto. Pero la dignidad de una persona nunca debería depender de una etiqueta.

Nota al calce

Durante generaciones, muchas familias yucatecas heredaban relojes, muebles o herramientas que pasaban de padres a hijos. No valían por la marca ni por el precio. Valían por la historia que llevaban dentro. Quizá eso nos recuerda que el verdadero valor de las cosas no siempre está en lo que cuestan, sino en lo que significan.

 Tal vez la verdadera riqueza no consiste en tener más cosas que los demás. Tal vez consiste en poder mirarse al espejo con paz, incluso cuando no se tiene todo lo que el mundo insiste en vendernos.

Antoine Abraham Pompeyo
*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

www.antoineabraham.com