CARLOS R. MENÉNDEZ LOSA (*)

Sus mensajes no se limitaron a consolar: también confrontaron. No solo habló de valores; denunció con claridad su ausencia. Agradó a millones, pero incomodó a muchos. A contracorriente, desafió narrativas dominantes y expuso lo que otros prefieren ignorar, a menudo por comodidad o indiferencia. Llamó, sin ambigüedades, a la rectificación, a la coherencia y a la justicia.

Su vida, entregada al servicio de los demás, respalda la autoridad moral de sus palabras. Analizó el presente con una lucidez que puede incomodar. Denunció injusticias, desviaciones éticas, corrupción y abusos de poder. Inquietó tanto a “progresistas” como a “conservadores”. Cuestionó al poder político, pero también a la sociedad. Y a los creyentes les exigió congruencia.

Profeta de nuestro tiempo, desde que pisó tierra española fue muy claro en sus mensajes. Por amor a la verdad, apuntó en Barajas: “Los invito a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad” (bit.ly/43ywJTm). Llamó a los jóvenes a luchar contra “el vacío de la indiferencia y el conformismo”.

Ante cientos de miles de fieles, exhortó en emotiva misa en la madrileña plaza de Cibeles a que la fe no sea un museo del pasado. Invitó a “salir del egoísmo, de una fe cómoda y privada”, y a comprometernos personalmente en la construcción del bien común. Abogó por el diálogo social, entendido como “el arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha y respeto”.

En el Congreso de los Diputados, templo máximo de la democracia española, llamó a construir una cultura de reciprocidad y a no sembrar la división. Ante el silencio impresionante de la muy heterogénea audiencia, señaló que la pluralidad política “no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”. Pidió respeto mutuo en medio de la discrepancia.

La verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, que es el camino ideal hacia acuerdos justos y duraderos”, apuntó con firmeza. Y agregó: “La unidad verdadera cohesiona en la diversidad”. Una aclamación histórica de siete minutos coronó el mensaje ante los legisladores. Fue, quizá, el discurso de mayor profundidad política del viaje pastoral por España.

En la escala en Barcelona, iluminada por la espectacular bendición de la Sagrada Familia, obra cumbre de Antonio Gaudí, llamó a “ser testigos y profetas de unidad, de acogida y de concordia”. Un llamado que resuena en una sociedad “cada vez más fragmentada e individualista”. Culminó en Canarias con una exhortación a “bajar de los pedestales de la arrogancia que divide”.

Muchas enseñanzas dejan los discursos y homilías del papa León XIV en su gira española. Mucho podemos aprender los mexicanos, y los yucatecos en particular. Ante el avance, al parecer sin freno, del populismo autoritario, resultan oportunas sus exhortaciones a “dejar de avivar las llamas de la polarización”, uno de los ejes —sin duda— del avance del obradorismo.

COMBUSTIBLE

Sembrar división y polarizar han sido el combustible del obradorato. Desde finales de 2018, se divide para consolidar, se confronta para movilizar y se descalifica para gobernar sin contrapesos. La prioridad de los gobiernos de la “cuarta transformación” ha sido convertir la política en un terreno de lealtades más que de resultados: “pueblo” contra “élites”.

De alto riesgo, la polarización puede ser eficaz para conquistar y retener el poder, pero suele ser estéril para gobernar con responsabilidad. La política deja de ser un ejercicio de deliberación para convertirse en un campo de batalla emocional. Los contrapesos se erosionan, la confianza pública se fragmenta y la verdad se vuelve irrelevante frente a la narrativa populista.

Con cinismo total, se encubre la realidad “en defensa de la voluntad popular”. Si la presidenta Claudia Sheinbaum no asiste a la inauguración del Mundial, no es para evitar una muy probable rechifla, sino porque “los boletos están muy caros y pocos mexicanos pueden pagarlos”. No acude al partido inaugural, pero sí a la lujosa cena de la FIFA en el Castillo de Chapultepec (bit.ly/4w8nPID).

Si Ricardo Salinas Pliego, otrora aliado del régimen, denuncia irregularidades en la función pública, no se investiga: se le acusa. Sin pruebas —las mismas que sí se exigen en otros casos—, se le responsabiliza de incitar a la violencia para “proyectar una imagen de caos en el país”. Se culpa a “sectores de la ultraderecha” de impulsar un supuesto “clima de confrontación”.

Si el PRI arrasa en las elecciones de Coahuila y pone en duda la idea de que “Morena es invencible”, los cínicos creadores del “acordeón judicial” acusan al priismo de recurrir a un complejo esquema de compra de votos para asegurar el triunfo (bit.ly/3Sq8MLz). Si las madres buscadoras protestan por los 133,000 desaparecidos, el régimen denuncia “intereses oscuros” detrás de sus demandas.

DELIMITACIÓN

En línea con la narrativa federal, en Yucatán el gobierno asegura que la prioridad es cumplir la voluntad del “pueblo”, pero pretende imponer un supuesto plan de “renacimiento” de Mérida pasando por encima de autoridades municipales electas por amplio margen. Se presume una renovación hospitalaria con el nuevo O’Horán, pero la cruda realidad desmiente el discurso (bit.ly/4xI0XkK).

En buen momento llegan los mensajes de León XIV. Toda sociedad efectivamente libre —dijo el Papa ante las Cortes en Madrid— requiere “una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas y de las asociaciones no sea indebidamente restringida”. Una sociedad es libre no porque el poder sea fuerte, sino porque está justamente limitado.

Reflexionar sobre las ideas papales es muy recomendable. México no necesita más enemigos internos; requiere acuerdos, instituciones fuertes y una política que convoque, no que excluya. Sembrar la división puede ganar elecciones, pero difícilmente sostiene el desarrollo en el tiempo. El diálogo —base del consenso— es el mejor antídoto frente a la confrontación estéril.

No olvidemos que la democracia no depende únicamente de leyes e instituciones, sino, sobre todo, de ciudadanos que participan, exigen, confían y —cuando es necesario— cuestionan. A diferencia de lo que nos quieren hacer creer, la verdadera fortaleza democrática no radica en la uniformidad, sino en la capacidad de convivir en la diferencia.— Mérida, Yucatán

direcciongeneral@grupomegamedia.mx / Apartado especial en el sitio web del Diario: yucatan.com.mx (https://bit.ly/4diiiFP)

(*) Director general de Grupo Megamedia

¿Cuál es el mensaje del escrito?

El mensaje central del texto es claro y bien articulado:

La polarización utilizada como estrategia política puede ser eficaz para conquistar y mantener el poder, pero debilita la democracia, erosiona las instituciones y dificulta la construcción de acuerdos duraderos.

A partir de ahí, el escrito plantea una idea complementaria igual de importante:
Frente a esa lógica de confrontación, es necesario recuperar el valor del diálogo, la justicia, el respeto mutuo y la justa delimitación del poder como bases de una sociedad verdaderamente libre.

En síntesis más profunda:

El autor advierte que dividir a la sociedad puede rendir beneficios políticos inmediatos, pero tiene costos altos y sostenidos. Por ello, retoma los mensajes de León XIV como un llamado a corregir el rumbo: menos narrativa que enfrenta y más política que construye; menos poder sin límites y más democracia basada en instituciones, ciudadanía activa y convivencia en la diferencia.

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