Edgardo Arredondo Gómez (*)

“Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”.— Homero

El prominente empresario llegó antes de que iniciara la torrencial lluvia. Se sentó cómodamente frente a su enorme televisor de plasma para ver la última serie que le recomendaron. “Estoy de antojos, pide una pizza”, le dijo a su esposa, a pesar de que aún no caía la noche. Llover a cántaros es poco, tres servicios de entrega de plataforma abortaron el envío. “¿Comemos otra cosa?”: el hombre negó con la cabeza; una hora después contactó a una pizzería. Afuera, muy lejos de su residencia, las calles de la ciudad comenzaban a inundarse. El nivel del agua como pocas veces se había visto: en tiempo récord cubría calles de banqueta a banqueta. Un empleado tomó el pedido; a pesar del aguacero llevaba buen tiempo… Más de una vez se preguntó por qué no rodeó aquella calle. De frente y a gran velocidad un enorme camión, un “Va y Ven”, como un enorme émbolo azul, sin medir las consecuencias pasó hecho una bala, de tal manera, que generó una enorme cresta que derribó al motociclista con todo y cargamento. Pasado el susto, se recuperó, logró salvar su caja de transporte. Al llegar a un sitio seguro, respiró aliviado al ver que la mochila funcionó como guarida hermética. Al tercer intentó logró arrancar su motocicleta, y reanudó la marcha. A pesar de que las políticas de la empresa no cubrían la garantía de llevar el pedido en el tiempo estipulado, si llovía…, al llegar: ¡cuánta miseria! …, el sujeto a pesar de recibir la pizza se negó a pagarla, dándole un portazo al repartidor. Desolado, tomó su vehículo para regresar en medio de la lluvia que no tenía para cuando parar. Mientras tanto el nefasto individuo regresó a lo suyo, se acomodó en sus aposentos para ser interrumpido por una llamada a su celular. Uno de sus choferes conducía un camioncito del negocio y estaba detenido, pues la inundación era tal que, un grupo de vecinos había colocado una soga para impedir el paso de los vehículos por la calle que iba hacia la compañía. “No se queda esto, ni que fuera un tsurito”, protestó airado. Una señora le explicó que no era tema de los carros que se quedaran, sino que cada vez que pasaba uno generaba tremendas olas que terminaban metiendo el agua a las viviendas. El chofer, entonces, solicitaba a su patrón retroceder y llevar la unidad a su casa, porque además tendría luego que tomar un camión para llegar a su hogar. “¡De ninguna manera!, la política es clara: las unidades se van al resguardo, ve como le haces es tu problema”. Acto seguido, el conductor aceleró y avanzó llevándose no solo la soga: hasta un poste con todo y la señal de alto, en medio de la lluvia y de otra clase a base de mentadas de madre, insultos y todo tipo de improperios.

Mientras tanto, el funesto personaje había dado el primer bocado a su pizza cuando un estruendo ya conocido lo cimbró, seguido al instante de una penumbra total: El transformador cercano a su casa, una vez más, había explotado. “Ya se la saben mi gente…”. De seis a ocho horas, de sufrimiento…, mínimo. Sapos y culebras salieron de su boca rematando con un “¡ya parecemos cubanos!”. El karma asomando sus narices.

Pero, el diluvió se repetiría. La reseña en periódicos y en las redes. Una nota destacaba: Decenas de placas de automóviles se reportaban como perdidas. “¡Se pasan: como pueden ser tan descuidados que no aprietan bien los tornillos de sus portaplacas!”. Por la tarde, con soberbia el dueño del comentario manejaba su camioneta a sabiendas que por la altura de su vehículo, muy difícilmente se quedaría atrapado en un mar de calles anegadas. Observó en otros puntos de la ciudad, cuando menos, tres carros compactos como remedos de lanchas, uno literal flotando, un par de tricitaxis y motocicletas que pasaban apuros para no quedarse. Minutos después, en medio de la torrencial lluvia, se detuvo; las siguientes tres cuadras consecutivas, parte de una amplia avenida, inundadas por completo. “¡Despacio, no se vaya a quedar!” Despreció el comentario de su copiloto. “Al contrario, sin problema, no me quedo ni de chiste”. El energúmeno cafre las pasó sin aminorar la marcha. Sonrió con jactancia sobrada: “Me hacen los mandados estos charquitos”.

Al día siguiente, los medios y las redes con testimonios de los estragos en la ciudad y el aviso de suspensión de clases y labores entre otras cosas. El tipo sonrió al enterarse de los numerosos sitios para reportar placas extraviadas. De nuevo el pensamiento: “Tarugos, como no pueden fijar bien sus placas”. Tan solo una hora después, al estacionar su vehículo una voz amable lo alertó: “Doctor, ¿es esa su camioneta? …, ¿ya se fijó que no tiene la placa delantera?

Sí, yo fui aquel prepotente, mentecato, arrogante patán, chafirete de cuarta que conducía la camioneta. Así es: la soberbia es mala consejera. Y “¡tómala!” el ya mentado karma.

Y pensando en lo que venía, en caso de no recuperarla, un panorama no muy halagador. Primero había que ir a la Fiscalía General del Estado —periférico poniente—, levantar una denuncia por extravío, o si tenía suerte entrar a la plataforma y hacerlo digital. Después, acudir a las oficinas de la SSP, soltar tres mil pesos y… listo.

Pero…, final feliz: “Benditas redes sociales”. Como dijo ya saben quién. En estos sitios de ayuda que surgieron con el apoyo de todos los ciudadanos que amamos nuestra encharcada ciudad, una página de Facebook titulada: “Placas perdidas en Mérida, Yucatán”, un buen samaritano la rescató. Y es el momento en que reflexioné sobre lo ocurrido al amigo repartidor, de los vecinos angustiados con soga de por medio tratando de regular el tráfico, con sus casas anegadas, de ciudadanos que le entraron con todo a destapar rejillas y coladeras, de la solidaridad para ayudarse unos a otros. Las autoridades como suele suceder las agarraron de descontón…, pero han respondido.

Los yucatecos nos cocinamos aparte cuando de avisos de huracán se trata, y la verdad es que no es justificación, pero fueron lluvias inusuales, lo que debe de servir de lección. Con tiempo hay que desazolvar pozos y alcantarillas. Por cierto…, ahí viene otra lluvia, pero de mosquitos. ¿Se van a reanudar o modificar las campañas de descacharrización?, ¿siempre el gobierno estatal va a manejar las de fumigación?.., mientras tanto hagamos nuestra parte. La naturaleza como siempre dándonos lecciones.

Recuperé mi placa y algo más: sobriedad. La próxima vez seré más cauto y recordaré que en medio del diluvio: todos estamos en la misma tormenta…, aunque naveguemos en embarcaciones distintas.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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