Juzgar el pasado con las perspectivas actuales es bastante complicado en una discusión, incluso se convertiría en inútil, bizantina tal vez. La verdad es que los valores humanos evolucionan a través del tiempo. En el Antiguo Testamento de la Biblia, la esclavitud parece ser normal, ya en el Nuevo Testamento, con las ideas cristianas se corrige, aunque es cierto que los misioneros tuvieron que luchar contra la voracidad de los conquistadores en lo que hoy es América Latina. En el Norte, los puritanos ingleses le apostaron al exterminio de los naturales. En aquellas películas belicosas de nuestra infancia, cuando los blancos se apoderaban del territorio, no entendíamos eso aún.
Al ponderar con los modelos actuales, sin alternar el contexto de entonces, soslayamos que nuestros antepasados carecían de la información que hoy poseemos. Luego entonces, criticamos con severidad sus acciones sin ubicarnos en el tiempo y espacio con sus formas de vida. Aquello debe resultar básico para toda investigación histórica.
Cruenta fue la Guerra de Castas, de las más atroces rebeliones indígenas ocurridas en Latinoamérica. Sabemos de las graves injusticias sociales que prevalecían sobre los naturales como la causa de la confrontación bélica entre los habitantes de la península, donde unos participaban por el exterminio de sus rivales –al menos los de Cecilio Chi así lo expresaban– y los otros por continuar con su dominación. Hubo hechos heroicos para ambos bandos con sus respectivos héroes.
Hoy, rumbo al segundo centenario de aquellos acontecimientos, todavía existen resquemores entre los muy radicales de aquellos grupos, sin darse cuenta de que el pasado no retorna y que hay una gran apertura hacia el mundo maya, aunque aún prevalecen injusticias. Somos los mexicanos de hoy en un 90%, junto con los hondureños, la cifra más alta de mestizos en nuestra América.
Vemos muchos grupos con ascenso social, mestizos, por supuesto, a los que no resulta agradable la llegada de un hijo con la mancha mongólica. Culpan a su cónyuge por delatar los orígenes genéticos, pero cuando el bebé es blanco y con ojos azules, dicen que es herencia familiar o quizá para ocultar algo. Como si un hijo tuviera más valor por su código genético.
Mérida tiene fama, a nivel nacional, de ser una ciudad conservadora y muy regionalista, sin embargo, por la ciudad existen avenidas con nombres y monumentos de héroes mayas, que coexisten otros que llevan apellidos de origen hispano. En la cotidianidad tratamos con funcionarios, médicos, sacerdotes, ejecutivos de empresa y empresarios mismos, que llevan con orgullo sus apellidos mayas y son respetados y admirados por su labor al convivir con los demás y, a los que llegaron procedentes del centro del país u otras regiones, les decimos que se permitió nombrar una avenida con el nombre de Quetzalcóatl haciendo a un lado a nuestro Kukulcán, aunque quizá como lambisconería al gobierno de López Portillo, quien exaltaba por todas partes a ese personaje.
Mérida es la ciudad de todos, incluso los que no nacimos en su seno o los que circunstancialmente nacieron por los servicios médicos. La Ciudad Blanca recibe connacionales de todas partes, principalmente por servicios educativos, médicos o seguridad. Siempre se les acogió bien, se les respeta y cuando ellos son también respetuosos de nuestro usos y costumbres existe gran convivencia. Desde nuestros años juveniles compartimos con estudiantes centroamericanos. Mérida ha sido una gran anfitriona.
Cuando una de mis hijas trabajó en Tuxtla Gutiérrez, acudíamos a verla en periodos vacacionales. Se tenía que adquirir el boleto de retorno con mucha anticipación, los autobuses venían llenos de estudiante para diferentes escuelas de educación superior. En Villahermosa vivió otro de los hijos con su familia. Allá recibimos muy buen trato también. Por mi necesidad de leer el Diario, acudía una plaza comercial para adquirirlo y fui a tertulias con cafeteros tabasqueños muy distinguidos. Era frecuente que hicieran mención del prestigio de la educación yucateca y de la gran calidad del Diario de Yucatán.
Mérida es una ciudad plural, aquí conviven personas con diferentes orígenes étnicos, religiosos y, por supuesto, políticos. Vivimos en paz, con algunos acontecimientos que a los que no estamos acostumbrados, quizá sea por lo que auguran algunos urbanistas acerca de que las ciudades con más del millón de habitantes empiezan a tener problemas de gobernanza, ante todo en materia de seguridad.
Incluso coexistimos con aquellos que odian a los ricos, y por eso sus dioses los castigaron al hacerlos muy prósperos gracias a la magia de la política.
Sin embargo, pesa sobre nuestra ciudad que el norte está desarrollado como las ciudades norteamericanas y en el sur persiste problemas de marginación. Aquello no se soluciona con discusiones de culpabilidad a los gobiernos del pasado, consta que la mayor parte del erario municipal se dirige a esa zona, pero es labor titánica convencer a los empresarios para en conjunto hacer prosperar la zona. Siempre resulta urgente proporcionar mayores servicios de urbanización y áreas de oportunidad para el desarrollo de su juventud. Se ha procrastinado para cumplir con esa tarea
Para el rescate del sur es condición que los tres órdenes de gobierno conjuguen sus esfuerzos, sin grillas. Aquello parece imposible, siempre se impone la lucha partidista donde cada uno con sus diferentes gobernantes invierten sin ton ni son olvidando un objetivo común. Aun cuando son los ayuntamientos quienes tienen el pulso de lo que debe hacerse y con ellos debe ser la coordinación, porque se trata del municipio libre. ¡Vaya utopía!— Espita, Yucatán
Escritor, docente y cronista de Espita
