Alrededor del mundo, incluyendo nuestro país, existe un desencanto hacia la clase política tradicional que se ha ido manifestando en los últimos años. Un amplio porcentaje de la población confía poco o nada en autoridades, gobernantes y representantes. Las instituciones democráticas, en muchos casos, también resultan poco creíbles para un sector significativo de la gente.
Esto es una realidad medible, pero la pregunta pertinente sería cuál es la causa de esta debacle, que algunos asumen como una crisis de representación política generalizada. Pues bien, hay diversos puntos para comenzar a comprender este fenómeno.
Uno de ellos es que la democracia y el estado de Derecho no son una varita mágica para resolver todos los problemas públicos —pobreza, desigualdad, servicios públicos—, sino apenas un primer paso para ponernos de acuerdo y trabajar en conjunto para hacerle frente a los desafíos comunes.
Por eso varias personas se decepcionan ante la lentitud de los procesos de diálogo y construcción política, y como consecuencia, dicen preferir regímenes autoritarios donde hay mano dura y cero pluralidad democrática, ya que supuestamente ese tipo de gobiernos “sí dan resultados”.
Por otro lado, es evidente que algunos actores políticos han cometido —y cometen— excesos y abusos desde el poder, con lo cual traicionan la confianza de la gente a la que debieran servir. Claramente, la deshonestidad y la corrupción lastiman la imagen del oficio político. Lo peor es que por la conducta inaceptable de unos cuantos tiende a pensarse que “todos son iguales”, dificultando aún más la tarea de ganar legitimidad por parte de gobernantes y representantes populares.
Tanto la desilusión de las promesas políticas como los malos manejos del poder derivan frecuentemente en un rechazo casi total de la ciudadanía hacia el quehacer público. Entonces vemos altos niveles de absentismo electoral, gobiernos y legisladores con baja popularidad, e incluso el arribo de figuras impresentables por la vía democrática.
Cuando la apatía gana terreno entre la población y las personas dejan de involucrarse en política los efectos pueden ser devastadores. Este escenario es propicio para que algún demagogo enfermo de poder desbarate el acuerdo democrático pasando por encima de las leyes e instaure una tiranía —véase el caso de Venezuela—.
Además, en la medida en que los ciudadanos están mejor informados, son más conscientes de lo que ocurre en el plano social y político, y conocen mejor sus derechos, hay más probabilidades de que los gobiernos se preocupen por ofrecer soluciones reales a los problemas públicos.
Esto se debe a que el empoderamiento de la ciudadanía mete presión a los gobernantes y a la clase política para actuar de manera responsable y, sobre todo, entregar resultados. La rendición de cuentas es una condición para que prevalezca el arreglo democrático. Exigirles a los actores públicos que hagan su trabajo es un deber cívico.
La polarización que alimentan los populistas es un obstáculo para la organización política ciudadana. Las sociedades prósperas son las que apuestan por la cohesión social, en las que los vecinos son capaces de colaborar para fortalecer el tejido comunitario. Cuando se da esta dinámica de unidad en las colonias, barrios y territorios, es posible hallar soluciones para atender problemas comunes.
“Tanto gobierno como sea necesario y tanta ciudadanía como sea posible” decía hace unas décadas un activista político. Los gobernantes y representantes están para cumplir las leyes y garantizar los derechos de las personas, y no para acumular poder desmedido y enriquecerse, engañando de paso a la gente. El ciudadano es quien financia al Estado pagando impuestos y él es quien tiene la potestad de pedirle cuentas a los actores políticos que detentan un puesto público. Esa es la esencia de la democracia y nunca debemos olvidarlo.
Es posible encontrar puntos de encuentro entre iguales, más allá de las diferencias latentes. El optimismo es factible, porque el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. Los ciudadanos tenemos en nuestras manos el porvenir de nuestras sociedades, si es que decidimos dar un paso al frente para actuar con responsabilidad y compromiso. El empoderamiento de la ciudadanía es la clave: la política es demasiado importante como para dejarla delegada exclusivamente a los políticos.— Mérida, Yucatán
Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno
